.

“Con estas terrazas y mate somos felices”, asegura Ignacio, que tiene 71 años y lleva 12 en España.

Ignacio Delnotaro y Alicia Mannise, ambos uruguayos, se convirtieron esta semana en los primeros beneficiarios de un proyecto de vivienda social del gobierno catalán. La Casa Bloc, un histórico inmueble en el barrio de Sant Andreu de Barcelona, acaba de habilitar 17 apartamentos para vivienda social.

La pareja superó dos órdenes de desalojo después de que verse obligada a cerrar un bar que regenteaban, debido a graves problemas de salud de Ignacio.

La casa Bloc, antigua residencia de viudas y huérfanos del ejército, transformó dos de sus plantas en alojamientos para personas en riesgo de exclusión. Las obras concluyeron esta semana y ya se trasladaron a ella los primeros inquilinos, entre los que se cuentan los uruguayos.

Ignacio, de 71 años, y Alicia, de 74, vivían en miedo permanente sobre su futuro. "Me dieron la invalidez absoluta. Necesito oxígeno artificial para respirar, pues sufro enfermedad pulmonar obstructiva crónica (epoc). Cerramos el bar hacia el 2019 y se nos complicó todo. Nos quedamos sin ahorros, no pudimos pagar los 590 euros de alquiler y hemos tenido dos órdenes de desahucio, la última era para el pasado 13 de enero pero se suspendió", cuenta Ignacio en declaraciones a la periodista local Rosa Bosch, del periódico La Vanguardia.

Los 17 nuevos apartamentos son de entre 40 y 45 metros cuadrados y con generosas terrazas, en la primera y la segunda planta del inmueble. Son administrados por la Fundación Hàbitat 3, que los gestiona junto con otras entidades especializadas en la atención de colectivos muy frágiles, víctimas de violencia machista, ciudadanos sin techo, con discapacidad intelectual o amenazados por desalojo, además de familias monoparentales. "Una persona coordina la estancia de todos los inquilinos, el objetivo no es solo solucionar el problema de vivienda. Los contratos son por tres años, renovables, y el alquiler se fija en una cantidad que oscila entre el 10% y el 18% de los ingresos del arrendatario", detalla Xavier Mauri, director de Hàbitat 3, en declaraciones al citado medio.

Ignacio y Alicia llegaron de Montevideo a Barcelona de forma separada, hace respectivamente doce y ocho años, respectivamente. Ella era peluquera y él tapicero, aunque en los últimos años se había dedicado a conducir un taxi. "Mi madre era de Mallorca, me llamo Llull de segundo apellido, y quise venir a Barcelona. Aquí, abrimos varios bares y también un taller de tapicería, hasta que las cosas fueron mal. Tuvimos la suerte de tener la gran ayuda de una trabajadora de los servicios sociales, pedimos el piso hace dos años a través de la Mesa de Emergencia y cuando nos lo dieron y lo vimos no lo podíamos creer. ¡Qué bonito! Con estas terrazas y mate somos felices", comenta ilusionado Ignacio.

Ambos tienen la movilidad reducida y desempaquetan sus pertenencias poco a poco, descansando y alternando la tarea con la tarea de cebar y tomar mate. Otro factor que les facilita el día a día en la Casa Bloc es disponer de ascensor. "En nuestra anterior casa salíamos lo mínimo a la calle, estábamos en un segundo piso y debíamos bajarlo y subirlo a pie", añade Ignacio mirando hacia una de las dos terrazas, atestadas de maletas, pequeños muebles y la lavadora.

Confían en que la Casa Bloc sea su hogar definitivo, y que pasados los tres años puedan volver a renovar el contrato. Ignacio, que tiene hijos y nietos en nuestro país, asegura que por primera vez en mucho tiempo puede descansar. "Ahora me acuesto y duermo, esto es una bendición, nunca pensé que tendría un piso así", dice.

"Me han salvado la vida. Esto ha sido como tocar el cielo con las manos. La mejor lotería", insiste en declaraciones al medio local El Periódico, recordando que en su anterior vivienda tenía el desalojo previsto para el mes pasado, algo que pudo frenar hasta llegar a su nuevo hogar. "Si no me hubieron dado esta oportunidad, estaría en la calle", admite.

Nacido en 1948, creció y trabajó como policía durante en tiempos de la dictadura. Después, viajó por todo el mundo: Brasil, Estados Unidos, Argentina, hasta que recaló en España.

En Barcelona abrió dos negocios. El primero se llamaba Bar La Parada, debajo de su apartamento. "Delante había una parada del bus y yo abría a las cinco menos cinco de la mañana para que el primer conductor pudiera hacer el café", explica. El otro, un taller de tapicería. "Mi mujer y yo trabajábamos las 24 horas del día", recuerda. Pudo ir pagando las costas del alquiler de los locales y de su casa hasta que una enfermedad pulmonar le cambió la vida por completo.

"Tuve que dejar de trabajar porque me ahogaba", explica. La enfermedad que contrajo era respiratoria, pero asume que la causa nace de tantos años fumando tabaco y bebiendo alcohol. Eligió la vida, y lo dejó todo. Pero las ayudas sociales no fueron suficientes. Él percibe 450 euros por una invalidez del 70%, y su mujer recibe desde Uruguay una jubilación mínima. "No teníamos para pagar el alquiler, ni los suministros, ni nada de nada", recuerda. "Nos costó mucho dejar de llorar cuando íbamos al banco de alimentos", recuerda.

Más de Curiosidades
En demasía

En demasía

Triste, solitario y final

Triste, solitario y final

La capacidad de asombro...

La capacidad de asombro...

Qué maldad

Qué maldad