Por The New York Times | Stephanie Nolen

A principios de noviembre, viajé al sur de África para realizar los reportajes de una serie de historias sobre la situación de la pandemia de COVID-19 en esa región, entre ellas, una acerca del trabajo sobresaliente que se estaba haciendo para contener el surgimiento de nuevas variantes del coronavirus. La última tarde que pasé ahí, los científicos sudafricanos anunciaron el descubrimiento de la variante ómicron. Horas después, me subí a un avión en Johannesburgo con destino a mi casa en Canadá.

Para cuando aterricé en Ámsterdam la mañana del 26 de noviembre con el fin de tomar el vuelo de conexión, el mundo había entrado en un pánico absoluto y yo me vi succionada en un caótico y, en ocasiones aterrador, laberinto de órdenes y reglas contradictorias que, al parecer, obedecían más al miedo que a la ciencia médica.

Mi propia experiencia con las medidas de respuesta a la COVID me ha demostrado que, a dos años del inicio de todo esto, todavía no aprendemos a predecir la manera en que se comportarán el virus y las personas ni a hacer planes en consecuencia. Vamos a tener que mejorar mucho en ambos aspectos si queremos superar la siguiente pandemia con menor pérdida de vidas y menos sufrimiento.

Cuando mi avión aterrizó en Ámsterdam, un sobrecargo nos informó que tendríamos que realizarnos una prueba de COVID antes de poder continuar nuestro viaje. Cinco horas después, seguíamos en la pista, el avión estaba sellado herméticamente y cada vez más pasajeros se retiraban el cubrebocas.

Mi angustia de perder la conexión se convirtió en preocupación cuando el piloto informó a los pasajeros cada vez más intranquilos que no podían ofrecernos ni bebidas ni alimentos porque las autoridades del aeropuerto “no autorizaban” que los camiones de abastecimiento de comida se acercaran al avión.

Al final, nos transportaron en autobús a un área de embarque que no se usaba y durante tres horas nos hicieron pruebas para detectar la COVID. Mientras pasaban las horas en esa sala sofocante donde nos tenían, muchas personas dejaron incluso de simular que traían cubrebocas. Ninguna de las autoridades hizo un solo intento de vigilar el cumplimiento de las reglas relacionadas con las mascarillas.

Yo estaba enviando tuits sobre esta experiencia y, cerca de la medianoche, se comunicó conmigo un periodista neerlandés que había visto mis publicaciones para decirme que el ministerio de salud estaba informando los resultados de las pruebas. Entre mi vuelo y otro que había llegado de Ciudad del Cabo al mismo tiempo, se habían procesado 110 pruebas y 15 habían resultado positivas, explicó, lo que representaba una tasa de contagio del 14 por ciento.

Eché un vistazo a la sala llena de gente; había hombres gritando y bebés llorando y yo empecé a entrar discretamente en pánico.

Pasarían horas antes de que recibiera mis resultados. Finalmente, a las tres de la mañana, un par de miembros del personal de salud pública con aspecto fatigado nos hicieron formar una fila, nos dijeron que mostráramos nuestros pasaportes uno por uno y leyeron los resultados que aparecían en una base de datos.

Si el resultado era negativo, como lo fue el mío, nos pedían que firmáramos un documento escrito en neerlandés. El viajero que me lo tradujo a toda prisa dijo que era un compromiso de que yo tenía un lugar en mi destino donde cumplir la cuarentena y que saldría de ese país para dirigirme hacia allá.

Ese compromiso no parecía ser una buena idea para la salud pública, pero ya había estado despierta durante 42 horas y me urgía salir de esa sala, así que firmé y entregué el documento.

Me llevaron en autobús a una sección oscura y tranquila de la terminal. Ahí pasé otras nueve horas buscando con una desesperación cada vez mayor a alguien que me diera acceso a una copia de mi supuesto resultado negativo, sin el cual no podría continuar el viaje que acababa de prometer que iba a hacer.

En los días posteriores a esta caótica detención, el aeropuerto y las autoridades neerlandesas culparían a los prolongados retrasos del hecho de que nunca habrían previsto esa situación y de que no tenían los procedimientos para filtrar de manera segura a los pasajeros, pese a que nos detuvieron unas cuantas semanas antes del segundo aniversario del primer caso conocido.

Al último momento, logré tener acceso a mi prueba negativa y seguí mi camino hacia Toronto. Mi teléfono estaba lleno de notificaciones sobre las nuevas normas para las personas que llegaban del sur de África y cuando le dije a un agente fronterizo que había iniciado mi viaje en Johannesburgo, me refirió a una fila especial. Una evaluadora de salud pública anotó mi nombre, domicilio y temperatura, y luego me dijo que siguiera mi camino.

Me alejé de ella, pero me quedé en la fila… confundida.

“Acabo de estar detenida durante casi un día con personas que sabemos que tienen [la variante] ómicron”, le dije, casi como una súplica. “¡Deben ponerme en cuarentena!”.

Solo se encogió de hombros. “Creo que debe tomar su conexión y cumplir la cuarentena en casa. Hágase una prueba al cuarto día. No puedo darle ninguna otra indicación”.

Fue el primer día de lo que sería una serie de mensajes contradictorios y confusos procedentes de las autoridades de salud que me dificultaron mucho saber cómo mantener segura a la población.

Volé a Halifax con mi mascarilla N95 tan ajustada como podía tenerla; con agradecimiento, tomé varias pruebas PCR de una mesa que había en el aeropuerto y me fui tan rápido como pude a un apartamento de Airbnb cercano a mi casa. Mis hijos vinieron a verme para tener una reunión muy peculiar en la cual se quedaron de pie con cubrebocas al otro lado del patio trasero.

La siguiente semana, recibí una docena de llamadas de las autoridades sanitarias federales y provinciales. Me dijeron que debía estar en cuarentena 14 días. O que tenía que estar en cuarentena solo hasta que mi prueba resultara negativa el cuarto día. No, hasta el octavo día o mejor el décimo. Tampoco, mejor… sin importar la prueba, tenía que aislarme hasta el día 14. Entonces, me quedé en el Airbnb sin ningún tipo de directrices útiles.

El séptimo día, no fui a la fiesta del cumpleaños número 12 de mi hija. Un amigo trajo amablemente comida tailandesa, cerveza y una hoguera portátil; nos sentamos con nuestras chamarras en lados opuestos de ella y tuvimos una emotiva conversación a un volumen muy alto.

El octavo día, sonó el timbre a las once de la noche. No abrí porque me imaginé que eran visitas de los inquilinos del segundo piso (por supuesto que a mí no iba a visitarme nadie). Los timbrazos se convirtieron en golpes cada vez más insistentes y escandalosos. Cuando abrí la puerta, vi a una policía que me preguntó mi nombre y dijo que había ido a realizar “una verificación de COVID”.

Le pregunté qué instrucciones le habían dado para mí… tal vez ella sabría qué hacer. “Tenemos que seguir vigilándola hasta el 11 de diciembre”, explicó. No me importa que me hayan arruinado el viaje; de manera voluntaria me habría puesto en cuarentena en Ámsterdam. Tal vez no es sorprendente debido a mi trabajo que yo respete las medidas de salud pública.

Pero me pone furiosa el riesgo totalmente innecesario al que los neerlandeses me sometieron a mí y a todos los demás pasajeros. Luego de que concluyeron que nuestro vuelo representaba un peligro para la salud, debieron habernos bajado del avión en grupo, distribuido cubrebocas N95 (e insistido en que la gente los usara) y llevado a un lugar donde hubiéramos podido estar separados unos de otros mientras trazaban un plan.

También me frustra que Canadá haya realizado un trabajo tan lamentable con respecto a la comunicación de sus normas o al uso de evidencia para formularlas. Ahora, la variante ómicron está circulando cada vez más rápido en Europa, pero solo siguen prohibiendo la entrada de los vuelos procedentes del sur de África.

El descubrimiento de ómicron, y la rápida transmisión de información fundamental acerca de la variante en todo el mundo, es una muestra de lo bien que está funcionando la sofisticada respuesta de la ciencia a la pandemia.

No obstante, todo lo que he visto en los días posteriores a ese acontecimiento deja muy claro que aún no tenemos ningún control sobre los procedimientos torpes del ser humano… y es posible que estos tengan incluso una mayor importancia. Una trabajadora de salud comunitaria, Sikazele Mathe, al centro, y su hija, Sneh, guían a la reportera de The New York Times, Stephanie Nolen, en un recorrido por el poblado de Ntuzuma, cerca de Durban, Sudáfrica, en noviembre de 2021. (Stephanie Nolen/The New York Times). Viajeros varados en el Aeropuerto Internacional de Johannesburgo-Oliver Reginald Tambo, en Johannesburgo, el 27 de noviembre de 2021. (Joao Silva/The New York Times).