Por The New York Times | Carl Erik Fisher

EL PUNTO DE VISTA DE QUE LA ADICCIÓN ES UNA ENFERMEDAD LA CONVIERTE EN UN PROBLEMA INDIVIDUAL. ESO ES PELIGROSO.

En 2010, poco más de un año después de haberme graduado de la facultad de medicina, ingresé a un pabellón psiquiátrico en el Hospital Bellevue debido a un consumo excesivo de alcohol y Adderall.

En mi primer día ahí, por fin estaba listo para reconocer que tenía un problema de adicción. Sin embargo, tras algunos días solo en el pabellón, comencé a llamar a mis amistades en un intento por conseguir que validaran mi cambio de opinión de que mi problema no era tan grave después de todo.

La negación es común para las personas que abusan de sustancias. No obstante, en mi caso, mi propia idea de la adicción obraba en mi contra. Pensaba que la adicción era una enfermedad mental extrema, un “padecimiento”, como aprendí en la facultad de medicina y más tarde en rehabilitación. Entendí la adicción como un estado de salud deteriorado que me separaba de la población normal.

La adicción como una enfermedad tenía sentido para mí al principio, pero pronto me di cuenta de lo dañino que era ese punto de vista.

Las muertes anuales por sobredosis en Estados Unidos hace poco llegaron a 100.000, un récord para un solo año, y esa cifra histórica demuestra la trágica insuficiencia de nuestro paradigma actual de la “adicción como una enfermedad”. Pensar en la adicción como una enfermedad puede simplemente hacer creer que la medicina puede ayudar, pero el lenguaje que empleamos para hablar de las enfermedades también simplifica demasiado la historia y conduce a la perspectiva de que la ciencia médica es el mejor y único marco de referencia para entender la adicción. De esta forma, se convierte a la adicción en un problema individual, reducido solo al nivel biológico. Esto limita la visión de un problema complejo que requiere apoyo comunitario y sanación.

Cuando ya llevaba algunos años en recuperación, comencé a estudiar adiccionología, en gran parte para entender qué había fallado con mis familiares y conmigo (mis dos padres eran alcohólicos). Casi no encontré ayuda en mi propio campo, el cual está dividido en escuelas de pensamiento que en ocasiones no concuerdan en cómo funciona la adicción. Por lo tanto, de buscar en la medicina y la ciencia pasé a buscar en la historia, la filosofía y la sociología; la adicción es una idea con una historia larga, complicada y controversial, la cual data de hace más de medio milenio. Esa historia profundizó mi entendimiento de la adicción y contribuyó a que cobraran sentido mis propias experiencias.

Hace alrededor de 500 años, cuando la palabra “addict” (adicto) ingresó al idioma inglés, significaba algo completamente diferente: era algo más parecido a una “fuerte devoción”. Era algo que hacías, en vez de algo que te ocurría. Por ejemplo, un escritor de la época aconsejó a sus lectores a ser “adictos a todos los actos que los llevaran a alcanzar la vida eterna”. Mis experiencias y las de mis pacientes parecen estar más alineadas con la manera en que los escritores de los siglos XVI y XVII describían la adicción: una elección desordenada, decisiones que salían mal.

Benjamin Rush, uno de los padres fundadores de Estados Unidos y uno de los médicos más influyentes en el país a finales del siglo XVIII, se enfocaba en particular en las enfermedades mentales. Fue famoso por describir la ebriedad habitual como una enfermedad crónica con recaídas. Sin embargo, Rush argumentaba que la medicina solo podía ayudar en parte; reconocía que las políticas sociales y económicas eran factores determinantes en el problema. Fueron los movimientos posteriores contra el consumo de alcohol de las décadas de 1820 y 1830 los que enfatizaron el uso del mismo léxico severo que se usaba para las enfermedades al insistir en que las personas con problemas de consumo excesivo de alcohol habían sido dañadas por una especie de biología reduccionista, que el “ron demoniaco” controlaba al individuo, como en una posesión.

Es muy importante tener cuidado con estas historias deterministas. Tales narrativas reduccionistas se utilizaron en repetidas ocasiones como justificación para campañas racistas y opresoras en Estados Unidos, contra fumar opio chino a principios del siglo XX y contra el crack en la década de los ochenta, lo que se describía como un problema principalmente de barrios negros. En la actualidad, en medio de una epidemia de sobredosis de opioides, es más probable que se hable de la adicción como de una enfermedad, pero el léxico que se usa para hablar de las enfermedades no ha eliminado la noción engañosa de que las drogas tienen todo el poder.

No todos los problemas de drogas son problemas de adicción, y en los problemas de drogas influyen en gran medida las injusticias y las desigualdades de salud, como la falta de acceso a trabajos con un propósito, la inestabilidad residencial y la opresión total. No obstante, la noción de enfermedad oscurece esos hechos y limita la visión, lo que conduce a respuestas criminales contraproducentes, como medidas prohibicionistas enérgicas.

En contraste, en la actualidad, las descripciones de “enfermedad mental” implican que las personas no tienen capacidad de elección o autocontrol. Esta estrategia tiene como objetivo evocar compasión, pero puede resultar contraproducente. Estudios han descubierto que las explicaciones biológicas para los trastornos mentales incrementan la aversión y el pesimismo con respecto a las personas con problemas psicológicos, incluyendo la adicción. Lo que es necesario ahora más que nunca, con las muertes por sobredosis al alza, no es el fatalismo ni la deshumanización, sino la esperanza.

No digo que la adicción no sea un problema real y, como una persona en recuperación de las adicciones, nunca negaría que es un problema que plantea desafíos profundos de autocontrol. Sé que a algunos de mis compañeros en recuperación y a sus familiares la analogía de la enfermedad les ayuda a que cobren sentido las batallas y el terrible colapso de la razón cuando parece que las personas no logran cambiar a pesar de sus mejores esfuerzos.

Existen innumerables maneras de encontrarle sentido a la adicción y muchos caminos hacia la recuperación. Pero el enfoque de la adicción como una enfermedad no consigue capturar gran parte de la experiencia de la adicción, y no hace falta emplear el léxico de la enfermedad para demostrar la necesidad de un tratamiento humano.

Ahora estoy agradecido de estar en recuperación de la adicción. He hecho las paces con la idea de que soy el tipo de persona que no debe beber alcohol, al menos por hoy. Pero no necesito considerarla una enfermedad para que sea así. Creo que despertar de una adicción es un gran regalo, porque nos señala el camino de las luchas humanas universales con el autocontrol y la forma de trabajar con nuestro dolor. En ese sentido, la adicción es profundamente común y contigua a todo el sufrimiento humano. No podemos acabar con ella, ciertamente no podemos curarla y la medicina por sí sola nunca nos salvará. Pero si dejamos atrás la idea de la enfermedad y nos abrimos a un panorama más completo de la adicción, podremos encontrar más matices, más atención y más compasión. Este artículo apareció originalmente en The New York Times. ¿La adicción es en realidad una enfermedad? (Bianca Bagnarelli/The New York Times)