En un mundo atravesado por la velocidad, las pantallas y la comunicación constante, detenerse a escribir a mano puede parecer un gesto menor. Sin embargo, para Sofía Solari, ese acto es el punto de partida de un proceso mucho más profundo: el de observarse, entenderse y, eventualmente, transformarse.
Fundadora de la Academia Palabroteca, Solari desarrolló un método que combina escritura personal, observación consciente y relectura como herramientas para trabajar la identidad. Su propuesta se apoya en una idea central: las palabras no solo describen la realidad, sino que también la construyen.
El proyecto nació de forma casi intuitiva. “Empezó siendo una palabra”, cuenta sobre el origen de Palabroteca, que define como una “biblioteca de palabras”. Con el tiempo, ese concepto se convirtió en un método y luego en una academia, con cursos y programas que hoy convocan a una comunidad creciente.
En esta entrevista, Solari explica cómo funciona ese proceso, por qué escribir a mano sigue siendo clave en la era digital y qué pasa cuando una persona empieza a mirar sus propias palabras con atención.
De la palabra al método
El vínculo de Solari con la escritura no es casual. Proviene de una familia donde la palabra tenía un lugar central: su padre y su abuelo eran escritores. “Amo las palabras; me encienden”, resume.
Durante años, su práctica fue íntima: diarios personales, escritura cotidiana, exploración individual. Ese hábito, que describe como “súper terapéutico”, fue el germen de lo que luego se transformaría en Palabroteca.
“Empecé escribiendo diarios personales y después volviendo a lo que escribía, observándolo de otra manera”, explica. Ese segundo momento —la relectura consciente— es uno de los pilares de su método.
A partir de ahí, desarrolló herramientas propias, como el “energitómetro”, un sistema para medir la carga emocional de las palabras, y distintos ejercicios que combinan journaling, mapas mentales y observación.
“Lo que escribís es una foto de lo que estás pensando”
—El concepto de Palabroteca es muy particular. ¿Cómo nace y qué significa exactamente?
—La Palabroteca empezó siendo una palabra. Me encanta hacer listas y me encontraba escribiendo listas de palabras. En un momento asocié ese grupo de palabras con la biblioteca y dije: “Esto es lo mismo: es una biblioteca, pero de palabras”. Con el tiempo se fue transformando en mi método y hoy en día en mi academia. Pero empezó siendo eso: una biblioteca de palabras que, en grupo,
van creando tu realidad y conformando tus universos.
—¿Y cómo pasaste de esa idea inicial a lo que hoy es una academia con método propio?
—Fue un proceso. Yo ya venía trabajando mucho con la escritura íntima, con diarios personales. Para mí fue súper terapéutico. Empecé a escribir todos los días y después a volver a lo que escribía, a observarlo de forma más consciente. Ahí entendí que eso no era solo escribir para soltar, sino que había algo más profundo: podías ver qué palabras estabas usando, cómo te
estabas hablando y cómo eso estaba impactando en tu vida.
—Ahí aparece el journaling como práctica. ¿Qué lo hace diferente de simplemente escribir?
—El journaling es el hábito de escribir a mano todos los días en un diario personal. Pero no es solo escribir, sino escribir, releer y observar. Cuando vos volvés a lo que escribiste con preguntas abiertas —qué, cómo, cuándo, por qué—, empezás a encontrar patrones, a entender qué te pasa. Ahí es donde empieza el proceso de transformación.
—También hablás de identificar palabras y trabajar con ellas. ¿Cómo funciona eso?
—Cuando vos escribís, lo que tenés en el papel es una foto de lo que estás pensando. Es un recorte. Y sobre ese recorte podés trabajar. Podés identificar palabras, aislarlas, hacer asociaciones. Ahí creé lo que llamo el energitómetro, que es una forma de medir la energía de esas palabras, ver cuáles te expanden y cuáles no. Y a partir de eso, podés reescribir.
—¿Reescribir en qué sentido? ¿Cambiar lo que escribiste o cambiar la forma en que interpretás eso?
—Reescribir es cambiar la narrativa que te estás contando. Porque en definitiva lo que escribís es tu vida, tu experiencia. Entonces podés preguntarte: ¿quiero seguir contando esta historia o quiero otra? Y ahí empezás a modificar cómo te hablás, cómo interpretás lo que te pasa. Eso genera cambios reales.
—Hay algo interesante en tu propuesta y es volver a escribir a mano en un momento donde todo pasa por pantallas. ¿Por qué es importante eso?
—Porque es otra experiencia. No es lo mismo escribir en la computadora que escribir a mano. El ritmo es distinto, el cerebro funciona de otra manera. Es casi meditativo. Y además está tu letra. No es una tipografía uniforme: sos vos ahí. Hay algo muy concreto de tu identidad en ese papel.