En la segunda mitad de la década del 80, Cadáveres Ilustres era una de las bandas que amenazaban con subirse a los lugares más altos de lo que, por entonces, se conocía como rock nacional.

Formados allá por 1986, como un grupo de "rock siniestro" que transitaba el camino marcado por los españoles Parálisis Permanente y los primeros Gabinete Caligari, al poco tiempo dieron el paso hacia una veta más rocanrrolera, influenciados tanto por los Ramones como los Stones. En ese sendero, la banda que tenía como esqueleto central a Pablo Martín en vocales, Rafael del Campo en batería y Orlando Fernández en guitarra, se convirtió en una de las referentes de un rock diferente, que en los 90 adelantó la llegada del grunge con una lectura autóctona del garage, el punk y el más puro noise.

Sin embargo, no le fue bien, en términos comerciales, de popularidad, o como quiera que se mida el éxito de una banda. En cambio, supo mantener, a lo largo de las décadas, una integridad y un apego por su vocación rockera que sobrevive a los matrimonios, las muertes y las deserciones.

Por ahí transita Rock&Roll Actitud, documental de Javier Hayrabedian, que acompañó a la banda durante un lustro, intentando explicar qué fuerza los mantiene sobre el escenario, hermosos perdedores, como soñó Prodan.

La película, contada en primera persona por sus protagonistas, repasa el pasado y el presente de Cadáveres Ilustres, y se enfoca en la relación entre Pablo Martín y Rafa del Campo, sostenes del grupo, motores que todavía funcionan a fuerza de rock.

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¿En qué momento conociste a Cadáveres Ilustres?

Yo tengo 40 años. Los agarré a los 16, 17 años. En los 90 y pico. Era un momento en que iban muchas bandas a tocar a Pando. Había muchos boliches, e iban muchas bandas. Yo viví toda mi vida ahí, y los empecé a ver en Pando. El Garage, el viejo y querido Garage, Belcebú, La Cueva, un bolichito chiquito... Y cuando vi a Cadáveres me gustó mucho. Una de las bandas que más me gustó. Y después tuvo que pasar mucho tiempo, hasta que, trabajando en TV Ciudad, conocí a Gabriel Peveroni, y nos hicimos muy amigos. Un día, de subir tantas veces al auto y escuchar un Mp3 que yo tenía, donde siempre sonaba Cadáveres, me dijo "Javi, ¿Querés conocer a Pablo?".


Era obvio...

¡Claro! Me dijo "Lo llamo y los presento, capaz que podés filmar algo...". Y viste cómo es, decís "Bueno, ta, llamamos, nos juntamos en tal lado", y nos juntamos en un bar de Malvín una tarde, nos pusimos a hablar de cosas que estaría bueno filmar, y quedó flotando la posibilidad de hacer algo. Pablo, en ese sentido, dijo que sí. Me invitó a los ensayos, y empezamos, con Gonza Viera, el fotógrafo, a conseguir un par de cámaras y ver qué hacíamos.


¿Qué tan largo fue el proceso de rodaje?

Fue espaciado en el tiempo. Como cinco años. Tuvimos etapas.

 

Bien Cadáveres Ilustres...

Sí. una de las principales cosas fue que, al ser 100 % independientes, con fondos nuestros, enlenteció un montón de cosas. Hubo que esperar que Gonza pudiera... Llamábamos a alguien para pedirle una entrevista y nos decía, por ejemplo, "Puedo el viernes", y el viernes no podíamos. Entonces tratábamos de juntar dos o tres entrevistas en una jornada y, a veces, pasaba un mes en que no hacíamos nada. Paciencia.

 

¿No buscaron fondos para bancar la película o directamente eligieron hacer el camino independiente?

Hubo un poco de las dos cosas. Al principio, cuando habíamos empezado con la idea de filmar, sin pensar mucho, cuando llega Magalí Aguerre, que es mi compañera, a darnos una mano en la parte audiovisual, que vino de Bellas Artes, empezó a estudiar un poco de gestión cultural, y se metió un poco en la producción. Ahí empieza el tema de las carpetas y presentarnos a fondos. Fuimos a varios, pero no sé, los jurados no confiaron en nosotros, o no les gustó el proyecto, y en determinado momento tuvimos que tomar la decisión de seguir, porque si esperábamos por los fondos podían pasar diez años y no teníamos ni diez minutos filmados. La guita no aparecía, y cada vez teníamos más material y más compromiso. Era un estímulo para terminar. Lo fuimos tomando así.

 

Gabriel Peveroni se encargó de la producción periodística. ¿Cuánto te favoreció y cuánto te "cortó" como realizador que él hiciera ese trabajo? ¿La visión de Peveroni fue, en algún momento, en contra de tu idea original?

Con todo el equipo somos muy amigos, y nos tenemos mucho respeto. Con Gabi siempre tratamos de construir desde ese lugar. Por ahí Gabi tenía más datos, o más cosas, porque muchas las había vivido, y entendía mucho no solo la historia de Cadáveres, sino muchas otras historias de la banda, que son comunes a otros grupos. Como que casi todos los Buenos Muchachos pasaron por Cadáveres, Pablo tuvo la posibilidad de cantar en Los Estómagos. Hay muchas historias que se van mezclando, y Gabriel tenía muchos datos, y muchas cosas que recabamos para un ciclo chiquito que hicimos en TV Ciudad, de Historias del Rock. Ahí hicimos un micro de Cadáveres Ilustres y otras bandas, que nos sirvieron de base. Entrevistas, material de archivo, fotos, todo eso fue una palanca, un espaldarazo para seguir. Y Gabi y yo tenemos mucho tiempo de trabajo juntos. Entonces, en cierta medida, no se nos hizo complicado.

 

Se conocen las mañas...

Claro. El tema es que, tanto el productor periodístico como el realizador, de alguna manera, tienen que comulgar con lo mismo, y valoran el trabajo del otro. Siempre tenés que negociar cositas, plantear escenarios para enriquecer el trabajo final.

 

¿Cambió, en estos cinco años, la imagen que tenías de Cadáveres Ilustres que tenías cuando empezaste a rodar?

No. El mensaje es que son muy auténticos. Algo que me parece muy valorable, y que es un mensaje para futuras generaciones, es la amistad que hay entre Pablo y Rafa, que es lo que sostiene la banda durante 30 años. Hubo bandas que quizás fueron mejores, pero no tuvieron la posibilidad de subsistir porque detrás del grupo hay una vida. Si no, lo tenés que concebir como una empresa, como muchas bandas de ahora, que les pagan a los músicos como empleados. Pero, si no hay una amistad atrás, y esto también se aplica a los proyectos audiovisuales, si no hay un poco de cariño atrás es difícil poder sostener algo, se derrumba. Es un mensaje que me parece muy bueno. Lo ves en la película: tipos de 50 años que tienen la actitud de cargar los equipos, subirse a un auto e ir a tocar por el simple hecho de que sienten esa pasión. Eso, para mí, es muy valorable.