Hubo un tiempo en que por los escenarios uruguayos pasaban Arturo Toscanini, Richard Strauss, Giacomo Puccini, Arthur Rubinstein, Pablo Casals, David Oistrakh y Claudio Arrau. Más tarde, a comienzos de la década de 1950, la Orquesta Sinfónica del Sodre (Ossodre) alcanzó, según Alberto Reyes, un nivel que la convirtió en una referencia continental.
Para el investigador, aquel Uruguay musical quedó lejos.
Reyes sostiene que el país perdió cantidad y calidad de conciertos sinfónicos, que dejó de valorar adecuadamente a sus grandes intérpretes y compositores y que la música clásica fue cediendo espacios frente a otras expresiones culturales.
Su mirada no evita la polémica. Cuestiona que las orquestas sinfónicas acompañen tango, candombe o cumbia; reclama que el Auditorio Nacional del Sodre deje de recibir espectáculos de música popular; critica determinadas corrientes intelectuales contemporáneas y considera necesario recuperar la enseñanza de apreciación musical en la educación pública.
Desde Londres, Reyes conversó con Montevideo Portal tras la publicación de su libro El patrimonio perdido. Auge y decadencia de la música clásica en el Uruguay.
¿Qué perdió Uruguay en materia de música clásica?
Uruguay perdió la oferta y la calidad, es decir, el número de conciertos sinfónicos anuales —a pesar de contar con dos orquestas en Montevideo, la Ossodre y la Filarmónica— y la calidad de dichos conciertos.
La cantidad disminuyó cuando las dos instituciones que administran nuestros escenarios principales, el Sodre y la Intendencia de Montevideo abrieron sus salas a otras manifestaciones de la cultura popular. Aquí excluyo el uso legítimo del Solís para una manifestación de la alta cultura, como el teatro, a través de la Comedia Nacional.
Fue así como la música clásica empezó a quedarse sin espacios legítimos para su actividad.
La calidad disminuyó con el cambio generacional de docentes en muchos instrumentos, con la diáspora generada por el gobierno de facto del proceso cívico-militar y con la propia reducción del número de conciertos sinfónicos, que trastocó el régimen de ensayos regulares, algo necesario para la precisión orquestal.
También se redujo con el uso de las dos orquestas para acompañar géneros como el tango, el candombe o la cumbia, que no tienen exigencias de calidad y fomentan el desinterés de los propios músicos. Nadie ha estudiado y practicado concienzudamente diez años, desde su niñez, para acompañar a un cantante popular.
¿Cuándo vivió Uruguay su mayor esplendor en música clásica?
Los momentos de auge se dieron sucesivamente, según los géneros de la música.
La ópera llegó a su momento culminante en las tres primeras décadas del siglo XX, con la visita constante de grandes compañías italianas y la presencia de destacados directores como Arturo Toscanini y Felix Weingartner, y compositores como Richard Strauss, Giacomo Puccini y Pietro Mascagni.
Los recitales tuvieron su mejor momento alrededor de las décadas de 1930 y 1940, con las visitas de Arthur Rubinstein, Alfred Cortot, Benno Moiseiwitsch, Pablo Casals, Jacques Thibaud, Josef Hofmann y muchos otros músicos legendarios.
Y la música sinfónica tuvo su mejor momento con la reorganización de la Ossodre que realizó Lamberto Baldi al comienzo de la década de 1950.
En esos años, la Ossodre era reconocida, indiscutiblemente, como la mejor orquesta de América Latina y la lista de solistas invitados era de enorme calibre: Friedrich Gulda, David Oistrakh, Arthur Rubinstein, Claudio Arrau y muchos otros.
¿Cómo era el Uruguay que podía sostener aquella vida cultural?
En términos sociales, era un Uruguay más homogéneo, con menos desigualdad, con una educación pública centrada en dar formación intelectual y cívica, no en suplir carencias hogareñas como la transmisión de valores morales y éticos, ni en dar contención a los inevitables conflictos de desarrollo emocional de los niños y jóvenes.
Era un Uruguay cuya cultura popular no estaba degradada por la grosería y la vulgaridad.
Un Uruguay donde el tango era una expresión de gran calidad musical y poética, donde la radio del Sodre era un modelo educativo formidable, donde la música internacional que escuchábamos en nuestros hogares —las canciones italianas y francesas, la música norteamericana, el jazz, la bossa nova— también era un deleite melódico, armónico y rítmico.
¿Qué ocurrió para que ese escenario cambiara?
La respuesta está totalmente vinculada a la pregunta anterior. Cabe mencionar la invasión de los medios en el hogar; la influencia negativa de la televisión, con contadas excepciones; la tendencia a volcarse hacia el consumismo para satisfacer “necesidades” que serían mucho mejor satisfechas por una mayor educación en las artes y una mayor participación —activa o pasiva— en ellas.
También una parte de nuestra intelectualidad abrazó de manera acrítica corrientes de pensamiento destructivas del exterior —Foucault, Derrida, Bourdieu—, es decir, las ideas de repudio de las jerarquías por considerarlas “elitistas”; la aceptación ignorante del relativismo —todo vale lo mismo—; el desdén de la alta cultura por ser, supuestamente, una herramienta de dominación y ejercicio del poder; y la mala interpretación de la noción de identidad nacional que ignoró, deliberadamente, nuestro pasado de inmigrantes muy mayoritariamente europeos.
¿Encontró durante la investigación algo que modificara la visión que tenía sobre la historia musical uruguaya?
No. Mi investigación solo confirmó mis recuerdos y mi interpretación de la historia musical de nuestro país.
Y, anticipándome a la habitual crítica que se le hace a conclusiones como las mías, rechazaría categóricamente cualquier insinuación de que mi investigación haya sido “sesgada”, otra acusación favorita de los practicantes de la cultura del repudio.
¿Uruguay ha sabido preservar y reconocer a sus grandes músicos?
No. Uruguay no supo ni sabe valorar a sus compositores e intérpretes.
No quiero decir que nuestra participación en la creación artística y en las artes interpretativas haya estado siempre al mismo nivel de extraordinaria excelencia que en otros países, pero Uruguay ha tenido glorias musicales, principalmente en el piano, la guitarra y el canto, que no recordamos ni honramos de manera suficiente.
Somos una cultura que parece aborrecer las tradiciones archivistas e historicistas.
Si un turista musical quisiera comprar una grabación de Nibya Mariño, Fanny Ingold o José Soler, ¿a qué tienda lo mandaría usted?
Si pudiera impulsar tres cambios para recuperar el lugar de la música clásica en Uruguay, ¿cuáles serían?
Primero, resucitar la misión fundacional del Sodre a través del renacer de la Ossodre, las temporadas de ópera producidas por él mismo y no por terceros, y resucitar la misión educativa de su radio.
Segundo, acabar con la presentación de música popular en el Sodre y dejar de monetizar la sala Adela Reta, alquilándola para cualquier cosa, a menos que la recaudación de estos espectáculos se volcara exclusivamente al presupuesto del Sodre y no a Rentas Generales, y que el número de espectáculos no interfiriera con las temporadas de música clásica.
Y tercero, volver a ofrecer educación y apreciación de la música clásica en la enseñanza pública.
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