—Señora, yo en estos casos me esperaría lo peor.
En 2013, cuando Gonzalo Spinelli tenía 12 años, estuvo internado por una infección intestinal severa. “En un estudio de imagen se veían mis ganglios muy inflamados. Entonces, una médica de guardia se le acercó a mi madre y le dijo eso”, relata a Montevideo Portal. “Yo me enteré de eso un año después porque mi madre no me lo quiso decir en el momento, pero literalmente le estaban subcomunicando que yo tenía cáncer, que era una de las posibilidades por la sintomatología”, recuerda.
Si bien Gonzalo convivió con enfermedades crónicas desde que tiene uso de la razón —a los dos años le detectaron diabetes tipo 1 y a los tres celiaquía—, no sería hasta julio de 2018 cuando su vida entraría en su etapa más dura, incierta y transformadora cuando, luego de un viaje soñado acompañando a la selección uruguaya durante la Copa del Mundo de Rusia, retornó a Uruguay junto con su familia.
Durante un año y medio, Gonzalo experimentó síntomas severos que destruyeron su sueño de ser deportista y le provocaron múltiples internaciones por anemia, mientras los médicos no lograban dar con un diagnóstico preciso sobre qué estaba ocurriendo.
“Tener la sensación de que tu salud está mal, que vos no sepas lo que está pasando, los médicos tampoco, cuando aparentemente siempre hiciste todo bien —cuidando muchísimo mi alimentación y teniendo un buen control de la glucemia—. Y, encima, que por eso no me dejen hacer deporte, fue lo más duro de mi vida sin duda”, confiesa.
Sería recién en noviembre de 2019, cuando los médicos encontrarían respuesta: sufría colitis ulcerosa, dermatitis atópica y hepatitis autoinmune, enfermedades que, según le dijeron, serían “para toda la vida”.
Hoy Gonzalo afirma que aquella colitis ulcerosa está en remisión completa desde hace seis años. Para él, esta recuperación excepcional no responde a una única causa, sino a la combinación de varios factores: el tratamiento médico recibido desde el comienzo, cambios profundos en su alimentación y hábitos cotidianos, una mejor regulación de sus ritmos circadianos y la exploración de terapias no convencionales, como la bioneuroemoción. Esa experiencia, signada tanto por la medicina tradicional como por enfoques centrados en la prevención y el autoconocimiento, transformó por completo el rumbo de su vida.
En 2021, decidió ingresar a la facultad de medicina: no para ser médico, sino para comprender el sistema desde adentro y así contribuir a su evolución.
“Se me ocurrió la idea de crear Bio Reset”, señala Gonzalo, “un ecosistema online de salud integrativa” que, según explica, está apoyado en tres pilares: profesionales, educación y comunidad. “Ya estamos con algunos pacientes, y ya seleccionamos algunos profesionales de la salud: se postularon casi 200 profesionales como médicos, nutricionistas, psicólogos, de todas partes del mundo”, detalla. “Personas que verdaderamente van a la causa raíz de la enfermedad o que saben mucho de estilo de vida, medicina funcional, medicina alternativa y otros enfoques”, agrega.
Mientras desarrolla esa iniciativa, también documenta su proceso personal y comparte contenido sobre salud y hábitos en redes sociales, donde construyó una comunidad de más de 416.000 seguidores en Instagram y más de cinco millones de “me gusta” en TikTok.
Como lavarse los dientes
“Aunque pueda sonar muy fuerte, siempre lo viví súper bien, como si para otra persona fuera lavarse los dientes. Haberlas tenido prácticamente desde que nací hizo que no representara un cambio en mi vida, sino algo que siempre tuve normalizado y automatizado”, confiesa Gonzalo.
A los pocos meses de su nacimiento, sus padres empezaron a notar ciertos comportamientos extraños que encendieron las alarmas. Gonzalo cuenta que una de las primeras palabras que aprendió a decir de bebé fue “agua”. “Mi madre pasaba con un termito de agua y recuerda que yo lo señalaba y decía todo el tiempo: ‘agua, agua, agua’. Me moría de sed”, relata.
Esa voraz necesidad de hidratarse provocaba que orinara con demasiada frecuencia. Sin embargo, lo que más sufría Gonzalo en sus primeros meses de vida eran los fuertes dolores abdominales, que interrumpían la calma del hogar con su llanto herido y frecuente.
Conscientes de que algo no andaba bien, sus padres consultaron a profesionales, pero las primeras respuestas no fueron las esperadas. “Los médicos no terminaban de ver la gravedad de los síntomas y le decían a mi madre: ‘Quedate tranquila, es imposible que tenga diabetes’”, relata Gonzalo. Sin embargo, el instinto materno la llevó a seguir buscando respuestas. “El momento del diagnóstico fue re loco porque mi madre, que es ingeniera informática, se compró un libro de medicina para averiguar lo que estaba pasando. Leyéndolo, dijo: ‘Tiene diabetes’”, cuenta.
Luego de un control que reveló un nivel de glucemia en sangre exorbitante, la pediatra se encontró con que Gonzalo estaba sufriendo una cetoacidosis diabética —emergencia médica potencialmente mortal que ocurre cuando el cuerpo se queda sin insulina—, derivando en la confirmación de la diabetes tipo 1. Un año más tarde, llegaría también el diagnóstico de celiaquía.
La certificación de ambas enfermedades autoinmunes llegó cuando Gonzalo todavía era un bebé. Desde que tiene uso de razón, creció con el ritual de medirse la glucemia entre cinco y diez veces por día, y de inyectarse insulina hasta en ocho ocasiones diarias. De hecho, en la escuela, aquella costumbre lo convirtió en el centro de un asombro inocente: cuando tenía que pincharse el dedo para medirse el azúcar en sangre, sus compañeros se amontonaban a su alrededor, invadidos por la curiosidad de observar el proceso.
A pesar de todo, ambas condiciones no le impidieron tener una infancia normal y sin sobresaltos. Gonzalo creció con el sueño de ser un deportista profesional, aunque al principio no tenía claro en qué disciplina. Por eso probó de todo: desde fútbol y básquetbol, hasta natación, siempre bajo un estricto cronograma de alimentación y entrenamiento. “Yo entrenaba y me acuerdo de que investigaba las rutinas de los mejores del mundo. Me estudié las rutinas de Lionel Messi, de Cristiano Ronaldo y de Usain Bolt”, cuenta.
La actividad física era el motor de su vida y la columna vertebral de sus proyectos a futuro. Sin embargo, el destino le guardaba un quiebre absoluto. A los 17 años, cuando Gonzalo acababa de encontrar su lugar en el fútbol sala y emprendía un viaje que parecía sacado de un sueño, su vida daría un giro de 180 grados.
El partido más difícil
Un tiempo antes de cruzar hacia el otro lado del mundo para seguir a Uruguay en la Copa del Mundo de 2018, Gonzalo había empezado a experimentar ciertas molestias que no tenían una causa aparente. A veces sentía una picazón tan intensa que el cuerpo lo llevaba a rascarse con desesperación. En otras ocasiones, desarrollaba alergias repentinas al comer frutos secos o lácteos. Incluso, cuando salía a caminar, sentía un fuerte hormigueo en las palmas de las manos y se le hinchaban los dedos. “Eran síntomas muy raros”, comenta.
El verdadero calvario, sin embargo, llegaría durante su estadía en Rusia. A esos problemas que ya arrastraba desde antes del viaje, se sumaron fuertes dolores abdominales y episodios de diarrea con sangre. Y el momento más crítico ocurrió en el vuelo de regreso. “Cuando volvía en el avión, se me hincharon los pies y realmente parecían pies de elefante. No podía caminar”, recuerda Gonzalo, quien detalla que, además, se encontraba muy debilitado debido a una anemia provocada por la pérdida de sangre.
Apenas aterrizó en el país, una silla de ruedas lo esperaba para trasladarlo directo a la internación. En el hospital lograron contener la anemia mediante transfusiones de hierro, pero los análisis encendieron otra alarma al revelar que sus enzimas hepáticas presentaban niveles riesgosos. Al no encontrar una conexión entre este nuevo cuadro y su historial de diabetes y celiaquía, los médicos atribuyeron la situación a algún tipo de infección exótica contraída en el extranjero.
Mientras buscaban respuestas, los doctores le prohibieron hacer cualquier tipo de actividad física. Ahora, no solo tenía que afrontar los dolorosos síntomas sin tener un diagnóstico claro, sino que también se veía obligado a abandonar su sueño y aquello que más disfrutaba.
“Después de eso tuve varias internaciones y los síntomas no terminaban de desaparecer. Era un ida y vuelta constante: iba al hospital, los médicos no sabían qué tenía, pero seguía sufriendo los dolores abdominales y la diarrea con sangre, y tenían que hacerme transfusiones por la anemia”, relata. A cada consulta, Gonzalo concurría añorando que le permitieran volver a hacer deporte, pero salía por la puerta con más dudas que certezas.
“Hay una frase que siempre tengo presente: ‘La vida no te pasa a ti, pasa para ti’. Para mí significa que los obstáculos que nos pone la vida están diseñados para impulsarnos a crecer. Esas experiencias me hicieron entender que todo tiene un porqué y, sobre todo, un para qué”, reflexiona.
Con el tiempo, aquel duro golpe que le dio la vida terminaría convirtiéndose en el impulso hacia un propósito mucho mayor.
Durante el segundo semestre de 2018, Gonzalo terminó quinto de bachillerato biológico. En su tiempo libre, las dos a tres horas diaria que antes dedicaba a su carrera deportiva comenzó a llenarlas leyendo y realizando cursos sobre desarrollo personal y emprendimiento. “También fue una etapa en la que descubrí algo que me apasiona”, revela.
Para 2019, eligió cursar sexto de medicina, pero su paso por el último año de secundaria sería tan fugaz como un parpadeo. “Me acuerdo del primer día de clases. Yo estaba totalmente enfocado en emprender, ideando una agencia de marketing digital, e incluso tenía en mente que no iba a ir a la universidad”, recuerda. “Cuando empezamos sexto de liceo y nos preguntaron qué queríamos hacer, todos mis compañeros dijeron medicina. Me acuerdo de pensar: ‘Yo medicina no, nada que ver’”, agrega.
Solo dos semanas después de aquel primer día, y sintiendo que dentro de las aulas estaba perdiendo el tiempo, Gonzalo abandonó el liceo decidido a volcarse de lleno al desarrollo personal. Entre la incertidumbre de las internaciones y la intensidad de los cursos, el 22 de julio, justo el día de su cumpleaños, su padre le regaló un libro titulado El arte de desaprender, del psicólogo español Enric Corbera.
Aunque durante las semanas posteriores a su cumpleaños el libro quedó relegado al olvido, sus páginas estaban destinadas a marcar un antes y un después en su vida.
Un nuevo paradigma
En noviembre de 2019, Gonzalo ingresó una vez más al hospital, debilitado por una nueva crisis de anemia, dolor abdominal y diarrea con sangre. Aquella vez, luego de 18 meses de un deambular a ciegas y sin diagnósticos claros, por fin los médicos pudieron ponerle nombre a su calvario: colitis ulcerosa —inflamación y úlceras en el revestimiento del colon y el recto—, dermatitis atópica y hepatitis autoinmune. “El hilo conductor es que las cinco enfermedades son autoinmunes”, detalla. Aunque ahora Gonzalo podía retomar el deporte, los doctores le dejaron una advertencia: esas enfermedades eran crónicas y, por ende, incurables.
Mientras transcurría sus días entre las paredes del hospital, su familia llevaba a cabo la mudanza hacia un nuevo hogar. Debido a su estado de salud, no pudo colaborar ni con el embalaje de sus pertenencias, ni con la instalación en el nuevo inmueble. Por eso, cuando recibió el alta y pisó el apartamento por primera vez, la sorpresa no fue solo el cambio de escenario: en su habitación, esperándolo en silencio, estaba El arte de desaprender.
“Fue algo muy raro, el libro estaba ahí”, afirma quien admite haberle perdido el rastro apenas su padre se lo entregó en sus manos, sepultado bajo una larga lista de lecturas pendientes. “La cosa es que arranco a leerlo y en las primeras páginas me sorprendí muchísimo, porque estaba viendo una nueva forma de entender la enfermedad”, dice.
El interés fue tal que buscó a Enric Corbera en Google y descubrió que el psicólogo español comenzaría un “posgrado en bioneuroemoción” en apenas dos semanas. Al día siguiente, Gonzalo ya se había anotado en ese curso de 10 meses, guiado por la obsesión de encontrar “respuestas a la sanación o a mejorar” su salud.
Si bien la medicina reconoce que ciertos factores emocionales pueden influir en la salud física, aumentar el riesgo de algunas enfermedades, agravar síntomas o afectar procesos de recuperación, la bioneuroemoción sigue siendo considerada una pseudociencia, es decir, un enfoque que carece de evidencia científica suficiente para respaldar sus postulados. Aun así, según Gonzalo, esta disciplina desempeñó un papel crucial en su lucha contra la colitis ulcerosa y también abriría su cabeza hacia una transformación en su estilo de vida.
“Con la bioneuroemoción, vos tenés que ver los síntomas como un mensaje de tu cuerpo que, si lográs interpretar, tiene la posibilidad de desaparecer”, explica. “Yo empecé a ver qué conflictos emocionales había en mi vida. Al principio me costaba muchísimo. De hecho, en los primeros nueve meses no encontré ningún factor emocional”, agrega. El quiebre, sin embargo, aguardaba en el penúltimo mes del curso.
Durante una práctica virtual, Gonzalo experimentó lo que define como su primera toma de conciencia real sobre un conflicto íntimo que lo desgastaba. “Ese momento desata una respuesta emocional en mí y me pongo a llorar”, recuerda. Por aquel entonces, seguía sufriendo los síntomas de la colitis. “Al día siguiente que tomo conciencia y me pongo a llorar, no tengo más síntomas”, afirma. “No sé muy bien qué estaba pasando, pero estaba confirmando que el factor emocional del síntoma existe y estaba totalmente sorprendido”.
De un día para el otro, los dolores abdominales y las hemorragias se habían esfumado como si nunca hubieran existido. Sin embargo, un par de semanas después los síntomas regresaron con la misma violencia de siempre.
“Por un lado dije: ‘la puta madre’, porque me volvían los síntomas que eran horribles, pero por otro pensé: ‘Okay, pero si ya lo hice una vez, ya aprendí que el factor emocional del síntoma existe y confío en que la bioneuroemoción me está funcionando, voy a aplicar el método de nuevo’. Y ahí es cuando me autoindagaba para saber cuál era el conflicto emocional de esos días, porque tenés que ver cuándo apareció el síntoma”, explica.
Pasaban los días y la técnica parecía no dar resultado hasta que, una tarde en la que salió a caminar junto a su hermana, volvió a tomar conciencia y a ponerse a llorar. “Al día siguiente ya no tenía síntomas. Y esto que te estoy contando me pasó como cinco veces”, señala. Pero llegaría un momento en que, según cuenta, encontraría la causa definitiva. “Yo ahí estaba descubriendo algo increíble que me estaba cambiando la vida, hasta que en un momento tomo conciencia de un conflicto emocional de cuando era más chico. A partir de ese momento, nunca más tuve síntomas”, dice.
Hasta hoy, seis años después y habiendo abandonado la medicación para la colitis ulcerosa, Gonzalo asegura haber dejado atrás la enfermedad que tanto sufrimiento le causó. Sin embargo, continúa con su tratamiento para la hepatitis autoinmune.
“Yo siempre digo que el fármaco me salvó la vida y la educación me sanó. Estoy muy a favor de que todas las recomendaciones sean en base a evidencia científica, incluso por ese motivo yo no doy consejos de salud”, subraya. “Pero hasta el día de hoy intento ir a la causa de la hepatitis autoinmune y aplicar la bioneuroemoción. Lo que me pasa con ella es que no puedo identificar el conflicto porque, al no tener síntomas, es mucho más complicado aplicar el método. Por eso no me cierro únicamente a la bioneuroemoción y estoy estudiando otras cosas, como la psiconeuroinmunoendocrinología (PNIE)”, un campo interdisciplinario que estudia cómo interactúan el sistema inmunológico, el sistema nervioso central y el sistema endocrino, y de qué manera esa relación influye en la salud física, emocional y social.
Su paso por el sistema de salud desde bebé le otorgó una perspectiva cruda y detallada de su funcionamiento: tanto de sus fortalezas como de los aspectos que, a su entender, podrían mejorarse. Su recorrido como paciente de enfermedades crónicas le permitió desarrollar una nueva mirada sobre la salud. Hoy sostiene que la medicina tradicional pone gran parte de su atención en tratar las enfermedades cuando ya se han manifestado, mientras que la prevención, la educación y la promoción de hábitos saludables suelen ocupar un lugar secundario, pese a su potencial para reducir el riesgo de múltiples dolencias.
Eso, sumado a su vieja obsesión por el emprendedurismo, comenzaron a sembrar una idea fija en su cabeza: tal vez su verdadero propósito era transformar los años de sufrimiento en combustible para reformar el sistema médico actual.
“Iban pasando las semanas e iba reflexionando: ‘Pero pará, si quiero reformar el sistema de salud, tengo que estudiar algo relacionado con la salud’. Ahí me puse a investigar y Medicina fue lo primero que se me vino a la mente, pero también lo primero que descarté porque todo el mundo dice que es una carrera súper exigente y súper larga, y a mí lo que me gusta es emprender”, cuenta Gonzalo.
Tras analizar opciones como Enfermería, Neurociencia y Biotecnología, terminaría regresando al punto de partida, y qué mejor manera que construir su propósito estudiando el sistema por dentro. “Dije: ‘Bo Gonza, si querés reformar el sistema de salud no podés ir a medias, tenés que ir con todo’”.
A contrarreloj, preparó exámenes libres de todas las materias de tercero de bachillerato y los rindió en apenas tres meses. Finalmente, en marzo de 2021, Gonzalo comenzó la carrera de Medicina en la Universidad Católica. Aunque no lo hizo con la intención de convertirse en médico.
El Uber de la salud
“He hablado con médicos y me han dicho que la medicina tradicional está muy enfocada en la parte farmacológica y que, a veces, existen herramientas que funcionan y que ellos no tienen a su alcance. Y me lo dicen con total transparencia”, explica Gonzalo.
Para Spinelli, el sistema de salud resulta especialmente eficaz en el tratamiento de enfermedades agudas —aquellas que se desarrollan durante un período breve, como una infección, un traumatismo o un accidente—, pero presenta mayores dificultades a la hora de abordar patologías crónicas. “El médico tiene que atender de 30 a 50 personas en el día con consultas de 15 minutos. Es imposible que te dé la información que necesitás para ganarle a una enfermedad que se creó durante años”, afirma.
Convencidos de que las enfermedades crónicas no pueden seguir recibiendo el mismo tratamiento que un dolor pasajero, Gonzalo y su grupo de amigos comenzaron a diseñar un complemento al que definen como “el Uber o el Airbnb de la salud”. Se trata de una plataforma orientada a conectar a pacientes cargados de preguntas que el sistema tradicional desatiende, con los profesionales capaces de darles una respuesta. “No busca reemplazar la medicina tradicional ni prometer curas, sino complementar el sistema con profesionales formados en medicina funcional, integrativa, de estilo de vida, psicología, nutrición, entre otras ramas”, explica.
El proyecto ya tiene nombre y se llama “Bio Reset”. Su meta final es consolidarse como una clínica online de salud integrativa, sostenida sobre un concepto que bautizaron como “el triángulo de la salud”. Creamos un concepto que llamamos el triángulo de la salud. El primero son los profesionales de la salud, que es algo con lo que el sistema ya cuenta hoy”, explica Gonzalo.
A su entender, las verdaderas falencias habitan en los otros dos vértices del modelo. “El segundo es la educación: invertir en prevención, en que las personas entiendan su cuerpo y qué es lo que determina su salud para que puedan asumir responsabilidad sobre ella. Cómo alimentarse, cómo hacer ejercicio, cómo dormir o cómo gestionar las emociones”, detalla.
El tercer pilar es la comunidad, el tejido humano que sostiene el proceso. “Estar rodeado de personas que también están buscando ese cambio de hábitos, sentir esa pertenencia y apoyarse mutuamente”, señala. “Imaginate que yo tengo diabetes tipo 1 y puedo rodearme de gente que está en la misma situación. De repente hacemos un reto de siete días sin azúcar o sin ultraprocesados y compartimos la experiencia entre todos. Eso hace que el cambio en el estilo de vida sea mucho más fácil, porque hacerlo solo es muy difícil”.
Actualmente, Gonzalo cursa el quinto año de Medicina y tiene planificado recibir el título el próximo año. Aunque ya se encuentra seleccionando a los profesionales que pondrán en marcha la plataforma, sus ambiciones van mucho más allá de las fronteras locales.
“Con estos amigos que estamos en el mismo barco tenemos el sueño de dar la vuelta al mundo para conocer distintos sistemas de salud: desde Estados Unidos hasta India, China o cualquier país que nos permita mejorar esto que estamos creando”, explica. “A veces investigo y veo cosas muy llamativas, como hospitales en China donde no existen los medicamentos y se trabaja únicamente con plantas medicinales. Una cosa es leerlo en internet y otra muy distinta es verlo con tus propios ojos”, agrega.
Su plan es documentar cada paso de esa travesía y volcar el aprendizaje en las redes sociales, especialmente su canal de YouTube y su cuenta de Instagram, donde supera la barrera de los 416.000 seguidores, una audiencia que refleja el interés que despiertan sus inquietudes y su experiencia.
“Quiero comunicar un mensaje que llegue a la mayor cantidad de personas posible, porque siento que este es un propósito enorme y que, cuanto más lejos llegue, más cambios podemos generar en el mundo”, concluye.