Stephanía Mirza Curbelo es travesti, vive en Uruguay y trabaja cuidando autos en las calles. En otra vida, lejos en el tiempo y en el mapa, Stephanía fue Roberto José, un niño nicaragüense que se crió en un contexto familiar de pobreza y violencia, que integró la guerrilla y fue maestro alfabetizador de la revolución sandinista. Stephanía llegó a Uruguay tras ser adoptada por una pareja de militantes tupamaros con los que había convivido en Nicaragua y, tras asumir su identidad como mujer, enfrentó la marginación y la invisibilidad, la prostitución y el miedo. 

Stephanía se presenta como "Roberto" cuando visita a viejos vecinos y cuando viaja a Nicaragua para reencontrarse con su familia biológica, que se hace eco de "su cambio" pero no llega a llamarla por su nuevo nombre. Al menos no lo hace durante la hora y media de imágenes que condensa El hombre nuevo, documental de Aldo Garay que refleja este proceso de búsqueda y de reconstrucción de una identidad fragmentada.

"Sigo siendo la misma... pero con más dolor"

Stephanía lanza esa frase mientras mira en su televisor el documental Yo, la más tremendo, que el mismo Aldo Garay realizó a principios de los noventa y que la tenía como una de sus protagonistas. La Stephanía de hoy se sigue reconociendo en aquella, pero algo en ese paso del tiempo se siente como una herida.
  
"Inicialmente no le creí su historia, porque me parecía producto de la imaginación de un dramaturgo súper creativo. Stephanía me sedujo por muchos aspectos: por su épica ideológica, por esa transformación. Y hay que ponerlo un poco en contexto, hoy parece todo mucho más aceptado, pero en aquel momento, en el año 92, ser travesti era estar en el gueto, en los márgenes de la sociedad. Creo que aún hoy lo es, pero en aquel momento había un estigma mucho más grande y eran más invisibles", comenta el realizador.

Desde aquel primer encuentro entre ellos había quedado pendiente explorar un poco más en sus orígenes y en su historia particular, que trascendía los objetivos de aquel primer documental. "En el 98 intentamos retomarlo y se frustró, porque no teníamos dinero ni fondos. Algo que, visto ahora a la distancia, estuvo bien, porque creo que el producto hubiera sido otro", reflexiona Garay.

El director concibe El hombre nuevo como un proceso de maduración de las dos partes. Él encontró una forma de mirar y de contar que prioriza lo que no se dice por sobre lo que sí. Ella llegó a un punto de maduración que hizo posible -quizás necesario- retomar el contacto con aquella parte de su vida que dejó sin demasiadas conclusiones.

"Hay muchas cosas que la película plantea y que, si bien no se dicen directamente, se leen en la mirada, en los rostros. Creo que es una película muy física en ese sentido. No hay necesidad de explicarlo todo, el cine tiene que tener esa intriga y esa capacidad de respetar al espectador, de que él construya", explica Garay.



El documental muestra el momento en que Stephanía intenta buscar familiares en Internet. "Una cosa muy curiosa, en este mundo de las redes sociales en que parece que nos acercamos todos, es que Stephanía no había tenido el reflejo de buscar en el buscador de Google, de poner su apellido y el nombre de sus hermanos. Y cuando lo hizo fue muy impactante encontrar a un hermano. Y eso fue un proceso de descubrimiento que hicimos en conjunto", relata Garay.

En Facebook, Stephanía se encuentra con Winston de Trinidad, uno de sus siete hermanos, y le envía un mensaje y una fotografía. "Acá entran cuestiones éticas, que todo el tiempo hay que pensar, en el cine y en la vida: una película no puede hacerse a costa de todo. Había que decirle a la familia que ese hermano perdido ahora es una hermana. [...] La materia prima de El hombre nuevo puede ser usada para un montón de realities de todo tipo: de ‘Gente de busca gente', de cambio de identidad... Se puede prestar para un montón de cosas. Por eso el tema estaba más en qué no mostrar".

"Lo que me importa es que vos me quieras como soy"

En Nicaragua, Stephanía tiene oportunidad de encontrarse con sus padres y sus hermanos, que la reciben con distintos grados de emoción y de aceptación. Su hermano Winston, el de Facebook, nunca había entendido por qué sus padres "regalaron" a su hermano y se muestra feliz de hallarlo con vida. En el otro extremo, está uno de sus hermanos menores, Leónidas, ferviente evangelista que lleva a Stephanía a una misa donde le hacen una especie de exorcismo.

En todos los encuentros que aparecen registrados en el documental, algo parece estar faltando. Las expectativas del consumidor promedio de productos televisivos no se verán colmadas con llantos prolongados ni muestras de exagerada emoción. Es algo que Garay conscientemente evitó mostrar en su documental, como forma de desafiar el "reflejo televisivo" y mostrar, en su defecto, esas primeras conversaciones llenas de contenido (y de ausencias) que le permitieron a Stephanía reencontrarse con su otro yo.

"Yo no vine a cambiar mi sexualidad"


A lo largo del documental, Stephanía y Roberto conviven, a veces desde el conflicto -como cuando inicia los trámites para el cambio de sexo registral- y otras desde la aceptación -como cuando frente a un portón montevideano se presenta como "Roberto, el hijo de María Elena". Esa dualidad, para Garay, "es un reflejo natural de Stephanía persona".



"Yo podía haber optado por eliminar eso y dejar una construcción pura de mujer, pero me parece mucho más interesante, desde muchos lugares, que se vea reflejada esa dualidad. Hay una lucha entre la mujer y el hombre, entre el presente y el pasado: se ve en lo físico y se ve en lo emocional. Es indudable que Nicaragua le trajo con todo al ‘niño Roberto'".

"Fuimos conscientes de esa dualidad y de esa lucha, que es otro de los aspectos interesantes de la película. Como toda construcción, la de la identidad no es lineal, hay un ir y venir, un tema de búsquedas, de volver a un estadio primitivo u originario que hace mover muchas cosas. [...] Es una reflexión sobre la identidad, sobre quiénes somos. Si todos nos hiciéramos esa pregunta quizás empezaríamos a dudar mucho", agrega.

"Me parece que el valor, la fuerza de esta película, está en lo que aporta en el espejo de la sociedad en que vivimos. El cine, más allá de convocar al público, tiene que dejar algo, tiene que generar un tipo de diálogo con el lugar donde vivís. Y quizás ese diálogo no sea hoy, quizá sea como un acervo para vernos dentro de un tiempo. Porque esto no surge de la nada, esto es consecuencia de dos sociedades. [Este documental] es como tirar una piedra, en el sentido de decir: discutamos esto", concluye.