En el prólogo de Cien agujeros de gusano, el escritor Gustavo Espinosa se pregunta por qué Gustavo Alzugaray se demoró tanto en escribir una novela, aunque lo achaca a que simplemente se trata de uno de los tantos entretenimientos a los que Alzugaray (colaborador cultural en varios medios, editor, traductor) se dedicó "con enorme talento y cierta alegría desaprensiva".
Pero la novela ciertamente llegó, para alegría del autor y los lectores, y esa alegría desaprensiva se nota en el fluir de su voz narrativa. Como lo señala Gustavo Verdesio, el ritmo de la narración de Cien agujeros de gusano (Fin de Siglo, 2019) "es vertiginoso", y "el lenguaje robusto, y el sentido del humor preside algunos de los pasajes más logrados de la novela".
"El universo literario que resulta de esa mezcla recuerda a algunos de los mejores momentos de Bioy, pero también al costado más travieso y dicharachero de Leopoldo Marechal", diagnostica.
La alusión no es casual. Marechal es el autor del epígrafe que da inicio a la novela (iniciando una serie de citas que alternar entre la cultura pop y la alta literatura). "La literatura en castellano ya hace tiempo que ha dejado de regalarnos buenas historias narradas con prosa potente y original. Gustavo Alzugaray, en un gesto acaso anacrónico, se empecina en hacerlo. Para ello, recurre a sus propias experiencias juveniles de cenáculo, que incluyen a algunas figuras de la literatura uruguaya reciente", prosigue Verdesio para explicar las aventuras que son el sustento de la novela.
Estas "módicas aventuras" de los personajes transcurren en el Palacio Municipal y en el marco de la bohemia de los bares de madrugada, pero también se relacionan con el fútbol uruguayo de la época de oro.
"Con prosa zumbona y atlética, Alzugaray nos trasmite su nostalgia por un mundo ya desaparecido y su visión un tanto desencantada del presente, dando así forma a uno de los acontecimientos literarios más singulares de los últimos años", concluye Verdesio.