Rodrigo Lussich llega a Montevideo por tercer año consecutivo, pero esta vez solo. Sin Adrián Pallares, sin el perro del afiche —que no llegó a arreglar contrato para las funciones, aclara entre risas— y con el unipersonal bajo el brazo que estrenó en abril en Buenos Aires y que ya lo llevó, además, a cuatro funciones en España. El conductor de Intrusos en América habla de un año bisagra, de un viaje por Europa que lo bajó a tierra, de política con humor y de por qué la incomodidad siempre fue su motor.

En diálogo con Montevideo Portal, Lussich reflexionó sobre su lugar en el mundo artístico, los límites del chimento, la cancelación y lo que significa hacer televisión en vivo todos los días.

¿Cómo te trata Montevideo?

Montevideo siempre me trata bien. Y aparte, para mí siempre es una alegría volver, porque veo familia, porque el trabajo me obliga a irme, y muchas veces, cuando tengo días libres o vacaciones, me voy a lugares que no conozco. Pero Montevideo está cruzando el charco y siempre está a mano. Yo tengo familia, tengo una hermana, una sobrina, muchos primos. Y este es el tercer año consecutivo en que vengo a trabajar, a hacer función, a hacer espectáculo. Antes, durante los dos años anteriores, vine con mi socio, con Adrián Pallares, con quien conduzco Intrusos, pero este año vengo solo porque hago mi unipersonal.

¿Vos sabés que el perro a veces lo queremos más que a vos, no?

Lo sé, y es una competencia en la que ya sé que pierdo. El perro está conmigo en el afiche. No viene conmigo porque no llegamos a arreglar contrato, digamos. Llegamos a arreglar la guita para el afiche, pero no para que venga a las funciones. Así que sí, yo lo extraño, pero también es mucho estrés para un perro llevarlo de viaje, ir a los teatros. Lo llevé al estreno en Buenos Aires y se la pasó ladrando desde el camarín. Así que me arruina el show.

Uruguay te quiere de forma unánime. ¿Lo sentís así?

Poco de hate en general. Ahora quedaron con un poco más de crítica, obviamente, que eso divide más, pero en general no, no soy un tipo tan hateado. He tenido alguna campaña virtual en algún momento por alguna barbaridad que habré dicho, pero Montevideo no, Uruguay es siempre a favor, son siempre cosas lindas, siempre un placer. Y yo también quiero mucho a los uruguayos y a mi país. Soy un uruguayo... yo sé que soy poco uruguayo, poco militante, digamos, porque vivo hace muchos años en Argentina, más de cuarenta. Entonces, la verdad es que me crie allá, hice toda mi vida allá y los 10 años que viví en Montevideo de chico tampoco los viví de continuo, porque también iba y venía con mis viejos para todos lados, que eran bastante nómades. Pero el cariño está, yo amo. De hecho, hice el cuarto año del liceo en Zorrilla. En el año 90 viví un año con mi abuelo. Mi abuelo había enviudado y me vine un año con él a acompañarlo. Y después extrañaba mucho y me volví y terminé el liceo en Buenos Aires.

¿Sentís que encontraste un equilibrio entre la conducción y esta parte más artística donde decís lo que pensás?

Sí, estoy más cerca de una coherencia absoluta entre lo que pienso, digo, hago, en todos los ámbitos. Trato de ser yo al cien por ciento. Sé que eso es lo que realmente te da una identificación con la gente, lo que hace que la gente compre o no quién sos. Cuanto más genuino seas, para bien y para mal, para mandarte macanas o para decir una brillantez. La gente se siente muy cercana conmigo, sobre todo cuando ve el espectáculo, donde yo cuento cosas de mi vida con humor, matizadas todas con humor, porque me río de mí, no me río de nadie. Creo que la gente se identifica mucho porque no ve en mí, incluso cuando hago algún monólogo político, una pose forzada para buscar un resultado, un efecto, una valoración o una validación. Ve a alguien genuino y creo que eso se ve poco. No quiero pecar de falsa modestia, pero me parece que ese es mi fuerte: que si te quiero hacer reír o te quiero hablar en serio, siempre lo voy a hacer desde un lugar genuino. Si después funciona y si a vos te gusta, mejor. Pero si no, yo me quedo muy contento, muy tranquilo conmigo, porque sé que estoy haciendo lo que tengo ganas.

¿Qué tiene de particular hacer televisión en vivo todos los días?

La televisión en vivo es para valientes, es para otro temple. Porque un día te podés mandar una macana, porque estás en vivo sin filtro. Otro día el rating te sonríe y sos exitoso. Otro día te castiga y no te está viendo nadie. Decís: "¿Qué pasó? ¿Qué hice mal? No cambié nada". Entonces es de verdad para tener un temple muy particular. Yo hace diez, veinte años que hago televisión en vivo, diez como panelista, diez como conductor. Y es una adrenalina fantástica. Capaz que mañana me pongo a hacer un programa que se graba y me parece un plomo. Pero es también esto de salir al escenario, subirse, decir: "Bueno, voy a estar solo acá una hora y pico haciendo chistes, tratando de que se rían", lográndolo en general muy bien, porque la gente se ríe mucho, pero sabiendo también que hay un día que capaz que no estás tan gracioso. Bueno, allá vamos. La pelota tiene que picar. Es como en el básquet: la pelota tiene que picar todo el tiempo, sobre todo en el escenario. No tenés alguien que te cubra. Entonces es con la gente todo el tiempo y es una dinámica que a mí me fascina, me pone contento, me desafía. En todas las funciones aprendo, sumo, se me ocurren chistes nuevos, en la interacción con la gente pasan cosas. ¿Lo haría todo el día, toda la vida? Todos los días.