El pasado fin de semana, un doble homicidio seguido del suicidio del matador conmocionó a todo el país. El hecho ocurrió en la localidad de Cerrillos, Canelones. Allí, el asesino irrumpió en la casa donde su excompañera vivía con su nuevo novio, y los asesinó a ambos, para luego matarse.

El sujeto era policía y utilizó en el crimen su arma de reglamento, con la que efectuó decenas de disparos. Se presume que la motivación del crimen sería la no aceptación del fin de la relación sentimental que se había producido meses atrás.

En abril pasado, en el barrio montevideano Punta de Rieles, un joven agente de policía ingresó en la casa de su exnovia y la mató a disparos, al igual que a los padres de la joven. La motivación habría sido la misma: el hombre no aceptaba que “su mujer” lo dejara e iniciara una nueva vida.

“El agresor no aceptaba el fin del relaciÓN”

Si bien los hechos de violencia machista y los feminicidios son una preocupación global, hay un país que vive una auténtica fiebre al respecto. Se trata de Brasil, donde el año pasado se batió el récord de asesinatos machistas, con la friolera de 1.470 casos, seis más que los 1.464 ocurridos en 2024. La cifra constituye un 316% de aumento desde el año 2015, cuando el código penal brasileño incorporó la figura del feminicidio.

En las crónicas policiales del país vecino, hay una frase que aparece como un lugar común, así como un latiguillo que se repite en la abrumadora mayoría de los episodios: o agressor não aceitava o fim do relacionamento (el agresor no aceptaba el fin de la relación).

En algunos casos, el feminicida no actúa inmediatamente después de la ruptura, sino luego de que su excompañera inicia un nuevo vínculo con un nuevo compañero, y en ocasiones este también es asesinado, tal como sucedió en el caso de la semana pasada en Cerrillos.

En la Mente de los Feminicidas. Las Razones de una Sinrazón

Tal es el título de un artículo publicado en la última edición del Anuario de Psicología Jurídica del Colegio Oficial de Psicología de Madrid. Su autor el el psicólogo donostiarra Enrique Echeburúa, profesor emérito de Psicología Clínica en la Universidad del País Vasco, miembro de la Academia de Psicología de España, cofundador del Instituto Vasco de Criminología y  expresidente de la Sociedad Vasca de Victimología y coordinador de la Estrategia de Salud Mental del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.

En su trabajo, el experto señala que “matar supone transgredir una norma profundamente anclada en la conciencia moral de una persona, pero hacerlo a alguien con quien se comparte o ha compartido un proyecto de vida en común y que a menudo es la madre de sus propios hijos supone una profunda aberración y genera una reacción de perplejidad en el resto de la sociedad”.

A la hora de ahondar en las motivaciones para semejante acción, Echeburúa explica que “para algunos hombres la libertad conquistada por las mujeres atenta contra la esencia de su identidad” y que, “en concreto, la ruptura no deseada de la pareja desencadena en hombres vulnerables graves consecuencias de dolor y frustración”

En tales individuos “sentirse rechazados y abandonados puede generar desesperanza, ira y falta de expectativas futuras. La desintegración del proyecto de vida, y en ocasiones el reproche familiar, penal o social, valorado subjetivamente como una agresión injusta, puede incitar a la venganza, sobre todo si el agresor se siente humillado”, detalla.

“Salvo raras excepciones, en las que estas personas pueden padecer un trastorno psicótico, con ideas delirantes, o una depresión grave, los feminicidas no presentan propiamente un trastorno mental y son, por ello, responsables de sus actos”. Sin embargo, reconoce que “muchos de ellos pueden mostrar síntomas subclínicos, como impulsividad, ausencia de empatía, celos infundados o abuso de alcohol y drogas, así como tener distorsiones cognitivas en relación con la subordinación de la mujer o la justificación de la violencia. En concreto, el maltrato habitual reciente y los celos arraigados –o las conductas controladoras extremas– constituyen una combinación letal”.

Además, “estos agresores suelen tener un historial de conductas violentas, bien con parejas anteriores, bien con otras personas –por ejemplo, compañeros de trabajo– o incluso consigo mismos –intentos de suicidio–, viviendo una situación social complicada, como sentirse rechazados por los hijos o no tener a nadie a quien recurrir”.

En cuanto a cómo se cometen estos crímenes, el profesional señala que las armas de fuego no encabezan la lista de medios utilizados, pero “son un factor de riesgo primordial”.

Echeburúa subraya, asimismo, que “en general hay una extraordinaria brutalidad, un factor sorpresa y una situación de indefensión por parte de la víctima”. También subrayó que “se produce a veces también un furor homicida, reflejado en la reiteración” de puñaladas, golpes o disparos y que “es expresión del máximo resentimiento y odio”.

Dependencia emocional y obsesión

“Al margen de ciertos arrebatos impulsivos de ira, los hombres homicidas, con una ideología machista y con una visión en túnel, pueden mostrar una gran dependencia emocional hacia su pareja, estar obsesionados por ella o no asumir la ruptura y el abandono. La incapacidad de gestionar la frustración de sus expectativas es un factor que aparece con frecuencia en los agresores. En cierto modo el control y dominio sobre la víctima representan una violencia por compensación: el agresor intenta vencer sus frustraciones con quien tiene más a mano”, escribe el profesional.

El autor señala que el asesinato de la víctima es un resultado final al que se puede llegar por dos vías. “En unos casos el proceso previo puede expresarse en forma de conductas violentas parciales pero repetidas en las últimas semanas, con una intensidad creciente, que constituyen las señales de alarma para la víctima. Pero en otros, sin embargo, la agresión homicida puede incubarse de forma silenciosa, a modo de una olla a presión, que está en ebullición pero que no se manifiesta con indicadores externos, es decir, con explosiones violentas. En este segundo caso las ideas fijas de odio o de atribución de culpa a la pareja están presentes en la mente del agresor, la respuesta emocional es muy intensa y las conductas de la víctima se perciben como un desafío. Lo único que se observa en el maltratador son conductas de ensimismamiento, de desgana generalizada, de aislamiento social o de consumo abusivo de alcohol o de drogas, que realimentan las ideas infundadas de celos. En la mayoría de los casos el deseo de venganza queda anulado por el miedo a las consecuencias penales y sociales. Pero hay un porcentaje de hombres violentos en los que el efecto disuasorio de la pena o el temor al daño que él mismo sufrirá dejan de operar. Por paradójico que resulte, su afán de venganza es más fuerte que su deseo de vivir”.


Para Echeburúa, la probabilidad de un feminicidio es mayor cuando el agresor presenta un estilo de conducta violento o alteraciones de personalidad graves, cuando la víctima es vulnerable por carecer de apoyo sociofamiliar y cuando la interacción entre ambos está sujeta a un nivel alto de estrés, lo que ocurre cuando hay una situación económica precaria o discusiones frecuentes con una alta carga emocional. En concreto, el riesgo es mayor cuando se trata de agresores reincidentes y de víctimas resistentes que han sufrido agresiones previas de su pareja o de otras exparejas.

Matar y morir

A diferencia de lo que ocurre en otro tipo de asesinatos, vinculados al terrorismo, al narcotráfico o a los ajustes de cuentas, “los feminicidas no suelen huir, sino que optan por entregarse a la policía o por suicidarse, más aún si tienen acceso a armas de fuego”, detalla el psicólogo.

“El porcentaje de feminicidas-suicidas puede oscilar entre el 20% y el 30% del total, pero puede ampliarse hasta el 40% cuando hay más víctimas mortales, como los hijos menores de la mujer asesinada. El suicidio se da más en los feminicidas más integrados familiar y socialmente. Se trata en estos casos de un suicidio evitativo, cuyo objetivo es evitar las consecuencias posteriores del homicidio, tales como el rechazo social, el enfrentamiento a los hijos y familiares, la estigmatización de por vida y el castigo penal. Si bien en la mayor parte de los casos se trata de conductas planificadas, algunos feminicidios-suicidios pueden cometerse de forma impulsiva. Así ocurre cuando hay suicidios en cortocircuito, en los que una persona comete el asesinato y se suicida cuando se percata del alcance de lo que ha hecho”, analiza.

Relación de dominio

Según explica el experto, “no hay un patrón homogéneo en los asesinatos machistas, ni siempre hay antecedentes de violencia en los agresores, lo que hace difícilmente predecible el feminicidio en algunos casos. Hay personas en apariencia normales que pueden llevar a cabo conductas profundamente reprobables en situaciones concretas que desbordan sus estrategias de afrontamiento. La constatación en el hombre de que el tipo de relación de dominio, sobre la que el varón ha construido su propia existencia, llega a su fin, puede producir en este una descompensación extrema que, en ocasiones, termina con el asesinato de la mujer.

Cuando ya es tarde

Echeburúa destaca que uno de los escollos para la prevención de los feminicidios estriba en “las actitudes ambivalentes de las víctimas, con las que hay que contar en el ámbito de la violencia machista, y que constituyen una rémora para su protección efectiva".

En ese sentido, recuerda que, por diversas razones, “hay víctimas que se niegan a declarar contra su pareja (…) y otras que, tras presentar una denuncia, se retractan posteriormente de su testimonio”.

Por ello, considera “imperiosa” la necesidad de “involucrar a toda la sociedad en la protección de las víctimas de violencia machista: medios de comunicación, familiares, vecinos, educadores, etcétera”.

“Hay que acabar con el muro de silencio de las personas allegadas a la víctima. No se puede mirar a otra parte y considerar como un asunto privado este problema, como sucede actualmente, cuando solo menos del 3% de las denuncias por malos tratos proceden de personas ajenas a la víctima”, concluye.