Juan del Val estuvo en Montevideo con Vera bajo el brazo y el Premio Planeta recién cobrado. El escritor y periodista español, conocido en toda la región por su presencia en El Hormiguero, es también el autor de siete novelas en las que, dice, nunca hay príncipes azules ni mujeres que necesiten ser rescatadas. Vera, una historia de amor, su última obra, ganó el Premio Planeta 2024 y narra el viaje interior de una mujer de clase acomodada que decide marcharse de una vida confortable sin que haya sucedido nada extraordinario. Solo el hastío. Solo la intuición de que se está perdiendo algo y que queda poco tiempo para remediarlo.

Del Val no es un escritor de academia. Durante años trabajó como guionista y redactor detrás de cámaras en España. La televisión lo puso al frente del mundo recién en 2020, durante la pandemia, cuando El Hormiguero se quedó sin invitados y sin público y tuvo que reinventarse con tertulias de actualidad. Ahí, dice, simplemente habló como piensa. Y eso, en tiempos de cancelación y de disculpas públicas de cartón, le dio una popularidad que él mismo describe como algo muy nuevo y muy extraño.

Lo que no cambió con la fama es su manera de escribir. En Vera, una historia de amor, como en todas sus novelas anteriores —Candela, Delparaíso, Boca besada—, el autor dice estar entero. "En televisión soy una parte de mí —afirma–. En las novelas estoy yo entero". Esa diferencia entre el columnista de actualidad y el narrador de ficciones atraviesa buena parte de la conversación que mantuvo con Montevideo Portal durante su paso por Uruguay.

Del personaje de Vera, de la autocensura, del Premio Planeta y de por qué considera que la cultura de la cancelación está bastante más agrandada de lo que se dice, Juan del Val habló con claridad y sin demasiada diplomacia. Así es esta charla.

¿Cómo construiste a Vera?

Vera nace de la observación. Tenía inquietud por contar una historia de pareja con condición social distinta, con diferente edad y origen social. Quería hablar del viaje de una mujer en una edad determinada. Vera tiene cuarenta y cinco años, pero podría tener cuarenta, cincuenta o cincuenta y cinco. Esa edad es un momento en que las personas —especialmente las mujeres— se hacen preguntas incómodas: ¿realmente estoy donde quiero estar? El viaje de Vera tiene que ver con llegar a ser quien realmente es.

Rechazo esa falsa dicotomía. No, están leyendo. Están leyendo distinto y tienen la capacidad de ver más del autor. En España los datos del mercado editorial están cada vez mejor. La literatura juvenil es un fenómeno: filas abarrotadas de gente jovencísima. Si un veinticinco por ciento de esos lectores jóvenes se queda como lector habitual, es maravilloso. La lectura tiene algo que no tiene ninguna otra cosa. Me encantan las películas y las series, pero leer un libro es algo especial.

¿Cómo llegaste a la televisión después de treinta años detrás de cámaras?

Mi profesión en España durante treinta años fue guionista y redactor, siempre detrás de cámaras. Empiezo a salir delante a partir de 2020, después de la pandemia. Durante la pandemia, sin invitados, sin público, en El Hormiguero se inventan las tertulias. El programa empieza a ser visto por más gente que antes. Por mi manera de hablar o de estar, cobro muchísima popularidad. Es algo muy nuevo para mí. En las tertulias actúo desde la honestidad: analizo la actualidad de la manera en que la pienso y la siento, equivocándome muchas veces. Cuando llego a la televisión ya soy mayor y tengo muchos tiros pegados: digo lo que pienso, no solo las cosas convenientes.

¿Cómo vivís la cultura de la cancelación?

Existe, pero bastante menos de lo que se dice que existe. Está agrandada, es una construcción mayor. A mí me han intentado cancelar mil veces por mil cosas. No siento que nadie me haya cancelado nunca. La gente hace lo que le da la gana. Sobre el caso de Vargas Llosa: ¿aquí se lee a Vargas Llosa o no? ¿En una librería se puede comprar el libro de Vargas Llosa? Pues ya está. Hay que ser mucho más libre y el miedo no siempre está justificado.

En la comunicación actual se le da un valor extraordinario al victimismo y a sentirse ofendido. Sentirse ofendido es un ejercicio individual. Yo me siento ofendido, ya tendré yo que gestionar que me sienta ofendido. No hay que estar echándole la culpa al otro. Las disculpas públicas del tipo "lo siento a todo el mundo que se haya podido sentir ofendido" son mentira y una mediocridad absurda. Si alguien dice que Pedro Sánchez es un idiota o es buenísimo, quien se ofenda debe resolverlo por su cuenta. Ese camino, lejos de penalizarme, me ha dado cosas buenas, porque la gente está muy hasta los huevos y valora la honestidad. Alguien escribió sobre mí algo que me encantó: "Disparar a Juan del Val no significa cazarlo".

El libro

Cuando el deseo también es el peligro

Vera ha seguido siempre las reglas: ha vivido durante más de veinte años con la elegancia, la discreción y la dignidad exigidas a la esposa de un marqués. Pero ahora, a los cuarenta y cinco, recién separada y sin nadie que le dicte qué hacer, empieza a plantearse preguntas que nunca se había permitido.

En medio de esta búsqueda aparece Antonio. Es más joven, de origen modesto y ajeno a su mundo. No es solo la atracción lo que los une, sino algo más profundo: la posibilidad de salirse del guion. Ese vínculo, tan improbable como provocador, será el detonante de unos hechos que nadie anticipa.

El exmarido de Vera no acepta que ella se haya rebelado, y lo que comienza como despecho se va convirtiendo en algo mucho más siniestro. Hay cosas que el marqués no soporta perder. Y algunas pérdidas, cuando se acumulan, pueden llevarte al límite.