Julio Montero (48) suena por momentos como un presidiario, en otros como un pastor, y como un niño bonachón cuando se apaga el grabador. Tiene muchas capas más: es aquel gurí que con 7 años pisó un baile y con 10 robó un “quilombo”; que de niño frecuentaba más la calle, en un raíd delictivo, que jugar a la pelota con otros niños.

Estuvo 14 años tras las rejas y fue allí, adentro, que su vida cambió de un momento para otro. No fue por una reflexión autoprovocada, sino porque se sintió elegido en un instante preciso: cuando estaba a punto de matar a otro reo que, según él, había ordenado que sus secuaces le dieran una paliza a su esposa. Lleno de ira, estuvo por apuñalarlo, pero sintió un llamado crucial: el del Señor.

Un pastor le dijo una frase al oído y luego, en el calabozo, sintió de lleno la presencia del Todopoderoso. No lo vio, pero lo sintió. Y lo escuchó. Desde entonces, cuando aquel le apagó “la llave general del odio y el rencor”, se dedicó a sanar(se) y a sanar. Comenzó a entrenar boxeo junto a otros presos, les inculcó el gusto por el deporte a varios privados de libertad, y esa misión continuó afuera, ya en libertad.

Hoy, el “Toro” Montero enseña boxeo a niños y adolescentes en un gimnasio en Nuevo Ellauri —el nombre Marconi tiene mala fama— y comparte la palabra de Dios. Dice que este lo “usa” para llegar a más personas descarriadas. Y afirma que el sistema carcelario se arregla “solo”: basta con combatir el ocio en prisión con trabajo y oficios, y que el Estado dé oportunidades a los presos una vez que recuperan la libertad.

¿Quién sos?

Un referente de barrio.

¿Cómo fue tu infancia en Salto?

Fui abandonado a los 3 años. Hijo único de padre y madre. Me crié prácticamente en la calle. Desde la adolescencia me vine para Montevideo y me junté con gente del ambiente con la que no me tenía que haber juntado. Pero doy gracias al proceso que tuve, por lo que pasé, porque hoy puedo darle la mano a un montón de gurises.

Hay algo que no es nada común… Muchas veces sucede que los padres abandonan el hogar y dejan a sus hijos con la madre. Lo que no es común es que te abandone una madre. ¿Por qué te abandonó tu mamá?

Mi madre, en realidad, no me abandonó por motivos de ella. Yo fui abandonado porque ella se tuvo que ir del hogar, por las palizas que le daba mi padre, que era un alcohólico (y es un alcohólico). Y para no ser más golpeada, me tuvo que dejar... No tuvo apoyo como para llevarme. Porque si me llevaba, él la mataba. Y ta’, se tuvo que ir.

¿No era una buena idea llevarte con ella?

No, porque mi padre era muy malo: una persona muy agresiva, violenta. Entonces me quedé con él. Pero él era un bohemio. Yo estaba prácticamente solo. O sea, 24/7 en la calle, solo. Era otra generación, otro sistema, otro Uruguay también. En la adolescencia y la niñez no había lo que hay ahora: un apoyo, un seguimiento, psicólogos. Antes, prácticamente, quedabas a la bartola. Me pasaba escapando para el río. Pasaba en la calle.

Ya con 7 años, imaginate, pisé un baile. Los parientes de mi padre en Salto son todos dueños de boliches allá, ¿me entendés? Es gente de la noche. Yo me crié entre bares, prostitución, bandidos, gente bohemia. Me crié en el contrabando de vehículos: todo lo que era la parte delictiva, yo estaba cerca.

¿Qué te llevó a delinquir por primera vez?

Si yo te dijera que fue la necesidad, te estaría mintiendo. Fue el entorno. El ambiente en el que me crié, con el que me vinculé, me llevó a eso.

Pero vos también podías haber dicho que no…

Sí, pero yo era chico, y para mí era una rebeldía, ¿viste? Era una hazaña hacer algo como lo que hacíamos. Nosotros no andábamos, por ejemplo, robando garrafas ni la cuerda de la vecina, ¿me entendés? Cuando arrancamos traíamos mercadería de Argentina, cosas robadas. Yo era un niño, te estoy hablando.

Siempre salía con algún compañero y encajábamos un quilombo de hurto. Después ya fuimos evolucionando (sic). Pero el primer hecho fue un robo a un prostíbulo. Yo tendría 10 años.

En total, ¿cuántos años estuviste preso y por qué delitos?

Catorce años estuve preso. Estuve por asalto y tráfico internacional de drogas.

¿Se saca algo positivo de estar encarcelado? ¿Pudiste aprender algo tras las rejas?

Te soy sincero: la cárcel es la universidad del delito. Ahí tenés todos los palos. Cuando vos caés en una cárcel, ya te reciben y no caés con el nombre: “Soy el Toro”, “soy Fulano o Mengano”. Vos caés en una celda con 20 o 10 tipos, según la superpoblación. Y ahí tenés gente por hurto, por droga, menos por violencia doméstica o violación: tenés todos los palos. Y en el aburrimiento, en el momento, de lo que se habla es de delinquir.

"Yo era chico, y para mí era una rebeldía, una hazaña, salir a robar. Nosotros no andábamos robando garrafas ni robando la cuerda de la vecina. Cuando arrancamos traíamos mercadería de Argentina, eran cosas robadas. Mi primer delito fue robar un quilombo"

Pero te pregunté si aprendiste algo positivo.

Con el tiempo me enfoqué en el deporte y en el boxeo, dándoles clase a los chiquilines, tratando de cambiar la rutina del preso. Nosotros estábamos a pura tranca y, como yo sabía pelear —había peleado mucho tiempo—, me dediqué a dar clases de boxeo en la cárcel. Arranqué en 2010 en La Tablada, después hice Comcar y luego los llevamos a Canelones, a Punta Rieles, y fue creciendo todo eso.

Participaste en el documental Sentir: Uruguay libre de prejuicios. Historias que buscan recuperarse, que elaboró el Mides con la productora Kubrick. Te eligieron como ejemplo de alguien que estuvo preso y aprovechó una oportunidad para hacer un clic y cambiar su vida. Describime cómo fue esa oportunidad...

Mirá, yo estaba en cana y a mi señora la asaltaron: le quebraron el brazo en dos partes, le partieron la cabeza. Fue específicamente a ella, por ser mi esposa. Fue un mandado. Donde yo estaba no podía hacer nada, hasta que me encuentro en prisión con la persona que había ordenado el ataque.

En el momento en que veo a esa persona en la prisión, yo no tenía nada arriba. Él iba con dos personas más y un policía, iban hasta Valores a buscar algo (Valores se les dice al lugar donde te dejan las pertenencias de la calle, en el Comcar). Mientras iban, me dio el tiempo para ir a agarrar dos cuchillos, para matarlo. Es un trayecto largo. Venían dos personas de la calle, pasaron al lado mío y me saludaron. Habrán caminado 20 o 30 metros y una volvió y me dijo al oído: “No lo hagas”.

Me dice: “No lo hagas”. Solo yo sabía que iba a matar a esa persona. Era un pastor. Yo no creía en Dios, Checho. Y me dice: “No lo hagas, que Dios tiene un propósito”. El tipo me habla de Dios, pero yo no lo escuché, porque estaba concentrado en matar a esa persona que había lastimado a mi señora. En eso veo que viene la persona. Y sigo, voy derecho. Y cuando le voy a encajar (la puñalada), me quedo como paralizado…

En eso me ve el director de la cárcel, me “saca la ficha” y me manda “enmarrocar” (ponerle las esposas), y me lleva a los calabozos. Dentro del calabozo sentía tremenda impotencia, porque me acordaba de la foto de ella toda sangrentada, con la cabeza partida. Y de la impotencia que tenía, lo único que atiné fue a arrodillarme. Porque pasás por un montón de cosas en la cárcel… Te hacés de fierro, pero hay cosas que no te olvidás. Hay cosas que no se perdonan. En eso que me arrodillo —no sé si me vas a creer o no, pero yo sé que es verdad— veo una luz que me golpea la cara, y del lado que venía era imposible porque había una pared. Yo estaba en un lugar oscuro. Siento la presencia divina de algo sobrenatural que me habla.

Y era Jesús. Ese fue el clic. Ahí empezó el proceso con él y el cambio. Es como que me apagó una llave y me prendió otra: me apagó la llave general del odio, del rencor, de todo el daño que yo tenía pensado hacer. Me lo arrancó de una.

Después retomamos esto… ¿Todos los reclusos tienen una oportunidad o es un privilegio para algunos?

Sinceramente, oportunidad no tiene ningún recluso. Yo creo que la oportunidad se la tiene que dar uno mismo. Primero tenés que querer cambiar vos, para demostrar que querés cambiar. Porque si no querés cambiar, no podés hacer nada por nadie.

Yo te voy a explicar una cosa: si vos querés realmente salir del entorno, te enfocás en eso, como yo hoy, que estoy haciendo una carrera universitaria. Pero después, ¿el Estado dónde está? Yo desde que salí nunca tuve una oportunidad. Ni trabajo me dieron.

"Solo yo sabía que iba a matar a esa persona. Era un pastor. Yo no creía en Dios. Y me dice: 'No lo hagas, que Dios tiene un propósito'. Yo no lo escuché, porque yo estaba concentrado en que tenía que matar a esa persona. Y cuando le voy a encajar (la puñalada) me quedo como paralizado

Pero en prisión podés estudiar, aprender oficios…

Claro, yo tengo un oficio. Sigo estudiando, sigo metiéndole el pecho, pero no he encontrado la oportunidad. Igual no me enfoco en eso: sigo adelante. No espero nada de nadie.

Con todo lo que viví, con todo lo que sufrió ella (su esposa, que lo mira), prefiero estar tranquilo acá en casa que volver a delinquir.

¿Qué deberían entender los gobernantes sobre el sistema carcelario?

Para mí, las cárceles se arreglan solas. ¿Por qué? Porque trabajás con el ocio. Tenés gente con la que podés hacer proyectos, como hacíamos nosotros. En vez de tener a alguien encerrado en una celda, lo tenés pintando, por ejemplo. Generás proyectos.

¿Qué es un proyecto? Por ejemplo, 4 o 5 personas compran material y dicen: “Vamos a remodelar esta parte”. Con mano de obra de ellos mismos. No necesitás tanta inversión del Estado, solo voluntad. Pero también hay gente adentro que no quiere eso: quieren destruir.

¿No hay voluntad del Estado?

Y no… Hay gente en el Comcar que no sale a estudiar porque no hay reeducadores. Está saturado. Hay uno cubriendo a diez. Entonces no te sacan a estudiar ni a trabajar. ¿Por qué? Porque no hay personal. El sistema no funciona.

¿El Estado está presente cuando recuperan la libertad?

Mirá, desde que salí, hace tres años, busqué oportunidades. Fui a Dinali. Sé cómo funciona y es lamentable… Te lo digo crudamente: si hay una plaza laboral, prefieren dársela a otro antes que a alguien que quiere reinsertarse, como yo o como mi gurí. Y conozco una banda que estudia y no le dan oportunidades.

¿Qué consejo le darías a quien quiere cambiar?

Que piense en él y en su familia. Sé que la sociedad jamás nos va a perdonar. Pero lo que importa es tratar de ser mejor persona y demostrar que sí se puede.

¿Has podido ayudar con el boxeo?

Sí, hemos sacado a un montón… El deporte funciona. Yo les digo: “Te puedo aconsejar porque la viví”. Imaginate lo que vale la libertad. Hoy voy a la Colonia Berro como voluntario, doy charlas, trato de cambiar la mentalidad de los gurises.

¿Qué estás estudiando?

Estoy haciendo la carrera de licenciado en enfermería.

¿Qué historias ves en el gimnasio?

De todo: niños golpeados, abusados, abandonados. Hay muchos gurises abusados sexualmente. Creo que el 80% de los gurises de la calle sufrió abuso, sea sexual o psicológico.

¿Cómo ves a los niños hoy?

Es una generación diferente. Depende mucho del barrio. Hay tres mundos: clase media, clase alta y el “bajo mundo”. Son gurises distintos, con realidades distintas.

¿Todo se reduce a la pobreza?

No. Hay pobres laburantes. Pero si no podés cuidar a tus hijos, quedan en la calle y se mezclan con otros gurises del ambiente. Influye mucho el barrio.

¿Cómo fue tu encuentro con Dios?

Fue algo sobrenatural. Sentí una luz, una presencia. No lo vi físicamente, pero lo sentí. Y escuché: “Ven a mí, te estoy llamando”. Estuve tres días sintiendo su presencia.

¿Qué mensaje recibiste?

Que me estaba llamando y que me iba a usar para llegar a otros.

¿Cómo llegaste al boxeo?

Siempre me entrené. En 2010, en la cárcel, empecé a entrenar a otros. Después armamos proyectos, vino gente de Argentina y Brasil. Y funcionó.

"Hay gente en el Comcar ahora que no está saliendo a estudiar, porque no hay reeducadores. Hay uno que está cubriendo a 10 reeducadores que están con certificados médicos y hay uno solo que está cubriendo a todos esos. Entonces ese reeducador está sobregirado, sobrepasado"

Sobre la olla popular…

Quiero corregirte: no le daba de comer a nadie, ayudábamos. Y como referente, me escuchaban. Pedía que no hubiera tiros en ciertos horarios, y lo respetaban.

¿Qué significa “rodearte de buenos perfumes”?

La calidad de gente con la que te juntás. Eso define las puertas que se abren.

¿De dónde saliste?

De la mierda.

¿Dónde estás hoy?

Rodeado de buenos perfumes.

¿Sos feliz?

Hoy sí, soy feliz.