“Si bien la viola a lo largo de los años no tuvo tanto mérito ni tanto repertorio —y el violín como que destacó más—, la viola se creó primero. Es la madre del violín, en algún punto”, comenta Juan en diálogo con Montevideo Portal, defendiendo su instrumento a capa y espada.

Juan Laborde tiene 17 años y es oriundo de Sarandí Grande, una localidad del departamento de Florida ubicada a casi 150 kilómetros de Montevideo. Es lunes 30 de marzo, y faltan menos de 24 horas para que se suba al avión que, tras una escala en Madrid, lo llevará hasta Roma. Más precisamente, a un antiguo edificio de cuatro pisos situado a menos de 15 minutos en auto de la Ciudad del Vaticano

En agosto de 2025, el joven violista se ganó una beca para estudiar durante tres meses en la escuela internacional de música Avos Project, dirigida por Mario Montore, pianista y músico de cámara italiano, ganador de más de 40 concursos como solista. En la convocatoria participaron 136 músicos de Paraguay, Chile, Argentina y Uruguay, y Juan no solo fue seleccionado, sino que alcanzó el primer lugar, ya que aprobó su audición con una calificación perfecta: 100 sobre 100.

“Estoy contento. Es una oportunidad prácticamente única y tengo muchas emociones arriba: estoy feliz, estoy emocionado, estoy melancólico, todo junto”, cuenta, todavía asimilando lo que le toca vivir.

A pesar de su corta edad y de lo extraordinario de esta oportunidad, Juan tiene muy presente el camino recorrido para conseguir la beca. Un trayecto que incluyó ser rechazado por la Orquesta Juvenil del Sodre en 2020, viajar tres veces por semana entre Florida y Montevideo para ensayar durante cuatro horas y hasta “manguear” $ 50 para el ómnibus a solo diez minutos de perderse la prueba final. 

Un encuentro inesperado

Juan tenía nueve años cuando se produjo su primer acercamiento a la música y, curiosamente, se daría casi que de rebote. “Originalmente, no estoy nada relacionado a la música. Mis padres no son músicos”, detalla. Siempre fue un chico inquieto y curioso. Para aquel entonces, ya combinaba la escuela con actividades extracurriculares como karate, básquetbol y fútbol. 

El punto de inflexión llegó cuando a su hermana mayor se le despertó el deseo de tocar la batería. En la búsqueda de un lugar donde pudiera hacerlo, su madre descubrió el Núcleo Sinfónico de Sarandí Grande, parte del Sistema de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles del Uruguay, que cuenta con centros de formación en todos los departamentos del país. “Busca fomentar la música totalmente gratuita y el acercamiento de los niños y adolescentes a un instrumento musical”, explica Juan.

La propuesta convenció rápidamente a sus padres, lo que llevó a que no fuese solo la hermana quien ingresara al núcleo: Juan también se sumó, y allí tendría su primer contacto con un instrumento musical. “Te lo digo sinceramente: nunca creí que me iba a dedicar a esto”, dice en referencia a la música. “En realidad, mis padres solían darme para probar varias disciplinas y yo me metía a experimentar esos mundos”, confiesa.

A los pocos días de empezar, aparecería el instrumento que lo acompaña hasta el día de hoy. “Conocía más el violín, la viola no la conocía. El profesor me la enseñó en los primeros días y me pareció más interesante”, cuenta. Con el correr del tiempo, el pequeño Juan comenzó a adentrarse en ese universo sonoro que al principio le resultaba ajeno. Sin embargo, el vínculo con la música no fue inmediato: se iría construyendo de manera gradual.

Tras un año de aprendizaje, en 2018 tuvo su primera instancia nacional infantil del sistema de orquestas, organizada en la colonia de vacaciones de Raigón, en San José. 

“Estuve estudiando ahí unos días. Hicimos conciertos, un repertorio bastante variado y bastante complejo”, recuerda. Aquella experiencia marcó uno de sus primeros acercamientos formales a la práctica orquestal. Precisamente, serían esas instancias que empezarían a encender algo que hasta ese entonces apenas asomaba: el entusiasmo por compartir la música con otros jóvenes.

Levantarse y volverlo a intentar

“El color que tiene la viola me gusta mucho”, señala Juan refiriéndose al timbre del instrumento. “Me enganchó bastante el color. Es muy lindo y creo que para la tesitura en la que suelo cantar, mi voz se adapta mejor a ese instrumento. No digo que el violín sea malo porque también me encanta y en algún momento de mi vida voy a tocar violín. Pero lo que tiene diferente la viola es que es más grave. El violín tiene mi, la, re ,sol, y la viola tiene la, re, sol, do. Las cuerdas son más gruesas”, detalla.

Poco después de aquella experiencia en Raigón, Juan fue invitado a pasar del núcleo de Sarandí Grande al de Florida. La propuesta representaba un paso importante en su formación, aunque también implicaba nuevas exigencias logísticas que, con el tiempo, derivarían en una decisión clave en su carrera.

Los más de 40 kilómetros que separan Sarandí Grande de la capital del departamento, sumado a las actividades de sus otros tres hermanos, convertían la rutina familiar en un verdadero desafío de organización.

Llegados los 12 años, la situación llegó a un punto de definición. Sus padres lo sentaron y le plantearon con claridad que tenía que elegir entre la música y el fútbol: “Mi madre me dijo que había dos opciones: o seguía en una cosa o seguía en la otra”. Ella percibía un mayor potencial en su desarrollo musical, y no dudó en expresarlo. “Eligió bien mi madre”, dice entre risas. “Me dolió bastante decidir, pero siempre los padres tratan de cuidar a los hijos, y además siendo chiquito tampoco era un golpe tan grande”, reflexiona.

A los pocos meses, su ingreso al liceo significó su alejamiento paulatino del núcleo. En ese contexto, el siguiente desafío era intentar ingresar a la Orquesta Juvenil del Sodre. “En mis primeros años tocando instrumentos con mis compañeros que tenían hermanos que tocaban allá en el Sodre, a veces iba a ver sus conciertos y decía: ‘Pah, qué locura’”, señala Juan.

Así fue como en febrero de 2020 se preparó para rendir su primera audición ante el exigente jurado, pero no logró superarla. Si bien el traspié significó un golpe para Juan, también confiesa con la inconsciencia propia de su corta edad le permitió asimilarlo rápido y seguir adelante. “Siendo chiquito, no tenía ni idea de cuál era mi futuro. Seguí estando en el núcleo y al año siguiente le mandé otra audición con mi profesor José Ramones. Me preparé y tuve un concierto más potente”, narra.

La revancha no tardó en llegar, y en 2021 logró ingresar al Sodre como violista en la categoría practicante, la puerta de entrada a la orquesta. Y no lo hizo solo: su hermana del medio, cuatro años mayor, también alcanzó ese objetivo.

El ingreso marcó un antes y un después. Comenzó a viajar tres veces por semana a Montevideo y, con ello, a integrarse plenamente al trabajo orquestal: ensayos colectivos, conciertos y presentaciones en público, algo que lo enamoró completamente. “Dije: ‘Pah, esto es otra cosa’, y me gustó mucho”, subraya. “Me hizo abrir bastante la mente. Te cambia no solo como músico, sino como persona. Está buenísimo intercambiar con gente, tocar sinfonías que son unas locuras. Le fui agarrando el gusto”, agrega.

Desde entonces, su rutina se estructura en torno a la música: ensaya dos horas y media los miércoles y cuatro horas tanto los viernes como los sábados. Ese compromiso sostenido dio sus frutos, y su ascenso dentro de la institución fue meteórico. En 2022, ascendió a la categoría B y, en 2024, dio el salto a la categoría principal, donde hoy ocupa el rol de líder en la fila de violas de la orquesta juvenil.

Además, de vez en cuando Juan colabora con el núcleo y dicta clases cuando el director tiene algún imprevisto que le impide asistir. “Yo arranqué ahí. Prácticamente es como mi primera casa, mi primer acercamiento a la música y a un instrumento. Siempre me pareció una muy buena idea”, afirma.

Juan reconoce que detrás de él existe un talento especial. “Yo creo que tengo bastante facilidad para agarrar un repertorio así de la nada y sacarlo”, confiesa luego de varios segundos pensando. Sin embargo, también tiene claro que ese talento, por sí solo, no alcanza: es necesario sumar disciplina y trabajo

“La juvenil está llena de oportunidades y uno las tiene que pescar”, afirma Juan. Y como si su presente en el Sodre no fuera increíble, la propuesta que le acercaron los maestros Ariel Britos y Claudia Rieiro en agosto de 2025 terminaría por marcar un giro decisivo en su vida. 

Cincuenta pesos pa’l ómnibus

Era la primera vez que el maestro italiano Mario Montore incluía Uruguay dentro de sus giras por América Latina en busca de nuevos talentos. Antes de llegar al país, tenía previsto pasar por Paraguay, Chile y varias provincias de Argentina. En ese contexto, y pese a la oportunidad, Juan no estaba seguro de presentarse inicialmente.

“Lo vi y dije: no sé si me anoto. Porque había mucha gente salada que toca un montón y era tremenda oportunidad. Y, en las bases de la audición, decía que el ganador iba a tener que pagarse el viaje y la estadía; la beca solamente era para la matrícula de estudio”, explica. Luego de meditarlo durante varios días, y ya sobre la fecha límite de inscripción, finalmente decidió intentarlo.

De Uruguay se postularon 19 personas. El proceso de selección estaba organizado en dos etapas: una instancia virtual prevista para el domingo 24 de agosto, y una segunda fase presencial el lunes 25 de agosto en el auditorio Adela Reta, destinada a quienes avanzaran como finalistas. Sin embargo, por un inconveniente logístico de la academia, las audiciones se realizaron de forma presencial desde el inicio.

Ese domingo, Juan se encontraba en Montevideo, por lo que llegar al auditorio no representó mayores complicaciones. Aun así, los nervios eran inevitables. “Audicioné al lado de otros compañeros míos con un repertorio que se llama Walton, un concierto de viola bastante exigente”, recuerda. Salió de la sala sin una buena perspectiva. Quizás por la tensión, quizás por falta de confianza. “Dije: ta, dame el no y me voy a casa”.

Convencido de que no había quedado entre los candidatos finales, se subió a un ómnibus rumbo a Florida. Pero, en pleno viaje, recibió una llamada inesperada: “Me dicen que yo tenía que ir al siguiente día en la mañana”. Sorprendido, no dudó en aceptar: “‘Ta, ta, ta, sí, sí, sí’, les dije”, recuerda. Esa misma tarde, le enviaron un repertorio nuevo que el maestro quería que Juan interpretara en la instancia final.

Al día siguiente, con la viola en mano, Juan salió rumbo a la ruta 5 para tomar el Turismar de las 7:30. Pero nada ocurrió como esta previsto, porque el ómnibus nunca pasó. “Claro, yo no había pensado en que era feriado hasta que llegó la hora para subir al ómnibus y no pasó”, cuenta, todavía incrédulo por lo que vendría después. La audición estaba pactada para las 11, y el tiempo empezaba a jugarle en contra.

El primer Turismar que apareció iba hacia Punta del Este, por lo que, una vez llegado a la capital departamental, tomaría la ruta 12 hacia el este. Aun así, decidió subirse y bajarse en Florida, con la esperanza de enganchar otra conexión hacia plaza Cuba. En medio de esa corrida improvisada, cayó en la cuenta de que tenía un ensayo con la Orquesta Sinfónica de Florida por el aniversario del grupo. “Me cagó a pedos Claudia porque no iba al ensayo y no le avisé que faltaba porque había quedado finalista”, indica Juan.

La suerte le dio un respiro cuando logró tomar un Nossar hacia la capital. “Era el de las 9”, dice. Llevaba apenas unos $ 400 en una tarjeta de débito, pero se encontró con otro obstáculo. “Le pedí [a la guarda] para comprar un pasaje y me dice: ‘No aceptamos tarjeta, aceptamos efectivo’”. Tras explicarle su situación, consiguió resolverlo transfiriendo el dinero. “Encima que no tenía internet, le tuve que pedir internet también”, agrega avergonzado.

Finalmente, llegó a plaza Cuba a las 10:50. Durante el trayecto, intentó ponerse al día con la obra que debía interpretar, escuchándola “unas 20 veces”. Sin embargo, la carrera todavía no terminaba: el reloj seguía avanzando, y aún debía tomarse otro ómnibus para llegar al auditorio.

Unos pocos segundos después, la suerte pareció volver a mirar a Juan: un ómnibus que se dirigía hacia el Centro se acercaba a la parada desierta. Hizo la seña, subió y saludó al chofer: “Buen día, ¿todo bien?”. Apoyó la tarjeta STM en el validador y, cuando estiró la mano para retirar el boleto, un pitido lo frenó en seco. “No tiene saldo suficiente”. Sintió cómo una gota de sudor frío le recorría la espalda. En sus bolsillos no tenía el efectivo para cubrir los $ 61. 

“¡Pero la puta madre!” Bajó del ómnibus al borde del llanto. Al ser feriado, las redes de cobranza estaban cerradas y no podía retirar dinero. Sin alternativas, tuvo que hacer algo que nunca había hecho: frenar al primer transeúnte, explicarle la situación y pedirle $ 50 para poder viajar. “Fue una vergüenza extrema, pero tuve que hacerlo porque se me iba el tiempo”, recuerda.

Recién a las 11 logró subirse a otro ómnibus rumbo al auditorio. “Listo, ya pasó mi audición”, pensó, resignado, mientras el vehículo avanzaba por Montevideo. Pero, al llegar al Sodre, la vida le tenía guardado un último giro. Entró corriendo sobre las 11:30 y se encontró con que las audiciones venían atrasadas: su turno aún no había llegado. Con los nervios a flor de piel, le pidió a su compañero Ignacio Locu, que iba después de él, si podía cederle el lugar para ganar unos minutos, calentar y concentrarse. Este accedió y sobre las 12, finalmente, Juan estaba frente al maestro italiano.

“Fue bastante caótico porque era una cosa mala atrás de otra. Pero, bueno, llegué. Lo importante es que llegué”, dice. Su madre no lo tomó con tanta calma cuando le contó la odisea: “Mamá me cagó a pedos porque yo no le conté nada de lo que hice”, agrega entre risas. Sin embargo, el propio éxito de la audición terminó dejando la travesía en un segundo plano. “Mis padres están más que contentos; me ayudaron a conseguir todo y es lo más importante. Siempre quise que ellos estuviesen orgullosos, así que creo que lo estoy haciendo bien”, reflexiona.

La sorpresa llegó días después, cuando recibió los resultados: no solo había ganado la beca para estudiar en Italia, sino que también había aprobado la audición con 100 sobre 100 puntos. “Primero sentí un alivio tremendo y obviamente no me lo creí. Ahora siento una presión de que piensen: ‘Pah, puntaje perfecto. Este gurí tiene que ser perfecto, y eso no pasa con nadie’”, confiesa. 

El valor del esfuerzo

La beca no cubre ni el alojamiento ni los pasajes, así que Juan y su familia tuvieron que ingeniárselas para reunir los cerca de US$ 4.000 que demanda el viaje. Organizaron rifas, vendieron ñoquis y hasta ofrecieron conciertos para juntar el dinero. “Como somos cuatro, tres que estamos viajando constantemente a Montevideo y el enano, no fue tan fácil”, explica Juan.

En paralelo, desde Italia ya le enviaron el repertorio que interpretará en Europa. “Me pasaron un repertorio que vamos a tocar con un grupo de piano y un grupito de música de cámara, que es bastante grande. Vamos a tocar la Trucha de Schubert y el quinteto para piano de Antonín Dvorák, número 2, Opus 81. Son obras bastante exigentes”, detalla.

Por si fuera poco, también le confirmaron que participará de una gira documentada con varias presentaciones en Alemania. “Eso es un montón, que me caiga una noticia así es gigante”, dice, todavía entre la incredulidad y la emoción. “Esa presión que siento es por eso, de pensar si voy a llegar a ser lo que ellos esperan. Y el nivel musical, he estado viendo videos incluso de gente con la que me voy a quedar en la residencia y son músicos que tienen un nivel más que alto”.

Aun con esas dudas, Juan tiene claro que la oportunidad representa un sueño construido a base de esfuerzo y sacrificio. Y, como él mismo sostiene, no es un camino reservado para unos pocos. “Hay que tener disciplina, constancia y hacer lo que a uno le gusta. No preocuparse mucho por otras cosas, sino estar siempre cabeza arriba”, afirma. “Al menos yo me veo un poquito así: un tipo perfil bajo, humilde, de pueblito, y, así como yo puede conseguirlo, lo puede conseguir cualquiera”.