Den Frenkel, docente de la Victoria Unviersity en la ciudad de Melbourne, analizó el acento típico del país y además de la obvia impronta inglesa halló influencias del idioma alemán y la lengua irlandesa. Sin embargo, por encima de esos aportes europeos situó un ingrediente distinto.
"Ese coctel que es el alfabeto australiano fue enriquecido por el alcohol. Nuestros antepasado se emborrachaban juntos muy a menudo, y de sus interacciones frecuentes nació, sin que ellos lo supieran, una serie de pronunciaciones alambicadas que se sumaron a nuestro registro de voces", escribió Frenkel en un artículo en la revista The Age.
"Durante los dos últimos siglos, de generación en generación, el ‘dialecto alcohólico' australiano ha pasado de padre a hijo, aunque ambos estuvieran sobrios"., agregó.
Según Frenkel, esta influencia alcohólica es perniciosa para le lengua, y afirma que en actualidad el australiano promedio "habla a dos tercios de su capacidad".
En su análisis, el docente señala una serie de deformaciones de pronunciación, como la sustitución de la "t" por la "d" a mitad de palabra (‘Important' se transforma en ‘Impordant'), la omisión de la "l" en varias palabras (Australia se dice Austraia), y la deformación de la "s" en plurales o palabras que terminen con dicha letra (‘Yesh' en lugar de ‘Yes').
Para Frenkel todas estas particularidades no son sólo algo pintoresco, sino el origen de un sinnúmero de malentendidos que acaban por deteriorar la calidad de la comunicación tanto entre australianos como a la hora de hablar con otros angloparlantes.
En el citado artículo, el profesor expresa su deseo de incluir clases de retórica en los programas estudiantiles y cuidar con mayor celo la pronunciación, logrando así "aumentar los estándares de comunicación" de los ciudadanos.