“En Chile todo el mundo me decía ‘Víctor Cueva’. Porque la palabra cueva, imagínate lo que vendría a ser en Uruguay”.

Víctor tiene 48 años y reside en Rancagua, una ciudad de 240.000 habitantes situada más de 80 kilómetros al sur de Santiago de Chile. Curiosamente, dentro de su árbol genealógico no hay rastro del apellido Cueva. Al contrario: su apellido real es el más común de los uruguayos desde 1904, según el Instituto Nacional de Estadística: Rodríguez.

El apodo tiene truco. En el país trasandino, “tener cueva” significa tener suerte o fortuna. Y aunque el azar jugó sus cartas en momentos puntuales de su vida, este floridense no dependió de la suerte: construyó su éxito en base de trabajo, sacrificio y riesgo.

Hace 20 años, a Víctor le cortaban la luz de su casa durante ocho meses: prefería vivir a oscuras para invertir cada peso de las facturas en sus estudios. Hoy, la realidad es otra: Rodríguez lleva más de 500 clínicas de podología equina dictadas en 19 países, ha certificado a más de 4.000 alumnos, y ha tenido el gusto de trabajar al lado de figuras mundiales como Julio Iglesias o Karol G.

Sueño frustrado

Víctor nació en el barrio Curuchet, en la ciudad de Florida. De su padre heredó la pasión por los caballos: aunque la familia vivía en la ciudad, tenía una pequeña chacra cerca de la planta local de Conaprole, donde ese vínculo comenzó a forjarse desde temprano.

Sin embargo, sería la necesidad la que, a los 15 años, terminaría empujándolo al mundo de la podología equina. “Queríamos correr un raid y llamamos a un herrero para herrar al caballo”, recuerda en diálogo con Montevideo Portal.

Ya fuera por inexperiencia, falta de profesionalismo o simple desconocimiento, el herrero terminó clavando al caballo. Apenas lo hizo, el dolor del animal fue inmediato.

—Lo clavaste— le recriminó el padre de Víctor.

—No, quedó incómodo nomás— retrucó el hombre con desdén.

En cuanto el herrero se marchó, el padre de Víctor levantó la pata del equino y le arrancó el clavo: la sangre brotó a chorros. Cansado de depender de terceros y de sufrir su incapacidad, miró a su hijo y sentenció:

—Petiso, vas a tener que empezar a herrar porque así no podemos seguir.

Así, entre lecturas, algún curso y muchas horas observando a los más experimentados trabajar, Víctor comenzó a formarse en podología equina. “Tenía un amigo muy conocido en Florida, al que le dicen el Negro Aguirre. Siempre me gustó mirar lo que hacía y así fue como empecé: dónde van los clavos, cómo se coloca la herradura y cuál es la forma correcta de herrar”, recuerda.

Sin embargo, todavía faltaría un largo camino para que esa actividad se transformara en su principal medio de vida. Por entonces, su experiencia se limitaba a trabajar con los caballos de la familia.

En aquellos años, el fútbol ocupaba el centro de su vida. “Jugué en la selección de la Unión de Ligas del Interior del Fútbol de Florida (ULIFF) de Sarandí Grande hasta la mayor: salí vicecampeón del sur y quedamos entre los cuatro mejores del país. A raíz de eso, en 2003 me fui a Chile a jugar en Santiago Morning”, relata sobre el club que ha alternado entre la Primera y la Segunda División del fútbol chileno.

Pero su carrera deportiva se vería abruptamente interrumpida en 2004 por una de las lesiones más temidas por cualquier futbolista: la rotura de ligamentos cruzados. “Dije: bueno, hasta acá llegó mi carrera deportiva. Ahora me voy a dedicar a estudiar”.

De regreso en Uruguay, comenzó a formarse como electricista. Sin embargo, en la valija se había traído algo más que ropa: un vínculo inquebrantable con el país trasandino. “Me enamoré de Chile”, recuerda. Y sería precisamente del otro lado de la cordillera donde estaba escrito el capítulo más importante de su vida.

El que no arriesga, no gana

Corría 2006 cuando Grant Moon —estadounidense seis veces campeón del mundo en podología equina, y 11 veces campeón mundial en forja—, llegaba a Santiago de Chile para dictar un seminario de tres días en herrería.

Al enterarse, Víctor enloqueció. Tenía claro que aquella era una oportunidad única y, pese a no contar con el dinero para asistir, su determinación era tan grande que comenzó a buscar la forma de financiar el viaje. Así, decidió poner a la venta su auto y una de las yeguas que tenía.

Para aquel entonces, Víctor jugaba al fútbol como pasatiempo en Deportivo Sarandí, un equipo de la ciudad de Sarandí Grande. Enterado de la situación, mientras estaba en el vestuario, el presidente del club, Sergio “el Conejo” Sastre, entró al vestuario y fue directo hacia él.

—¿Tenés una yegua para vender?

—Si.

—Después la voy a ir a ver.

Víctor quedó desconcertado.

—Pero, ¿para qué la querés si tenés como 100 caballos?

Después la voy a ir a ver— repitió el dirigente antes de salir del vestuario.

El presidente se fue con la promesa de pasar por su casa unos días más tarde para verla. Cuatro días después, mientras Víctor tomaba mate en su apartamento, el teléfono sonó. Apenas atendió, reconoció la voz del otro lado.

—Bajá que estoy acá.

Luego de observar el animal por unos segundos, “el Conejo” sacó dinero de su bolsillo y se lo extendió.

—Tomá.

“Yo pedía US$ 800 y me dio US$ 1.000 en la mano”, recuerda Víctor.

—Pero... ¡¿vos estás loco?! ¿Para qué querés...?

—Andate a trabajar. Es tu futuro— lo interrumpió Sastre, cortándolo en seco.

“Hasta hoy, todo lo que tengo y lo que hice se lo agradezco a él porque conmigo se portó fantástico”, asegura Víctor.

El dinero apareció en el momento justo, y la rapidez con la que se precipitó el viaje quedó en evidencia cuando se lo anunció a su madre.

“Le dije:

Me voy para Chile

Y me responde:

—¿Cuándo te vas para Chile?

—Mañana.

¡¿Vos tas loco?!’”.

Al día siguiente, Víctor dejó Uruguay y tras más de 20 horas de viaje en ómnibus, llegó a la capital chilena. 

“Salí con una mano atrás y otra adelante, tres bolsos y US$ 300”.

Lo que le esperaba del otro lado sería difícil de imaginar.

Víctor Cueva

El máster de Grant Moon duró tres días: viernes, sábado y domingo. El floridense salió de allí convencido de que su futuro estaba en la podología equina. “Él me dijo: ‘Tenés esto bueno, tenés que mejorar esto. Si lo hacés, vas a ser un buen herrador’. Yo dije: bueno, por algo pasan las cosas, y ahí me di cuenta que eso era lo mío”, recuerda.

Por aquel entonces, la única empresa de ómnibus con conexión entre Montevideo y Santiago salía solo los domingos. Como el seminario terminó tarde, Víctor perdió el coche y se vio obligado a quedarse una semana más en Chile.

Sin mucho que hacer hasta el siguiente fin de semana, el martes decidió salir a caminar por la capital y, de paso, acercarse al Hipódromo Chile para probar suerte en busca de una vacante como herrador. “A mí me gustaba el país, quería ver si me podía quedar”, señala, pero el destino le tenía otros planes: “Los herreros de allá me dijeron que tenía que tener el carnet chileno para trabajar y ahí me desmoralicé un poco”.

Víctor cruzó la puerta del hipódromo con las manos vacías. Mientras caminaba por las calles aledañas con su termo y mate bajo el brazo, un taxi frenó a su costado.

—Hola, ¿sos argentino?— preguntó el conductor al verlo con el mate.

Uruguayo, gracias a Dios— respondió Víctor.

El taxista largó una carcajada.

—Ah, yo soy argentino. ¿Qué andas haciendo acá? ¿Cómo vas a andar caminando por acá tomando mate? Te pueden robar, es una zona complicada.

—Pah, no sabía.

Víctor le resumió su travesía: el seminario, los caballos y el rechazo en el hipódromo. Inesperadamente, la suerte movió sus hilos:

Mirá que yo tengo una patrona que trabaja y tiene caballos.

Intercambiaron teléfonos, y no pasó mucho tiempo hasta que Víctor recibió el llamado de una clínica veterinaria. En ella, pactaron una reunión en las oficinas de la empresa. Cuando llegó a la clínica y se sentó a esperar que lo atendieran, una mujer pasó por el pasillo con el termo y mate debajo del brazo.

“No puede ser que tenga tanta suerte que sea uruguaya”, pensó. 

Y así fue.

“Era uruguaya, era la mujer del veterinario y era de Florida, de mi pueblo todavía. Eran los dueños del Haras Coordillera”, cuenta, en referencia al criadero chileno especializado en caballos pura sangre de carrera.

Esa conexión fue el empujón definitivo para conseguir empleo en Chile, marcando el inicio de su carrera internacional. “Me hicieron ir a buscar las cosas a la pensión y me empecé a quedar ahí en la veterinaria. Trabajé con ellos mucho tiempo y después se asociaron acá en Uruguay con el Haras Vivagú en Capilla de Cella —en el departamento de Canelones—. Ahí también hice un intervalo en que viajaba para despalmar los caballos de ellos”, detalla. 

Aunque la carrera de Víctor comenzaba a despegar y la experiencia se acumulaba, todavía estaba lejos de salir de los problemas. Su pareja y sus hijos seguían en Uruguay. “No me daba la plata y si mandaba dinero para mi casa, no podía viajar [a Florida]. Si viajaba, no podía mandar plata. Fueron como seis meses que estuve sin venir a mi casa”, recuerda. “Fue un momento medio complicado, pero bueno. Hay que pasarlas”, rememora.

Hay una frase que Víctor repite casi como un mantra: el que no arriesga, no gana. Impulsado por su presente laboral, y con el hambre de seguir aprendiendo, decidió anotarse a estudiar veterinaria en Professional School, una universidad estadounidense cuya sede para Latinoamérica funcionaba en 18 de Julio y Ejido. El plan le permitía cursar a distancia de manera virtual y rendir exámenes prácticos cuando regresaba a Uruguay, pero pagar la cuota implicaría otro sacrificio.

“En casa estuvimos ocho meses con la luz cortada para que yo pudiera pagar la escuela. Me acuerdo que hasta vendí la televisión”, cuenta. “Nos turnábamos para ir de un almacén a otro para comprar las velas porque nos daba vergüenza. Florida es un pueblo chiquito y todo el mundo se da cuenta de que te cortaron la luz si andas comprando velas todos los días”, narra.

Sin embargo, hay una imagen aún más cruda que conserva como símbolo de aquella etapa:

“Me acuerdo que llegué a mi casa y estaba el comprador cinchando el televisor de un lado de la mesa y mi señora haciendo fuerza del otro lado de la mesa para que no se la llevara. Fue jodido”, confiesa. Y concluye: “Como familia nos la jugamos al 100 % por mi carrera”, indica.

El esfuerzo terminaría valiendo la pena.

Maestro del oficio

“El casco es la vida útil del caballo”, subraya Víctor sobre la estructura dura que recubre y protege la parte inferior del pie del animal. “Todo lo que le pasa al animal repercute en los cascos del caballo: sobrealimentación, tiene un corte, una herida, comió demasiada proteína, demasiadas calorías, lo entrenaron de más, lo herraron mal, se hizo un absceso”. 

Además, marca una diferencia clave con otros animales de campo: “El caballo no es como la vaca. La vaca puede estar una semana tirada en el suelo y después se para. El caballo cuando se echa es porque ya no se para más por algún tipo de enfermedad. Por eso es más propenso a la úlcera gástrica el caballo que la vaca”.

Con los años y los contactos cosechados, las oportunidades laborales empezaron a aparecer en toda América. Incluso, consiguió trabajar durante cuatro años en el Hipódromo Chile. “A mí siempre me han contactado por mi trabajo”, subraya . Sin embargo, pasaría una década hasta que esas oportunidades le permitieran dar el salto económico. “Yo creo que recién exploté profesionalmente en 2016. Fue una locura, esto cuesta mucho porque es una carrera muy difícil”, admite.

Ese boom estuvo impulsado por una idea ambiciosa: abrir su propio centro de enseñanza de herrería. Empezó dictando clínicas en el Hipódromo Irineo Leguizamo de Florida y bautizó a la escuela “Jorge Eduardo Lerena”, en honor al histórico locutor de raids hípicos de su departamento natal. “A mí siempre me gustó enseñar y me gusta que la gente progrese, porque me costó mucho llegar a donde estoy y sé que hay mucha gente que no tiene las posibilidades o a la que no se le abren las puertas”, dice.

Tiempo después, trasladó el proyecto a Chile. “Me arrendé una casa, compré todos los materiales y las herramientas. Como siempre ha sido en mi vida: arriesgué. El que no arriesga, no gana. Y así empecé. Después comencé a publicitar en otros países donde me empezaron a contactar. Iba directamente a los centros hípicos y fuimos creciendo de a poco hasta lo que somos hoy”, detalla.

En la actualidad, la escuela lleva dictadas más de 500 clínicas para unos 4.000 alumnos —entre ellos, más de 100 mujeres— de 19 países y, además de la enseñanza, también brinda herramientas para quienes desean certificarse ante instituciones estadounidenses que regulan la profesión, algo que visualiza como una de las principales carencias en el país.

Uruguay tiene mucho nivel ya de por sí porque el uruguayo hace de todo. Como profesional en la rama del caballo está bien visto en todo el mundo”, dice Víctor. “Si bien veo un buen nivel, también considero que está estancado en el hecho de traer profesores de otros países para que certifiquen el nivel en que estás”, agrega, algo que limita a los herreros nacionales al momento de conseguir oportunidades laborales en el exterior.

Víctor explica que su formación está divida en etapas. “Dentro de la podología está el nivel básico que es aprender a herrar: solamente a poner una herradura, clavar, ver cómo pisa, cómo apoya, aprender a herrar un caballo acorde a lo que nos demuestra. Como el caballo no habla, tenemos que saber interpretar nosotros cómo camina para ver cómo lo vamos a herrar y qué es lo que le pasa”.

Luego aparece un segundo nivel: “Herraje correctivo y terapéutico: todo lo que es accesorios con siliconas, acrílicos, cáusticos, plantillas”. Y, finalmente, el nivel más avanzado: “Podiatría, que vendría a ser forja, forja terapéutica y, en mi caso, también prótesis y órtesis para caballos que perdieron parte de un miembro o necesitan asistencia especializada”.

Para Rodríguez, el oficio tiene cada vez más demanda y terreno ganado, incluso frente a la veterinaria tradicional. “Hoy la gente está muy limitada con los costos de crianza y mantenimiento: alimentación, empleados, y todo lo que rodea al caballo. Llaman a un veterinario cuando precisan atender un problema sanitario o el caballo se está muriendo. Pero el herraje hay que hacerlo sí o sí cada 30 días. De lo contrario, el animal no puede competir ni ir a ningún lado. El herrero se volvió indispensable y además cobra bien”, concluye.

El camino es la recompensa

Más allá del dinero, el herraje le abrió las puertas a destinos que jamás imaginó conquistar, entre ellos, el Caribe. “Es algo raro: a mi corta edad, siento que ya cumplí todas mis metas”, confiesa. “Dicto clínicas y trabajo en 19 países. Me mandan a buscar para casos específicos, me pagan los pasajes, cobro mis honorarios, resuelvo el problema y pego la vuelta. Vuelvo a Uruguay, al campo, veo a mis caballos... Corremos raid con los gurises, comemos un asado. A partir de ahora, lo que la vida me dé es un regalo”, agrega.

Fue precisamente la oportunidad de trabajar en Centroamérica lo que impulsó a su familia a mudarse de forma definitiva a Chile hace tres años. “Toda mi evolución la hice yendo y viniendo a Uruguay, hasta que me contactaron de República Dominicana. Cuando me fueron a pagar los pasajes desde Uruguay vieron que eran muy caros, y yo tenía que viajar todos los meses. Hablé con mi familia y les dije: ‘Bueno, lo mejor es irnos a Chile. Los costos van a ser menores y yo tengo que trabajar’”, explica.

La adaptación fue excelente, y el presente de su hija es el mejor reflejo de ello. Josefina tiene 13 años y juega al fútbol en las divisiones formativas de O’Higgins. “La está rompiendo. Juega en Sub-14, Sub-16 y ha entrenado hasta con las mayores”, cuenta Víctor con orgullo. Gracias a su rendimiento, captadores de la selección chilena ya se contactaron con su entorno para conocer su situación legal y proyectar su citación en el futuro. No obstante, el deseo de Víctor es verla vestir la Celeste. “Preguntaron en qué etapa estaba y si se iba a nacionalizar. Para eso tiene que residir cinco años allá, y recién llevamos tres”, detalla.

Sin embargo, hubo un momento puntual en el que terminó de tomar dimensión del recorrido que había hecho. Ocurrió en República Dominicana, mientras recorría en un carrito de golf un exclusivo club bajo el calor sofocante del Caribe. Allí trabajaba para clientes de fama internacional como Julio Iglesias, Karol G o Natti Natasha. “Toda esa gente iba al club, personas de muchísimo dinero”, recuerda. “A la mayoría le fascinan los caballos y practican equitación. Julio Iglesias llevaba a su sobrino a entrenar ahí, se lo veía siempre”, suma.

Sin embargo, a pesar del lujo y el entorno paradisíaco, esa etapa ya quedó atrás. En una clara demostración de que los contratiempos financieros son parte del pasado, Víctor terminó renunciando al empleo debido al sofocante clima dominicano. “Estaba a cargo de 120 caballos. Trabajaba desde las 7 de la mañana hasta las 3 de la tarde, y renuncié porque no fui capaz de aguantar el calor. Hacían 40 °C de lunes a domingo, los 365 días del año. Mi cabeza no daba más, y eso que ganaba US$ 12.000 mensuales”, confiesa.

Lejos de lamentarse por la oportunidad perdida, hoy Víctor mira hacia atrás y pone en valor el camino recorrido. Destaca, en especial, cómo en su momento más difícil —cuando criaba a sus hijos en un hogar sin electricidad— nunca perdió el rumbo.

“Me acuerdo de que en esa época mi suegra, que era la dueña de la fábrica de pastas de San Cono, me decía que fuera a trabajar con ella. Pero yo siempre tuve una meta fija y me planté: ‘Voy a vivir de lo que me gusta y voy a hacer lo que me gusta’. Con errores y aciertos, esa fue la clave. Como dicen en Chile, si no sabés para dónde va el micro [el ómnibus], ahí empiezan los problemas. Y yo siempre supe a dónde iba”.