Fernando Cabrera llega puntualmente; le urge un vaso de agua, no para sí, sino para el gajo de una extraña planta encontrado en la calle. Me digo que le tengo que preguntar qué tal se le da la jardinería, pero, obviamente, lo olvido.


La tarde es de un calor obsceno, no corre la mínima brisa en ningún lado, un ventilador se esfuerza, inútil, y los comentarios sobre el tiempo y la lluvia que no llega se me escapan con puntualidad de taxista.

Cabrera viene de dar notas en otro lado, otros lados. De un tiempo a esta parte, se impuso al artista la obligación de conceder entrevistas cada vez que presenta algo importante. No digo que esté mal, vivo de esto, pero intuyo que la mayoría se aburre, se cansa, se disgusta. Cabrera no, dice. Le digo que no le creo, pero la sonrisa de chiquilín se le dibuja sola, desbarata mi desconfianza.

“Al principio tenía esa pavada que tenemos todos, ‘uh, las entrevistas’”, dice Cabrera. “Después pensé ‘es como un concierto, yo también me estoy comunicando con una entrevista. Vos me das la oportunidad de que yo opine algo, diga mis ideas, y que la gente lo lea es también una manera de comunicarme. Me falta la guitarra, pero es casi igual. ¿Cuánta gente lee tu página? Yo me comunico gracias a vos, con 10.000 personas… ¿No me lo voy a tomar en serio?”

La excusa de esta entrevista es el show del jueves 13 en el Teatro Solís. Allí presentará canciones de su último disco, editado en Argentina; una recopilación titulada “Noventa”, que recoge canciones escogidas por Cabrera de “Fines”, “El dirigible”, “Río” y Ciudad de la Plata”, los cuatro fonogramas que grabó en esa década. Además, habrá tiempo para un pequeño homenaje a Eduardo Darnauchans. Otra excusa. En breve, el sello Ayuí editará “Ámbitos”, un disco grabado en vivo, durante un show que ambos cantautores brindaron juntos, en 1990.


“El público, o la propia discográfica, me dice ‘che, vamos a editar’, y yo digo ‘no vamos a sacar de vuelta cuatro discos míos, más otros no sé cuántos de los 80, no quiero sacar todos los discos de nuevo, es una exageración, y me parece lindo a mí, como músico, hacer algo que los escritores muchas veces pueden hacer, un poeta, por ejemplo, que 20 años después reedita aquel libro de poemas que escribió en la juventud” apunta. “De ese libro, muchas cosas ya no te gustan, te parecen flojas; en un libro podés sacar poemas y poner otros nuevos, de repente. Eso en un disco no es así. En un disco, tal como está, no podés sacar ni poner nada, entonces hago esto, que ya lo había hecho con la década del 80, con ‘El tiempo en la cara’. Elijo lo que más me gusta, y saco un disco donde lo que no me gusta queda afuera, porque todos tenemos altibajos; hay canciones mías de los discos viejos que cuando las escucho me quiero matar. A mí me gusta hacer estas antologías, queda una cosa muy compacta, representativa de una época, con las mejores canciones”.

 

 

En los 90, el mundo se convulsionó al ritmo del Fin de la Historia. La década se inauguró con la muerte de Eduardo Mateo, cayeron algunos muros, se levantaron otros, nos cambiaron los cassettes por los CDs, desaparecieron los trolebuses, la MTV se metió en todas las casas con la promesa de la revolución grunge, que se esfumó con el balazo de Kurt Cobain. ¿Qué hay de los 90, Cabrera?

“No tengo la costumbre, o no me sale, o mi mente no tiene esa característica, de ver las cosas por décadas. Vos me decís “la década del 80, del 70, del 90, y no me doy cuenta, no separo así lo que pasó. Me tengo que poner a pensar, a hacer memoria, qué pasó en el 91, 92, lo veo todo muy presente. Como desde el concepto que viene más bien de la teología, de la eternidad, que el tiempo es todo lo mismo todo el tiempo. El pasado también forma parte del presente, y está todo entreverado, y eso es lo que uno puede hacer con la memoria, también. Es evidente, sí, que pasa el tiempo, y uno hizo cosas que ya no hace, y hoy hace cosas que antes no hizo”

“El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego”. Quiero citar este poema de Borges, pero sólo recuerdo los primeros versos, los libros, ahora, son mi bastón, pero antes, durante la entrevista, Cabrera asiente. “Es Borges, claro”.

Pero el tiempo también es la madre de las mutaciones, de la reiteración del error y del aprendizaje. “No volvería a hacer las cosas propias de los cambios biológicos, por ejemplo; no es lo mismo tener 22 años que 52. Uno cambia. Hay, si no menos, otras energías, intereses, metas, cosas que ya las hiciste así que no las tenés que hacer, son como las materias del liceo que ya diste. Pero tengo poca capacidad analítica del pasado, qué pasó, qué no, yo veo una mancha en la que pasó de todo. Mi vida fue muy nutrida, por suerte, tuve una vida llena de emociones, de anécdotas, viajes, amistades, gente, familia grande, en mi vida todo es como multiplicado”.

El tiempo, la música, la celebración de la amistad, obsesiones documentadas en las canciones de Cabrera, desde la infancia en el Paso Molino, cuando "ni se me cruzaba por la cabeza que fuese a ser músico; ya era, a los 14 años, aficionado a la música, tocaba la guitarra desde los 6. Te aseguro que nunca me imaginé ser un músico 'de verdad'. Yo creía que seguiría tocando la guitarra pero para mí. No sé qué hubiera sido; me gustaba la Historia, y si no, lo que cualquier persona, que tiene un empleo, trabaja, vive su vida normal, y llega a la casa y toca la guitarra, o en los asados, con los amigos. No soñaba con ser músico, no tenía la ambición. Se fue dando solo, de a poquito, lo que me dio una gran satisfacción, porque yo nunca fui a 'tarjetear' aquí o allá, como la gente que se encapricha con algo, tengas o no capacidad para hacerlo, que hay muchos. Yo tengo esa alegría, que se fue dando todo solo, y la música me dio mucho a cambio, me devolvió mucho. Yo siempre cuento esto, que se aplica a cualquier profesión o actividad. Imaginate que tenés en tu profesión un ídolo, que vos considerás el maestro más grande, y, con el correr de los años, te toca conocerlos, trabajar con ellos de igual a igual…¿no es lindo eso? A mí me pasó con varios de ellos; trabajé con Mateo, toqué con Rada, que eran mis ídolos de chico, trabajé con Hugo y Osvaldo Fattorusso, Daniel Viglietti me invitó el año pasado a cantar con él en sus 50 años de música, en el Solís. Conozco a Braulio López, de Los Olimareños, a Pepe Guerra, a Roberto Darvin, que lo miraba de niño en Discodromo, aquel programa de Ruben Castillo. ¿Viste cuando sos chiquilín, y los ves con admiración sobre el escenario, y 20 años después estás trabajando con ellos, codo a codo? ¿Te parece que no me dio la vida a mí?”

Defensa del cantor

Le digo a Cabrera que “Viveza” y “Bardo” son dos piezas fundamentales en la música popular contemporánea, y me agradece, y agrego que, lo que más me sorprendió, al escuchar el segundo, fue la austeridad, lo breve, la urgencia de un disco que, comparado con su predecesor, tiene un espíritu punk. “Al lado del otro parece Sex Pistols”, y no bromeo.

“Nunca me habían dicho eso, me encanta”, me sorprende, y explica que “sería una cuestión de momento. Se ve que estábamos los tres con ganas de ser más limpio, me parecer lindo eso de los Sex Pistols, por supuesto que no tiene nada que ver, pero es diferente a “Viveza”, que era mucho más cargado, barroco, con más arreglos, coros, invitados… se ve que quise dar vuelta la página y hacer algo distinto, más simple, más directo. Fue como volver a una época mía anterior, de hace 20 años, de hacer algo más eléctrico, más rockanrolero, aunque yo no soy rockanrolero, pero, a veces, tomando algún elemento del mundo del rock; ‘Bardo’ fue un poco así. Aunque también tiene varias caras, ‘Tierra’ es bastante experimental, tiene cosas de electrónica, y samplers, ruidos, más que una canción parece una obrita electroacústica. Creo que en todos mis discos y en todas mis épocas hay cartas distintas”.

 

 

Tiendo a creer que la música uruguaya de las últimas décadas tiene, cuatro, cinco intérpretes superlativos, y no veo casi un recambio. Voy con esa idea a la entrevista, y se la presento desordenadamente. Pienso que ese Olimpo es para Zitarrosa, Mateo, Jaime Roos, Darnauchans. Cabrera sí, y Malena Muyala también, pero nadie más.

"Te agradezco, pero creo que tenés que ser un poco más optimista”, me dice. “Hay algunos más, inteligentes, finos, que se preocupan por el acabado final, que se esfuerzan en las letras. No nos olvidemos de Jorge Drexler, un gran letrista al que admiro muchísimo. Lo que pasa es que hacemos mal en comparar con épocas en que había demasiados, y que no es lo normal. Lo normal, es, quizá, la llanura. A veces hay un pico, y no podemos tomar en ese pico para comparar. En los años 60 aparecen los Olimareños, Viglietti, Zitarrosa, Mateo, Rada, Dino, Darnauchans, después Lazaroff, Leo Maslíah, todos unos cracks. Eso no sucede normalmente todo el tiempo en la sociedad, y menos en un país tan chiquito como el nuestro”.

"Hablaste de una década", observo, y se ríe.

“Ahora hay mucho. Hay más cantidad, pero también hay muchos valores y muchas virtudes porque se trabaja muy bien, las bandas son muy profesionales y suenan bien. Hay un valor, que en definitiva es lo máximo, que es la capacidad de comunicación con la gente. Si tenés una banda como La Vela, como No Te Va Gustar, como La Trampa, que hacen emocionar a 100.000 tipos de golpe… eso es importante, algo hay, más allá de te guste o no. Yo nunca voy a vender 20.000 entradas, y estos tipos van a la Argentina y conmueven a 70.000 personas. ¡Opa! ¡Emocionados! Algo les toca. Las letras de Teysera, de Emiliano, de Garo, algo hay ahí. Vamos a valorar esas cosas, yo los respeto mucho”.

No sé si es curioso, pero la mayoría de los que cité antes murieron tempranamente, y pregunto si no habrá un espíritu de autodestrucción agazapado en la genialidad, y también pregunto si Darnauchans podría haber tenido otro final, si podría no haber muerto como murió, si tanta emoción hubiese sido sólo una cáscara, si vivir pudiera haber sido una elección.

"No. Dependía de él”, responde. “Sí podría haber tenido otro final, pero su voluntad no lo quiso, por sus opciones de vida. Yo era de los que creía que podía cambiar y no terminar como terminó, pero me equivoqué, no podía. Darnauchans fue fiel a su voluntad, a su destino, o a como estaba compuesta su mente, a su herencia genética, a su cultura, a las cosas que sufrió… Opinar de afuera es fácil, pero cómo fue la vida privada, su vida su adolescencia, hay muchísimas cosas que yo ignoro. Lo mismo Mateo o Zitarrosa; todos podrían haber vivido más años, pero vivieron lo que tenían que vivir, y eso no tiene arreglo”.

Al gran pueblo argentino, salud


Hace no muchos años, Fernando Cabrera tocaba para un público fiel y reducido. El epicentro de su trabajo era Montevideo. Afortunadamente, se corrió la voz como el tam tam de la tribu. De la mano de su talento y de otros artistas pioneros, los argentinos "descubrieron" a Cabrera; lo ensalzaron, lo mimaron, y, como siempre ocurre, se lo llevaron. Al artista no le "asusta" esa responsabilidad, ni cree estar representando 'una camiseta'. "No me da miedo; eso pasó siempre, históricamente, porque de hecho es el hermano grande, y nosotros el hermano chico. Es una realidad geopolítica, económica y territorial. Si no hubiera esta división entre países, Uruguay sería una provincia argentina, sin más. Si no hubiera habido ciertos avatares históricos que hicieran que Uruguay se independizara, tendríamos que ser argentinos, somos como ellos, eso sería lo lógico, la realidad quiso otra cosa. La forma de entendernos, la 'apropiación' de cosas no está mal, es normal. El ídolo de mi padre, es (Juan Manuel) Fangio, y (Aníbal) Troilo. Para un uruguayo, las cosas argentinas también son como propias. Cuando yo era chico y me gustaba el fútbol, mi ídolo, de esos que pegás un poster en tu cuarto, era Luis Artime. Eso pasa siempre. Con los músicos, con los actores, con el cine, con la televisión… no es que alguien se roba lo del otro, siento sinceramente eso. Aparte cuando voy a Argentina me tratan de maravillas, me vuelvo acá 'inflado'"

Además, existe, hoy por hoy, una suerte de 'Mercosur de la canción': Drexler, Kevin Johansen, Paulino Moska, Cabrera, todos comparten escenarios, códigos, afinidades. Y detrás, una nueva generación de intérpretes con el norte en Cabrera. "Me da un gran orgullo y satisfacción", señala Cabrera. "Creo que estoy creciendo en mi vida, me pasé 25 años en la oscuridad, y ahora todo el mundo me conoce, me nombra, recibo una cantidad de mimos tan grande que es increíble, estoy feliz. Y más aún cuando uno ya tiene una edad avanzada, porque ya no tengo 22 años, que te empiecen a pasar cosas, es lindo que a los 52 años estén empezando a pasarme cosas, cuando normalmente lo lógico es que dejen de pasar cosas, a esta edad ya n ohay tantas novedades, lo normal es que lo más importante ya haya pasado. Tengo la felicidad de que aparezcan nuevas posibilidades, nuevas emociones, es lindo ir a un país que no es el tuyo y que te traten bien".

Y otra vez el tiempo se mete en la conversación, la invade. O mejor dicho, en este caso, el paso del tiempo. ""me preocupa eso, sí. 'El tiempo está después', eso sólo es una canción. La realidad indica, cuando vemos, en un ser humano, en un árbol, un auto, que el tiempo pasa y deteriora. Eso es real, y uno un poco de preocupación siempre tiene. No está bueno decaer, pero son las reglas de la vida, hay que aceptarlas y manejarlas lo mejor posible, y, si te preocupa mucho decaer, cuidate. Igual a mí no me queda nada por hacer. Todo ha sido tan hermoso que lo único que deseo es que se mantenga; con que permanezca así, ya es demasiado".

Ojalá que no; que siga creciendo, que no se apague.

Datos de la presentación de Fernando Cabrera en el Teatro Solís

Escuchá "Despacio por Las Piedras", de Bardo