Por The New York Times | Ross Showalter

En un sombrío día de enero, mi teléfono se iluminó: Will me había enviado un video. Sentí un nudo en el estómago. Sabía lo que el video había captado, pero no acababa de creerlo. En la soledad de mi habitación, me puse frente al celular y pulsé el botón de reproducir.

En el video, Will se apartaba de la cámara (su teléfono). Llevaba una camiseta polo de rayas. Detrás de él había una cortina de regadera multicolor. Hizo señas despacio, con cuidado: “Hola, ¿cómo estás? Yo estoy bien. Gracias, amigo, Ross”. Un alivio nervioso inundó su rostro cuando terminó de deletrear mi nombre con los dedos.

Caí en un estado de incredulidad. Will me había enviado un mensaje de texto días antes para decirme que había estado aprendiendo lenguaje de señas por sí mismo. Al leer sus mensajes, me sentí sorprendido, y después sospeché.

Soy una persona sorda. Durante los últimos diez años, desde que cumplí 18, hombres oyentes han coqueteado conmigo y me han llevado a citas. Lo único que tienen en común es la promesa que todos hacen: “Aprenderé lenguaje de señas para hablar contigo”.

Ninguno de ellos lo ha cumplido. Ninguno se apuntó a una clase ni estudió los libros de texto que les recomendé.

De niño, aprendí a leer los labios, a descifrar las palabras a partir de los movimientos labiales y lo que queda de mi audición. Asistí a clases de logopedia, pero eso técnicamente se acabó cuando me gradué de la preparatoria. En la actualidad, mis amables amigos oyentes me enseñan a pronunciar las palabras.

Mis padres no dieron ninguna razón explícita para que recibiera clases de logopedia. La razón implícita era que yo hiciera el trabajo de comunicación que a los no signantes no les interesa hacer. Comunicarse en lengua hablada significa ajustarse a la sociedad, que depende del sonido.

Todos los hombres con los que he salido se confían del hecho de que hablo. No han necesitado hacer un trabajo adicional para comunicarse conmigo porque yo he hecho el trabajo por ellos.

Will es diferente. Will es el primer hombre en nueve años que ha aprendido el lenguaje de señas por mí. Nunca prometió aprenderlo, simplemente puso manos a la obra.

Volví a pulsar el botón de reproducir y observé las cuidadosas señas de Will, su deletreo manual, su nervioso alivio al final. Lo vi una y otra vez hasta que mi incredulidad se evaporó.

Conocí a Will en Twitter hace un año. Vive en un estado vecino. Al principio, nos enviábamos mensajes directos. A medida que nuestra amistad se profundizaba, nos enviábamos mensajes de texto hasta altas horas de la noche mientras la pandemia hacía estragos más allá de nuestras puertas.

Cuando empecé a hablar con Will, yo estaba sufriendo una complicada separación de un profesor universitario —una persona que utiliza el pronombre elle— que dijo que quería aprender lenguaje de señas por mí. Le dije que no tenía que hacerlo; no quiero obligar a nadie a cumplir una promesa que no hace con sinceridad. Y no quiero decepcionarme cuando no cumplan su palabra.

Pero esta persona me dio otra razón para querer aprender señas: trabaja con estudiantes sordos, así que estaría aprendiendo la lengua de señas no solo por mí, sino porque también le es útil.

Eso me convenció de que el profesor iba en serio. Le di recursos y le animé a hacer preguntas, pero nunca me hizo preguntas ni envió un solo video. Al cabo de cuatro meses, desistí, enojado porque me habían mentido una vez más.

Antes del profesor, un director financiero me desconcertó cuando me dijo: “Voy a aprender lenguaje de señas por ti”. En remisión de un cáncer de laringe, aún corría el riesgo de quedarse mudo, y quise preguntarle: “¿Por qué no aprendes para tu beneficio?”. Preocupado por cruzar una línea sensible, puse el piloto automático y dije: “No hace falta que lo hagas”.

Antes del director financiero, un enfermero dijo que tomaría clases de lenguaje de señas. Antes de eso, un trabajador social dijo lo mismo. Antes de eso, lo hizo un analista de datos.

Resulta exagerado decir que una mentira atraviesa la mayor parte de mi vida amorosa, pero ninguna otra frase capta con tanta precisión la verdad. Para las personas oyentes, la promesa de aprender el lenguaje de señas es menos una promesa de acción y más un aplacamiento, como si intentaran consolarse a sí mismos más que a mí, tal vez para librarse de alguna culpa. Los intentos anteriores de formar una relación han fracasado porque la intención de aprender no es genuina.

“Es intolerable”, me escribió Will cuando le hablé del profesor. “Si alguien quiere entablar una relación contigo, lo mínimo que podría hacer es esforzarse por comunicarse mejor contigo. En tu caso, eso sería aprender a hablar con señas. Y si alguien se compromete a hacerlo y luego no lo hace, la obligación de comunicarse recae sobre ti”.

Will me demostró que no todo el mundo hace promesas que no piensa cumplir. No tengo que invertir mi tiempo en alguien que promete una acción que nunca hará. Las relaciones solo avanzan cuando comienza el trabajo de comunicación.

Tomé el tren hasta su ciudad a mediados de abril, mi primer viaje durante el remolino surrealista de la pandemia. No había salido de mi casa desde marzo del año anterior; más bien me había quedado a mirar las mismas paredes de mi casa, leer y releer todos mis libros favoritos, y celebrar cumpleaños tras cumpleaños por Zoom y FaceTime. Me subí al tren porque quería un cambio.

Conocí a Will en ese viaje. Era más alto de lo que esperaba. Me abrazó con fuerza y olía a almizcle. En mi habitación de hotel, nos pusimos a hablar, y él se acercó a la mesa y me tomó las manos. Sentado allí, Will era más bello de lo que cualquier video podría captar. Me resultaba difícil creer, incluso cuando estaba delante de mí, que él fuera real. El deseo cobró peso en mis entrañas y no pude evitar rozar sus palmas con mis dedos. Quería tocarlo. Quería sentirlo. Lo deseaba.

Cuando Will dijo que debía irse y dejarme trabajar, me despedí de él con un abrazo y le di un beso en la mejilla. Él me besó la mejilla a su vez. Me aparté para mirarlo fijamente, y luego me incliné hacia delante, con mis ojos centrados en su boca.

Más tarde, se levantó de la cama de un salto. “Quiero probar algo”, dijo.

Supe inmediatamente a qué se refería. Me senté y apoyé la barbilla en las manos.

Will deletreó manualmente todas las letras del alfabeto, de la A a la Z. Hizo la J al revés. Confundió la G y la Q, y tuve que enseñarle la H. Pero lo acepté con una sonrisa. Después de que su dedo índice trazó una Z en el aire, me levanté de la cama y lo besé.

A veces no sabes lo que te pierdes hasta que alguien te lo enseña. A veces, crees que ni siquiera puede existir.

Will y yo no estamos saliendo, técnicamente. A él le gusta llamar a nuestra relación un término medio, un espacio entre la amistad y el romance. Después de todo, vivimos a muchos kilómetros de distancia. Intentamos ser pragmáticos.

De cualquier manera, Will sigue enviándome videos en lenguaje de señas, dos o tres a la semana. En su último vídeo aparecía haciendo señas de los opuestos (“gustar es lo contrario de no gustar”). Le corregí la colocación: “Estás haciendo el signo de opuesto que se parece mucho a ‘pero’”.

Siete meses después de que empezáramos a hablar, Will se inscribió en un curso de lenguaje de señas en línea. “Los videos de YouTube ya no son suficientes”, me mandó un mensaje. “Quiero una estructura. Quiero un profesor. Quiero una clase. Quiero más”.

Al leer su mensaje de texto en ese momento, no pude evitar pensar en el profesor, en el director financiero, en los que no habían cumplido. Me pregunté cómo se verían haciendo señas. Siento una pequeña punzada de decepción cada vez que pienso en ellos.

Está el agua turbia de las falsas promesas, y luego está Will, claro como el agua limpia. Will significa algo más. No le había creído cuando me dijo que estaba aprendiendo a hacer señas, pero entonces me mostró algo en lo que podía creer.

Incluso con Will ahora inscrito en una clase de lenguaje de señas, sigo sintiendo incredulidad y preocupación. Una persona no puede deshacer nueve años de frustración. Me preocupa que Will se canse de enviar videos, de hacer señas a la cámara de un celular. Me preocupa que un día se despierte, decida que no merezco este esfuerzo y me deje. Me preocupa que este núcleo de incredulidad —porque es imposible que la comunicación equitativa sea tan fácil— se justifique de alguna manera. Will podría convertirse en parte del agua turbia, en otra razón para que no confíe en los hombres que pueden oír.

En este momento, Will demuestra que quizá pueda creerle a la gente cuando dice que quiere esforzarse por mí. No tengo que conformarme con relaciones construidas sobre promesas vacías y falsa compasión. Me merezco algo real, significativo. Will hizo algo en lugar de prometerlo, y me hizo pensar dos veces antes de despreciar las intenciones de los demás.

Cada vez que Will me envía un video con señas, es como si dijera: “El mundo puede ser un lugar mejor de lo que crees. Déjame mostrártelo”.