Por The New York Times | Julie Lasky

Cuando Kid Cudi asistió a los CFDA Fashion Awards el año pasado, llevó el vello de su barba que apenas comenzaba a asomarse y un vestido de novia de encaje con un velo a juego. Cuando Lil Nas X fue a los MTV Video Music Awards en 2019, combinó un traje plateado con una camisa de encaje con volantes. Y a principios de este año, cuando Jared Leto promocionó su película de Marvel “Morbius” en un estreno en Los Ángeles, llevó una capa vaporosa hecha de encaje blanco.

La tendencia no se limita a las alfombras rojas. En los últimos años, el encaje ha aparecido en las pasarelas de moda masculina de Burberry, Moschino, Saint Laurent, Versace y otras marcas. Incluso las tiendas convencionales, como Walmart y Amazon, ahora venden camisas y accesorios de encaje para hombres.

El encaje, antes relegado a la ropa de novia y a la lencería femenina, está siendo adoptado por una nueva generación, sobre todo por los hombres más jóvenes, que se sienten atraídos por la historia y la artesanía del tejido, y por las actitudes más relajadas respecto a la ropa de género fluido.

“Tal vez el encaje sea la última frontera” para las telas masculinas, propuso Michele Majer, historiadora textil que, junto con Emma Cormack e Ilona Kos, organizó “Threads of Power”, una exposición sobre el encaje que se inauguró en septiembre en el Bard Graduate Center de Manhattan.

La muestra, la primera de importancia sobre el encaje en Nueva York en casi 40 años, recorre cinco siglos de este material de gasa, que ha pasado de ser un accesorio aristocrático del que hacían gala ambos sexos a ser un artículo de consumo cotidiano que usan de manera casi exclusiva las mujeres.

Ilustrado con piezas del Textilmuseum en St. Gallen, Suiza, “Threads of Power” documenta cómo el encaje se originó en la Europa del siglo XVI en dos estilos principales: el encaje de bolillos, que se hace enroscando hilos de lino o seda alrededor de alfileres para crear motivos elaborados, y el encaje de aguja, en el que el tejido etéreo y modelado se construye con pequeñas puntadas.

Ambos métodos son increíblemente lentos, laboriosos y costosos. Los reinos promulgaron leyes suntuarias para mantener el encaje alejado de la chusma. (De cualquier manera lo usaban). Y aunque algunas mujeres de alta alcurnia tejían sus propios encajes por afición, en general lo hacían mujeres o niñas que trabajaban a destajo en casas de campo o conventos, fuera de la protección de los gremios artesanales.

Con la Revolución Francesa llegó el repudio a la fruslería. La ropa de hombre se volvió entallada y monocromática, y así sigue siendo más de 200 años después, mientras que el encaje volvió a la moda femenina y se democratizó con la mejora de los textiles hechos a máquina.

El encaje, por su propia naturaleza, es paradójico. Cubre y revela al mismo tiempo, consiguiendo ser casto (como los velos de novia) y provocativo (como la ropa interior) a la vez. Esta cualidad de escondite aumenta el erotismo y, sin embargo, el encaje es también material de pañuelos y manteles de abuela.

Por eso el encaje se convirtió en “una especie de tabú para los hombres”, explicó Majer. ¿A qué se debe su nueva popularidad unisex?

Claire Wilcox, curadora sénior de moda del Museo Victoria y Alberto de Londres, considera que el encaje es el esfuerzo más reciente de algunos hombres por recuperar su pavorreal interior. En el Reino Unido de mediados del siglo XVIII, los dandis adinerados conocidos como macaronis regresaban de sus viajes del Grand Tour en Italia con extravagantes trajes que eran el equivalente sartorial de la sedosa y fluida pasta que degustaban. A finales del siglo XIX, Oscar Wilde personificó una rebelión estética contra la rigidez de la ropa masculina victoriana. En la década de 1970, los rockeros glamurosos usaban ropa colorida y con holanes para desafiar el decoro de la posguerra.

“Creo que esa relajación literal de los textiles se asoció con la relajación de la moral”, comentó Wilcox.

El encaje también forma parte de un cambio más amplio hacia la moda de género fluido, con consumidores más jóvenes que difuminan las líneas entre lo que de manera tradicional se consideraba masculino y femenino. “Todo es más suave, más fluido, más decorativo”, aseguró Wilcox.

En “Fashioning Masculinities: The Art of Menswear”, una exposición en el V&A que Wilcox organizó con Rosalind McKever y que estará abierta hasta el domingo, hay un conjunto masculino de satén rosa con un jabot de encaje, o volante en el cuello, diseñado por Harris Reed, que hace poco fue nombrado director creativo de Nina Ricci. La prenda evoca la aristocracia británica del siglo XVIII a través de los New York Dolls.

“Es una nueva forma de dandismo, y el encaje desempeña un papel encantador en esto”, señaló Wilcox.

Mientras que las generaciones pasadas llevaban encaje debido a su valor de impacto, los jóvenes de la actualidad solo se quieren dan el gusto de expresarse libremente, dijo Mathew Gnagy, un fabricante de textiles e historiador que dirige el centro de vestuario de Colonial Williamsburg, el museo de historia viva de Virginia. Gnagy señala la facilidad con la que Harry Styles se presentó en la Gala del Met 2019 con una blusa negra traslúcida de Gucci con holanes de encaje.

“No se trata de lo masculino o lo femenino”, afirmó Gnagy. “Cualquiera que se identifique con cualquier género puede usar ese atuendo. Esa es la esencia de lo que debe ser unisex”.

Gnagy fue menos elogioso con la ropa que ve en las pasarelas y que se limita a trasladar la ropa masculina convencional a un encaje hecho a máquina. “Cuando el encaje está hecho a mano, tiene propiedades únicas que permiten eliminar las costuras, por lo que parece que las prendas crecieron orgánicamente y adquirieron una forma determinada”, explicó. “Me encantaría que los diseñadores fueran un poco más allá”.

Uno de esos diseñadores podría ser Kasuni Rathnasuriya, que desde 2012 trabaja con encajeras de su Sri Lanka natal para producir ropa de mujer para su marca, Kúr. Por solicitud de algunos clientes, este año ofreció por primera vez ropa de hombre, incluyendo camisas de algodón de 250 dólares con paneles de encaje de bolillos hechos a mano.

“Me sorprendió que la gente lo aceptara”, comentó. “No recibí ni un solo comentario negativo al respecto”. Aunque en la actualidad la mayoría de los encajes se hacen a máquina, el arte de hacerlos a mano no se ha perdido del todo.

Hace seis años, tres artesanas del encaje de la Ciudad de Nueva York fundaron el Brooklyn Lace Guild para enseñar a hacer encaje tradicional a una nueva generación. Elena Kanagy-Loux, de 36 años, artista textil e historiadora que tiene 400.000 seguidores en TikTok, viajó a Eslovenia en 2010 para aprender el oficio. Devon Thein, otra fundadora, aprendió hace 50 años de la esposa de un capitán de mar danés en Nueva Jersey.

Ambas mujeres dijeron que la pandemia fue una bendición para el encaje, no solo porque la artesanía era una actividad muy popular, sino porque resultó que el encaje podía enseñarse por Zoom. El gremio realiza demostraciones con bolillos, agujas y lanzaderas en la exposición de Bard los fines de semana hasta diciembre.

El lema del gremio, señaló Kanagy-Loux, es este: “El encaje es para todos”. Kid Cudi lleva un vestido de encaje en los CFDA Fashion Awards 2021 en Nueva York, el 10 de noviembre de 2021. (Krista Schlueter/The New York Times)