Por Federico Martínez.
El proyecto de ley del senador frenteamplista Gustavo González que plantea prohibir la construcción de monoambientes encendió una discusión que va mucho más allá de lo técnico y se cuela de lleno en la vida diaria.
La iniciativa propone ajustar la normativa de vivienda para frenar la construcción de apartamentos de un solo ambiente en nuevos emprendimientos, sosteniendo que este tipo de unidades muchas veces no asegura condiciones adecuadas de habitabilidad. Sin embargo, quienes viven en este tipo de viviendas aportan matices que vuelven el debate más complejo.
En cinco entrevistas realizadas por Montevideo Portal, varios de los usuarios de este tipo de viviendas señalaron que ese formato fue la única opción accesible para independizarse, destacando la ubicación y el costo como factores decisivos. Sin embargo, también describieron limitaciones concretas: la falta de separación entre áreas, la dificultad para recibir visitas y la sensación de vivir en un espacio que obliga a reorganizar constantemente la rutina.
Joaquín Pereira, estudiante de Medicina, vive en un monoambiente de 27 metros cuadrados en Malvín que es propiedad de su familia. Reconoce que, en general, este tipo de vivienda se elige por una cuestión económica: “La mayor parte de la gente que opta por monoambiente es por un tema de costos” y “nadie voluntariamente va a elegir un monoambiente sobre un dormitorio si tuviera el mismo costo”.
En su caso, asegura que el tamaño no le pesa en lo cotidiano. “No me afecta en lo más mínimo”, afirma, pero aclara que la clave es la organización: “Uno tiene que distribuir bien” y “jerarquizar qué muebles va a tener”. Para separar ambientes dentro del mismo espacio, aplicó una solución simple: “Puse un mueble divisorio… estás acostado y no ves el sillón… estás sentado en el sillón y no ves la cama”, algo que, según él, “a la cabeza le hace bien”.
Más que el metraje, dice que lo que realmente influye en el ánimo es la luz natural. “Condicionan más factores como la iluminación”, sostiene. Por eso, valora que su monoambiente sea luminoso: “Tengo orientación norte, tengo luz la mayor parte del día”.
También advierte que vivir en pocos metros obliga a ser prolijo. “Las casas chicas son fáciles de limpiar, pero también son fáciles de ensuciar”, dice, y agrega que en un espacio reducido “son cosas que no podés ignorar”.
Como referencia del mercado en la zona, menciona que un monoambiente como el suyo ronda $ 20.000 de alquiler, más 4.000 aproximadamente de gastos comunes, y destaca que el edificio —nuevo y con muchos apartamentos— ofrece servicios como cowork, portería 24 horas y lavandería.
De cara al futuro, no descarta seguir en un monoambiente si el contexto acompaña. “Tengo una experiencia bastante agradable”, resume, y cree que una eventual mudanza dependerá más de la ubicación o de si comparte la vida con alguien.
Julieta Mossian cuenta que este es el segundo monoambiente en el que vive y que su primera experiencia estuvo marcada por la necesidad: quería independizarse. Primero vivió con amigos, y, cuando decidió vivir sola, “la única posibilidad económica era la de pagar un monoambiente”.
En el actual, en puertito del Buceo, la situación es distinta porque es prestado por su familia, una solución que pudo aprovechar mientras se ordenaba para su próximo paso. Al compararlo con el primero, marca la diferencia: antes no tenía balcón ni esa cercanía a la rambla, y ahí sí lo vivía como una “caja de zapatos”.
Hoy trabaja como diseñadora de experiencia de usuario en una empresa uruguaya. Dice que estudió informática, que ya se recibió y que eso le permitió construir un perfil profesional que incluso la llevó a comprar un apartamento de un dormitorio, todavía en construcción. Mientras espera que lo terminen, remarca que su familia pudo ayudarla en el medio y reconoce el privilegio: “No es algo que le pasa a todo el mundo”.
En la rutina, vivir en un único ambiente le pesa sobre todo por su trabajo híbrido: puede ir a la oficina, pero también hacer home office, que para ella es “un arma de doble filo”. En un espacio tan chico, explica, “comes, dormís, te bañás y trabajás en el mismo lugar”, y eso dificulta separar momentos del día. Por esa razón, muchas veces elige ir a la oficina, y señala que para quienes trabajan remoto “se complica un poco más”.
Describe también el efecto de pasar demasiadas horas adentro: hay días en los que trabaja y después sigue estudiando y siente saturación. En ese contexto, valora mucho dos cosas que le cambian la experiencia: tener balcón —“me ha cambiado bastante la vida”— y contar con “un montón de luz”, además de estar “súper cerca de la rambla”.
Al hablar del estado de ánimo, es contundente: dice que no solo influye el tamaño, sino el orden. En un monoambiente “tenés que tenerlo ordenado” porque entran menos cosas y “se te puede desorganizar todo muy rápido”. A la vez, encuentra un lado positivo: el espacio limitado la obliga a rotar ropa, no acumular tanto y pensar mejor “qué comprar y qué no”, aunque admite que tiende a tener “muchos libros, mucha ropa”.
Para Julieta, las limitaciones se notan incluso en cosas simples, como un día de lluvia. Por eso, define esta forma de vida como “100% una etapa transitoria” y asegura que “nunca más elegiría” un monoambiente, aunque lo considera “bárbaro” como primer paso para independizarse y dice que está cómoda donde vive.
Juan Nieto, estudiante de la carrera de contador público en la Universidad de la República y del interior del país, explica que llegó al monoambiente porque se le vencía el contrato del apartamento anterior y quería vivir solo. Venía de compartir con amigos y ya habían acordado que ese sería el último año juntos, después de mucho tiempo de convivencia.
Su idea era mudarse a un apartamento de un dormitorio, pero no encontró uno a un precio que le resultara accesible, sobre todo porque necesitaba que fuera amoblado. Dice que los de un dormitorio más baratos se entregaban vacíos y que, amoblados, se le iban de presupuesto, mientras que “un monoambiente amoblado y un apartamento sin muebles valían más o menos lo mismo”.
También influyó un amigo que vivió siempre en monoambientes y pasó por varios; incluso cuenta que a ese amigo sus padres terminaron comprándole uno. Con esa referencia, se entusiasmó, se puso a buscar y terminó eligiendo un monoambiente por la zona de 21 de Setiembre, en Pocitos.
En la vida cotidiana, asegura que vivir en un solo ambiente no lo moldea. Aclara que el suyo es relativamente grande (menciona alrededor de 33 m², comparado con otros de 15 m² que vio) y que para una persona sola resulta cómodo. En pos de ordenar mejor el lugar, usa un biombo que separa la cama y el ropero, de modo que al entrar se ve primero una especie de living definido.
Sobre el ánimo, dice que el espacio no le afecta y que además pasa bastante tiempo fuera de su casa. La única queja de espacio es la cocina, donde a veces le falta lugar para apoyar cosas, aunque lo ve como algo menor. Lo que sí le molesta es el ruido: está en un tercer piso con frente a la calle, aunque relativiza diciendo que sería peor vivir con ventanas a la avenida 18 de Julio.
Cuenta que el monoambiente también le funciona para juntadas: probó recibir siete personas y entraron “buenazo”. Detalla que tiene sillas, mesas, un puff y un sillón grande, y admite que con diez ya sería más apretado, pero lo compara con su apartamento anterior compartido y dice que igual se apretaban. Lo único incómodo es pasar hacia el baño, porque alguien tiene que correrse.
Paga $ 21.000 de alquiler (amoblado) y unos $ 4.290 de gastos comunes. No tiene amenities, pero sí portero y dos ascensores, y menciona que hay pocos apartamentos por piso, lo que puede influir en los gastos comunes. Lo ve como “una etapa transitoria” y lo recomienda por practicidad para vivir solo, pero no conviviría en monoambiente en pareja.
Nazareno Saravia, estudiante de Diseño Gráfico en la Universidad ORT y oriundo de la ciudad de Treinta y Tres, cuenta que eligió vivir en un monoambiente por una cuestión de costos y por querer vivir solo. Dice que en su situación un apartamento con dormitorio se le “hacía carísimo” y que esa opción era “medio inviable”, porque muchos lugares con cuarto se abaratan recién cuando se comparten.
Aunque al principio estaba “medio negado” por el tema del espacio, buscó bastante tiempo hasta encontrar un monoambiente que le cerró. Lo vio “bastante espacioso” y le gustó que ya tuviera cosas integradas, como la cocina, lo que hizo que se decidiera por uno ubicado en Punta Carretas.
En la vida cotidiana, dice que vivir en un único ambiente le resulta “normal”. Aclara que exige más orden porque “se nota todo mucho más”, pero a la vez lo ve práctico, sobre todo para limpiar, incluso más que vivir en una casa con dos cuartos. Para él, la clave está en “distribuir bien las partes” para mantener el lugar funcional.
Sobre su estado anímico, asegura que el espacio reducido no lo condiciona. Siente que tiene el lugar suficiente para las cosas que quiere y que no necesita demasiado, por eso no lo vive como una limitación. Al contrario, expresa que está cómodo, le gusta cómo quedó todo y lo percibe como un espacio muy propio.
Calcula que pasa más de 12 horas en el monoambiente, contando el tiempo de dormir. Reconoce que a veces puede sentirse chico cuando el lugar está “más caótico” y el desorden se nota más, y que eso puede influir un poco. Sin embargo, insiste en que es un tema de organización y que ese problema puede darse en cualquier vivienda.
En cuanto a costos, dice que paga $ 27.000 con gastos comunes incluidos. Cuenta que lo encontró por Marketplace —“rarísimo”, según él— después de meses buscando en Mercado Libre, El Gallito e inmobiliarias por internet. La persona que se lo mostró era la propietaria, aunque no sabe si luego cambió de dueña o si lo vendieron.
Su contrato es hasta el año que viene. Pese a estar conforme, afirma que lo ve como algo transitorio: no se imagina “toda la vida” en un monoambiente. De todos modos, considera que en el momento en que está —estudiando y trabajando— le funciona.
Guillermo Rodríguez, estudiante de Ingeniería en Computación, cuenta que se mudó a Montevideo para estudiar. Eligió un monoambiente porque era de las opciones “más económicas” y el precio fue lo que más le llamó la atención. Dice que, al recorrer opciones, entendió bien qué era un monoambiente y, al ver lo accesible que resultaba, terminó viniéndose por esa razón. En su caso, vive en el Centro, sobre la avenida 18 de Julio.
En la vida diaria, explica que el impacto principal es la falta de comodidad: “Es chico, es muy chico”, y lo compara con un apartamento más grande donde habría cuartos separados, cocina más armada y baño más espacioso. En su caso, la situación se vuelve más exigente porque vive en el monoambiente con su pareja, lo que intensifica la sensación de poco lugar.
Describe que el orden se vuelve una batalla constante: “Movés dos o tres cosas y se desordena todo”. La cocina es “muy chica” y afirma que hay que estar “a tres, cuatro o cinco manos” para mantener todo en condiciones. Para él, el problema no es solo el tamaño, sino la imposibilidad de tener áreas diferenciadas: cocinar, guardar cosas o moverse terminan afectando “la comodidad” y “el día a día”.
Afirma que como pasa la mayor parte del tiempo fuera por trabajo y estudio, no lo vive tan pesado en el día a día. Pero en sus jornadas libres nota que el espacio es realmente reducido, lo que le imposibilita, por ejemplo, invitar a amigos.
En lo económico, cuenta que paga $ 16.500 de alquiler más $ 3.350 de gastos comunes.
A futuro, Guillermo es claro: no planea quedarse en un monoambiente. Su objetivo es terminar la carrera, conseguir un trabajo mejor y luego mudarse a un apartamento más grande “para poder tener más espacio”, pensando en una vida cotidiana más cómoda y con margen para actividades sociales.