Marwan Gill llegó a Uruguay desde Buenos Aires, donde vive y trabaja como imán —un teólogo islámico— de la Comunidad Musulmana Ahmadía en Argentina. En diálogo con Montevideo Portal, propone una aclaración inicial que atraviesa toda la entrevista: islam no es sinónimo de “mundo árabe”, ni el universo musulmán es homogéneo. “Solo el 20% de los musulmanes del mundo son árabes”, subraya, y remarca que hay árabes judíos, cristianos, maronitas o ateos.
En tiempos de titulares asociados a terrorismo, violencia o extremismo, Gill insiste en separar religión de acciones cometidas “en nombre del islam” por grupos con agendas geopolíticas o ideológicas. Su comunidad —explica— se identifica por un lema que condensa su mensaje: “Amor para todos, odio para nadie”, y reivindica que “Islam” significa “paz”, una idea que, dice, choca con los prejuicios instalados fuera y dentro de Occidente.
La entrevista también se mete en un terreno más amplio: el papel del liderazgo espiritual en la “crisis” del mundo musulmán, el valor de la educación como herramienta contra la radicalización (“una ideología no se corrige con misiles”) y el diálogo interreligioso como práctica concreta. Gill ha participado en instancias con los dos últimos papas y recientemente estuvo en un encuentro con el papa León, a quien ve en la línea de continuidad del legado de Francisco y su apuesta por tender puentes.
Con la actualidad global como telón de fondo —y la palabra “guerra” colándose cada vez más en los titulares—, el imán plantea una responsabilidad compartida que incluye a religiosos, políticos, periodistas y educadores: “La paz no va a caer como un milagro del cielo. Hay que construirla”, afirma.
Tu lugar de trabajo es
Buenos Aires: ¿qué hacés allí?
—Soy imán, que es un teólogo islámico. Para
sociedades que no tienen mucha cercanía con el islam, sería el par de un
sacerdote católico, un pastor o un rabino. Represento en Argentina a la
Comunidad Musulmana Ahmadía, una rama del islam.
Decís “una rama”: ¿por qué es importante
aclararlo?
—Porque cuando nuestras sociedades analizan el
islam, muchas veces lo toman como si fuera un mundo homogéneo. Y no lo es. No
es como la Iglesia Católica: un papa y la misma iglesia. El mundo musulmán
incluye más de 50 países y muchas divisiones internas.
También insistís en distinguir “árabe” de
“musulmán”.
—Es fundamental. No es sinónimo. Yo, por ejemplo, no
soy árabe: 0% sangre árabe. Mis padres son de Pakistán. Yo nací y me crie en
Alemania, y ahora estoy casi argentinizado, pero sigo la religión del islam. Un
dato interesante: de los 2.000 millones de musulmanes en el mundo, solo el 20%
son árabes. El 80% ni siquiera lo son. Y además hay muchos árabes que son
judíos, cristianos, maronitas, ateos.
¿Qué caracteriza a la comunidad Ahmadía dentro del islam?
—Surgió en el siglo XIX en la India. Lo que nos
destaca es que consideramos que el fundador de nuestra comunidad, Su Santidad
Mirza Ghulam Ahmad, fue el Mesías Prometido. El concepto de mesías es central
también en cristianismo, judaísmo e islam.
Hablás mucho del liderazgo. ¿Por qué?
—Yo diría que la crisis que atraviesa el mundo
musulmán —social, espiritual, moral e intelectual— se debe a que no tienen un
liderazgo sincero, honesto y comprometido. En nuestra comunidad, gracias a
Dios, tenemos la figura del Jalifa, sucesor del Mesías Prometido; sería como el
papa para los católicos. Es el quinto Jalifa, el quinto líder espiritual.
¿Qué cambia eso en lo cotidiano?
—Nuestra comunidad está presente en más de 200
países: somos globales. Nuestros jóvenes atraviesan los mismos problemas que
cualquier joven, pero gracias a ese liderazgo —por su contacto directo con la
comunidad— logramos la educación y la formación. En mi caso, soy hijo de
migrantes. Hoy en Europa y Estados Unidos siempre se debate sobre migración.
Pero mi identidad como musulmán nunca fue una barrera para integrarme en
sociedades occidentales.
Ustedes insisten en el mensaje de la paz.
—Sí. Nuestro lema es “musulmanes por la paz”. Y
suena irónico porque, si le preguntás a un uruguayo promedio qué asocia con
islam, te dice terrorismo, violencia, extremismo. Pero islam, literalmente en
árabe, significa “paz”. Por eso saludamos con “la paz sea contigo”. Y el lema de
nuestra comunidad resume las enseñanzas en seis palabras: “Amor para todos,
odio para nadie.”
¿Cómo convivís con la idea de que grupos
violentos se presenten como islámicos?
—Hay que reconocer que existen “monstruos internos”
que se disfrazan de musulmanes con una agenda geopolítica o extremista, que
contradice valores básicos del islam, pero usan el escudo del islam. Y desde
afuera, desde Occidente, no se diferencia entre enseñanzas auténticas y lo que
hacen ciertos grupos en nombre de la religión.
¿Tenés un ejemplo para explicarlo?
—Uno simple: en América Latina la mayoría viene de
una cuna católica. No podés atribuir violencia, delincuencia o corrupción al
cristianismo solo por ese origen. Hay que separar identidad religiosa de
problemas sociales y políticos. Con el islam muchas veces hay una doble vara:
no se hace esa distinción.
¿Sentís islamofobia en la región?
—Gracias a Dios, no siento una islamofobia fuerte en
nuestra región. Lo que sí existen son prejuicios y mitos arraigados en la
ignorancia: gente que nunca visitó una mezquita, nunca habló personalmente con
un musulmán, y consume lo que ve en redes, donde hay fake news y no hay
filtros. Por eso es muy importante el diálogo: no para imponer creencias, sino
para conocernos. Como decía Einstein: es más difícil romper un prejuicio que el
núcleo de un átomo.
Te vimos en instancias de diálogo con los
papas. ¿Cómo lo pensás?
—Hace poco se celebraron 60 años de Nostra Aetate,
un documento muy importante para la Iglesia Católica: abrió una propuesta de
conciliación con judíos y musulmanes. El Corán también plantea algo parecido:
invita a la “gente del libro” (cristianos y judíos) no para debatir teología,
sino para buscar similitudes. Tenemos más en común de lo que nos separa. Es
nuestro deber construir puentes y menos muros.
El amor al prójimo es transversal a todas las religiones
Mencionás mucho el contexto actual: guerras,
tensiones…
—Es agotador y frustrante. Nacimos en la época pos Segunda Guerra Mundial y el lema era “nunca más”. Ahora abrís las noticias y
aparece “guerra mundial” como consigna. Y ahí tenemos un deber —religiosos,
políticos, periodistas, educadores—: trabajar por la paz. La paz no cae como un
milagro del cielo. Hay que construirla con acciones concretas y basarla en
principios de justicia.
En tu comunidad, se nota una apuesta fuerte por
el estudio y por la ayuda humanitaria.
—Sí. Si amás a Dios, tenés que amar a toda su
creación y servirla. El amor al prójimo es transversal a todas las religiones.
Por eso tenemos proyectos humanitarios. Y el otro eje es educativo: una
ideología no se corrige con misiles, tanques o bombas. Podés controlar el
cuerpo, pero no adueñarte del espíritu y la mente. Eso requiere herramientas
pedagógicas y alternativas basadas en argumentos.
Hablemos de un término malinterpretado:
“yihad”.
—Muchas veces se percibe como “guerra santa”.
También se usa “Allahu Akbar” como supuesta justificación de atentados. Pero
“Allahu Akbar” lo repetimos más de 100 veces por día desde hace 14 siglos y
nunca fue un llamado a la violencia. El islam condena categóricamente el
terrorismo: dice que quien asesina a una vida inocente es como si hubiese
asesinado a la humanidad. Y no dice “a un creyente”: dice a cualquier ser
humano, sin importar nacionalidad, etnia o religión.
¿Cómo te atravesó el 11 de setiembre?
—Fue un momento visagra. Como adolescente, pensé:
pasó del otro lado del Atlántico, no me va a impactar. Fue un pensamiento
equivocado. Marcó mi vida y la de millones de musulmanes en Occidente: vino un
tsunami de prejuicios y ataques. Te decían “ustedes son aquellos”, como si yo
fuera vocero de los talibanes o Al-Qaeda. Ni siquiera sabía quién era Bin
Laden: nunca había leído su nombre en el Corán ni en la mezquita. Y aun así
tenías que justificarte.
También señalás que muchas prácticas atribuidas
al islam son culturales, no religiosas.
—Totalmente. Se vio, por ejemplo, en el Mundial de Catar: algunos turistas veían al hombre adelante y a la mujer atrás, y creían
que era “islam”. Pero eso no es un precepto coránico. Yo camino al lado de mi
esposa. Muchas cosas son culturales, incluso preislámicas.
En lo cotidiano: ¿cómo es criar hijos
musulmanes en Argentina?
—Muy bien. América Latina es un crisol de migrantes
y no hemos tenido guerras religiosas. Hay convivencia. Y es nuestro deber
cuidarlo. En nuestra vida diaria no hay barreras: soy re futbolero, carnívoro…
me cuesta el mate todavía. Nuestros dos hijos nacieron en Argentina y estamos
felices. El islam enseña que amar a la patria es parte de la fe: la patria es
donde vivís. No hay contradicción entre ser musulmán y ser leal al país.
¿Y cómo conviven con diferencias prácticas,
como no tomar alcohol?
—No tomamos alcohol, por ejemplo, pero eso no me
impide relacionarme con amigos: en el “tercer tiempo” ellos toman alcohol y yo
bebidas no alcohólicas. Podemos tener diferencias, pero no pueden ser excusa
para alejarnos o construir muros.
Avalamos 100% el reclamo de libertad: ponerse o quitarse el velo debe ser decisión de la mujer
Estuviste en un encuentro interreligioso con el
papa León. ¿Cómo lo viste?
—Me alegró mucho. Fui invitado en representación de
una organización musulmana a participar. Y no fue casual que su primer viaje
fuera a dos países musulmanes: creo que busca continuar el legado del papa
Francisco, que en Fratelli Tutti hace hincapié en el diálogo
interreligioso. Francisco derrumbó muchos muros y generó puentes. Me alegro de
que León siga ese camino. Nosotros siempre estamos dispuestos a colaborar para
pacificar el mundo, sobre todo cuando hablamos del Medio Oriente, que no cesa
de sangrar.
Te pregunto por Irán: ¿qué te preocupa hoy?
—Me preocupa mucho. Hay una frustración social cuyo
núcleo es económico, pero la economía va de la mano de la situación
geopolítica: sanciones, bloqueos. También hay una parte importante de la
sociedad que no coincide con la imposición de una interpretación del islam
sobre toda la sociedad. Por eso, por ejemplo, hay protestas de mujeres que se
quitan el velo.
¿Cuál es tu postura sobre el velo?
—Avalamos 100% el reclamo de libertad: ponerse o
quitarse el velo debe ser decisión de la mujer. Ninguna institución política o
religiosa tiene derecho a imponerlo. Tenemos muchas diferencias con la
interpretación que se practica en Irán bajo el nombre del islam.
Y sobre una eventual salida militar…
—La solución no es invadir Irán. No vas a mejorar
economía ni problemas sociales lanzando misiles. Derrocar gobiernos no ha
funcionado: Afganistán, Irak, Siria, Libia… Cuando generás un vacío de poder,
surgen monstruos peores. ISIS nació en Irak después de derrocar a Saddam
Hussein. Al-Qaeda se fortaleció en Afganistán. Lo que se necesita son
decisiones políticas y acuerdos diplomáticos, si realmente se quiere ayudar.
Para cerrar: hablaste de islamofobia como
“síntoma”. ¿Cuál es la raíz?
—La raíz es el odio. A veces se expresa como
islamofobia; otras, como judeofobia, cristianofobia, xenofobia o racismo. En
nuestra región también me preocupa la intolerancia por diferencias ideológicas
o políticas: cuántas veces [uno] no se puede ni sentar en una mesa. El odio no nace
de un día para otro: es un proceso que empieza en redes, en expresiones
verbales, y termina en una espiral. Por eso hay que prevenir y trabajar
activamente por la paz, la armonía y el respeto.