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Inspiradoras

Descolgando el cielo

Menos 24 ºC y 59% de oxígeno: diario del primer uruguayo en conquistar Ojos del Salado

El 15 de enero, Diego González se transformó en el primer compatriota en pisar la cima del volcán más alto del mundo. Ahora va por más.

23.01.2026 09:05

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2026-01-23T09:05:00-03:00
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Por Clemente Calvo
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“Los mayores accidentes en la montaña a grandes alturas ocurren en las bajadas, cuando el montañista ya ha llegado a la cima”, explica Diego González. El atlantidense tiene 41 años y desde hace ocho se dedica al montañismo. Apenas iniciada la charla, ya derriba uno de los mitos más grandes de la escalada: que las tragedias ocurren subiendo la montaña.

“Nosotros tenemos una fuente de energía, como una batería del celular, que es el cuerpo y la mente. Tenemos que irla administrando, pensando en que hay que guardar energía para el regreso. Mucha gente está ahí y, de repente, le faltan 100 metros para llegar a la cima, pero como ya está tan cerca, piensa: ‘Con lo que gasté de dinero y de tiempo, y después de un año proyectándolo, tengo que llegar’. Llega a la cumbre con lo último que le queda y luego no le da la fuerza para bajar”, describe González.

Es lunes 19 de enero y, a pesar de no estar conversando cara a cara, su energía y entusiasmo se perciben a través de la llamada telefónica. Apenas cuatro días antes, el jueves 15 de enero, González estaba alcanzando la cima del Ojo del Salado, el volcán más alto del mundo con 6.893 metros de altura, convirtiéndose en el primer uruguayo en lograrlo. “Por obvias razones, en Uruguay no somos muchos los montañistas, así que, como uruguayo, poder llevar la bandera ahí arriba es muy gratificante, porque el Ojo del Salado está salado”, dice con humor, aunque siempre hablando con seriedad.

Apenas un mes antes, el 17 de diciembre, un montañista rumano murió en ese mismo lugar mientras descendía del volcán tras haber alcanzado el pico. El europeo se desplomó tres metros desde las alturas. “Todos los años este volcán se lleva a alguien, y no solo este: también el Aconcagua, el Everest… Por eso hay que saber escuchar el cuerpo, porque eso puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte”. Por obvias razones, la historia de Diego en las montañas inició en el extranjero, y habría mucha nieve por recorrer antes de conquistar el Ojo del Salado.

Sueño foráneo

Corría el año 2016 cuando Diego se ganaba la vida como fotógrafo y filmando eventos. Desde siempre, creció admirando la historia de la Tragedia de los Andes: aquellos 16 sobrevivientes que, contra todo pronóstico, lograron sobreponerse a una caída desde los cielos, a una arrolladora avalancha de nieve y a 72 días en la montaña sin ningún tipo de herramienta profesional para combatir fríos de -30 ºC.

No obstante, había un aspecto concreto de esa hazaña que siempre lo fascinó: “Siempre tenía en la cabeza la caminata de Fernando Parrado y Roberto Canessa”, admite con orgullo. En diciembre de 1972, ambos supervivientes pasaron 10 días subiendo y bajando montañas de 4.600 metros de altura en busca de algún indicio de humanidad, con el cuerpo debilitado, un saco de dormir improvisado con la tela de las paredes del avión para soportar las bajas temperaturas y usando únicamente sus arneses de seguridad como equipo improvisado.

Recién en 2016, cuando viajó por primera vez a Chile, pudo probar un sorbo de esa experiencia. “Cuando llegué, lo primero que dije fue 'quiero visitar la cordillera'. Hice un trekking corto y me encantó. Dije: ‘Pah, qué bueno que está esto’”, recuerda González.

A diferencia del montañismo, el trekking consiste en recorrer largas distancias caminando sin necesidad de realizar escaladas técnicas. Como un turista común y corriente, Diego caminaba por las alturas con su cámara Nikon, fotografiando todo lo que le llamaba la atención. Las primeras sensaciones al descubrir las montañas lo cautivaron: la libertad de estar en medio de la nada, rodeado de paisajes majestuosos e imposibles de observar en Uruguay. Fue amor a primera vista. “Entonces, volví a ir, volví a ir y siempre que iba a Santiago, lo que hacía era irme a las montañas, que están a una hora del centro de la ciudad”, revive Diego.

Al trekking prosiguió un curso de montañismo, también en Chile. Con él, surgió un negocio: Diego montó una agencia de expediciones para llevar chilenos a las montañas. En 2019, también empezó a hacerlo con uruguayos. Aunque la pandemia trancó el crecimiento de la empresa, durante la crisis sanitaria González se enfocó en replicar las expediciones en los cerros uruguayos. Cuando el coronavirus cedió y el país reabrió sus puertas, su cartera de clientes se había multiplicado.

Hasta el sol de hoy, su empresa de excursiones sigue siendo su fuente de ingresos y, a la vez, su vínculo constante con las montañas. “La ventaja que tengo con respecto a otros montañistas uruguayos es que, gracias a mi trabajo, voy todos los meses a la altura. Entonces, siempre me estoy aclimatando y, siempre que tengo un tiempito libre, trato de meterle 5.000 metros”. Mantenerse acostumbrado a las condiciones de la montaña es fundamental, y González lo tiene muy claro.

El arte de sufrir

Yo sé que la voy a pasar mal, pero la montaña me encanta. Y cuando pongo todo en la balanza, el disfrute es lo que más pesa”, comenta Diego. Para los uruguayos, hablar de montañas es como leer un libro escrito en un idioma que nunca aprendimos. El primer pensamiento que suele venir a la mente es el mal de altura, un tema que muchos conocen por escuchar sobre él cuando Uruguay viaja a jugar contra Bolivia por las Eliminatorias. De hecho, en noviembre de 2025 se hizo viral la imagen de José María Giménez buscando desesperadamente una máscara de oxígeno en el último partido jugado en la ciudad de El Alto, a 4.100 metros de altura.

En ese contexto, la preparación física para subir una montaña es muy rigurosa, sobre todo considerando que las alturas que se alcanzan son 2.000 metros mayores. A la falta de oxígeno se le suma la irregularidad del terreno. Por eso, el entrenamiento para estas excursiones tiene que ser diario. “Tengo una cinta en mi casa que tiene hasta inclinación, y siempre que entreno camino bastante con mochila y peso. Porque no se trata solo de trabajar las piernas: hay que fortalecer todos los músculos de los hombros para soportar el peso de las mochilas”, explica González.

A diferencia de lo que muchos podrían pensar, el mal de altura no afectó a Diego en el volcán más alto del mundo. “En el Ojo del Salado tuve toda la suerte del mundo: nunca me sentí mal. Venía muy bien y estaba muy enfocado, y además tuve ese toque de suerte”, confiesa. Las semanas previas a la expedición, Diego había subido montañas de hasta 5.000 metros para aclimatarse al entorno. Sin embargo, la altura solo es uno de los tantos desafíos que presenta la montaña.

La travesía de Diego comenzó un lunes en la ciudad de Copiapó, un pueblo situado en medio del desierto de Atacama. El acceso a la montaña eruptiva estaba a 30 kilómetros de la ruta, por lo que solo era posible llegar en una camioneta 4x4. Allí, el paisaje se extiende como una alfombra infinita de arena y rocas color marrón. La vegetación no existe, y el aire es extremadamente árido. “El más seco del mundo, dicen”, comenta Diego. Una vez en el volcán, empezó el ascenso.

El margen de tiempo de González era limitado: tenía solo cuatro días para alcanzar la cima antes de volver a sus obligaciones. Por eso, la mayor parte de la escalada se realizaría en camioneta. Lejos de ser una ventaja sobre subir a pie, la superficie empinada de arena y piedra, llena de pozos de hasta 50 centímetros, representó un gran obstáculo. Más de una vez quedó patinando y enterrado.

Su primera parada fue en el Refugio Murray, a 4.500 metros de altura, donde Diego pasó la primera noche. A tantos metros sobre el nivel del mar, se hizo presente el segundo desafío: el frío. Durante su estadía en el volcán, las temperaturas promediaron los -20 ºC. Para combatir ese ambiente gélido, los montañistas se protegen con ropa imposible de conseguir en Uruguay: cinco capas de camperas, la más gruesa una North Face 800 de plumas; tres capas de pantalones, uno arriba del otro; medias de lana merino; botas especiales para montaña; y los lentes más cerrados posibles. 

Tras dos días de ascenso en camioneta, Diego llegó hasta el Refugio Tejos, a 5.837 metros de altura, el miércoles por la tarde. A las 20:00 horas ya estaba listo para dormir junto al resto de los montañistas en el albergue, entre ellos tres chilenos que lo acompañarían en el tramo final. Al día siguiente atacarían la cumbre del volcán, y necesitaba descansar lo mejor posible.

Viento, frío y más frío

El día cumbre inició a las 02:00 horas, cuando la oscuridad aún reinaba sobre la cordillera. Luego de desayunar y colocarse, capa por capa, toda la ropa, el grupo de tres locales y Diego se disponía a salir cuando, de repente, alguien comenzó a sentirse mal, como si la montaña misma le reclamara su paso.

Una pareja de República Checa que también había pasado la noche en el albergue, sacó un oxímetro y lo colocó en el dedo de uno de los locales para medir su saturación. “Estaba oxigenando 59. Es bajísimo para esa altitud, lo ideal es estar por encima de 80”, explica González.

—Usted no puede subir, está muy mal, lo mejor es que baje —le dijo la mujer.

A regañadientes, el chileno aceptó descender. Habiendo perdido un “soldado”, a las 03:00 horas empezó la travesía hacia el pico del volcán más alto de la Tierra. Esta vez, Diego dejó su antena en el refugio: precisaba el menor peso posible para escalar los últimos metros de la cumbre.

El terreno en la cima de la montaña era imposible. El suelo estaba cubierto por un polvillo blanco, denso y pesado, como esa arena gruesa que hace la vida de los turistas imposible en la playa, pero en esta ocasión, en un terreno empinado y lleno de rocas. Como si eso no bastara, las medias de Diego fallaron, y los dedos de sus pies empezaron a congelarse hasta quedar rígidos, duros como cubos de hielo. La temperatura de más de -20 °C era aún más insoportable debido a los vientos de 55 km/h que penetraban cada fibra de su cuerpo, helándolo desde adentro.

Tras 12 horas de caminata, el grupo llegó al cráter del volcán, ubicado 100 metros debajo de la cima.

—¿Descansamos? —se preguntaron entre respiraciones entrecortadas, agotados por la expedición.

La meta estaba cerca, demasiado, pero quedaba un último obstáculo. “Nunca en mi vida lo había hecho, y era lo que más me preocupaba”, recuerda González. “Había estado con un guía de montaña en Chile durante la aclimatación semanas antes y me decía: ‘Ah, es facilísimo, son 6, 7 metros’… Cuando llegué y vi eso, me quería morir", dice riéndose.

Frente a él, se alzaba una pared pronunciada de 20 metros que lo separaba del punto más alto del volcán. Diego comió unas barras de cereal y respiró hondo. “Dije, ‘Pah, ¿qué estoy haciendo acá?’ Fue muy difícil, pero creí estar preparado y estar bien de cuerpo y cabeza, y me la jugué”, narra con orgullo.

El grupo sacó unas cuerdas y empezó a escalar roca por roca. Diego fue el primero. Uno de los chilenos no se animó a enfrentar el desafío. Minutos después, finalmente, pisaron la cumbre. “Sabía que no podía equivocarme: cada paso con las dos piernas tenía que ser seguro, las manos bien agarradas en las cuerdas. Me tomé mi tiempo, y poco a poco lo logré”. Así, cerca de las 16:30 horas, Diego pasó a la historia como el primer uruguayo en pisar la cima del volcán más alto del mundo.

“Uno de los chilenos tenía un teléfono satelital y me dijo, ‘¿Quieres llamar a tu familia?’. Digo, ‘Bueno, bárbaro’. Llamé a mi esposa y le dije: ‘Hice cumbre, amor’, muy emocionado”, relata Diego con euforia.

Los minutos en la cima fueron breves. Diego contempló el paisaje: un lugar donde se mezclan las montañas con el desierto, mientras pensaba en todas las etapas que había recorrido desde aquel primer viaje a la montaña. Regresaron al refugio a las 19:20 horas y, de allí, descendieron hasta el nivel del mar rumbo a Copiapó. El sábado, tomó el avión de vuelta para Uruguay.

Enseñanza en las alturas

Uno de los aspectos que más apasiona a Diego del montañismo es que los desafíos parecen infinitos. “Si habrá montañas todavía que me faltan por conquistar”, dice entusiasmado. Entre sus próximos objetivos están dos cumbres icónicas: el Kilimanjaro, la montaña más elevada de África, y el Mont Blanc, la mayor de los Alpes. No obstante, el costo de los viajes es muy caro. “Lo que pasa es que necesito conseguir patrocinio, porque son montañas que están muy lejos”, confiesa.

Sus días en las alturas también forjaron su personalidad y dejaron enseñanzas para su día a día. “Aprendí a tener un poco más de paciencia, algo que hace años me faltaba. A tener calma, porque ahí el tiempo no pasa. Los ratos libres, cuando estás en el campo base, los pasás sentado, sin televisor, sin radio, sin nada. El tiempo pasa muy lento”, señala González.

Para él, cualquiera que se lo proponga puede convertirse en montañista, siempre que respete la montaña y cuide su cuerpo con rigor. “El día de cumbre, que es el más difícil de todos, exige máxima concentración y aprender a escuchar el cuerpo. Los dolores, las palpitaciones… Decir: ‘Bueno, voy a frenar un poco porque estoy con el corazón al máximo’. Aprender a escucharse uno mismo: eso es, a mi juicio, lo que deja este tipo de expediciones”.

Por Clemente Calvo
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