Por The New York Times | Jane E. Brody 

Después de un año de lavarme las manos de manera obsesiva durante veinte segundos cada vez que tocaba algo de fuera de mi casa, creo que debí haberme abastecido de crema de manos, no de papel higiénico, al comienzo de la pandemia. Desde luego, no fue un buen momento para que CVS dejara de comercializar mi producto favorito, la crema hidratante Healthy Hands, que pudo haber evitado que mi piel pareciera papel de lija durante todos estos meses.

No obstante, no me arrepiento de esta costumbre que, junto con el uso constante de cubrebocas y el distanciamiento social, me ayudó a mantenerme sano y salvo mientras las olas de COVID-19 azotaban la ciudad de Nueva York. No solo me mantuve libre del coronavirus, sino que ni siquiera tuve un resfriado a pesar del ejercicio diario al aire libre y de los paseos con el perro y de mi obstinada negativa a dejar que otros me hicieran las compras.

Ahora que parece que mucha gente se ha resfriado en las últimas semanas al volver al mundo y bajar la guardia, es un buen recordatorio de que no debemos abandonar los hábitos de lavado de manos que aprendimos durante la pandemia.

En promedio, nuestras manos entran en contacto con cientos de superficies al día, lo que las expone a cientos de miles de microorganismos. Afortunadamente, la mayoría son inofensivos. Sin embargo, tomando en cuenta que nos tocamos la cara alrededor de dieciséis o más veces por hora, sin una higiene de manos adecuada, nos arriesgamos a introducir un organismo infeccioso no tan inofensivo, incluida la variante delta del coronavirus, en nuestra boca, nariz u ojos.

El año pasado, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, y casi todos los especialistas en salud pública, insistieron en repetidas ocasiones que lavarse las manos con agua y jabón durante al menos veinte segundos, o utilizar un desinfectante de manos a base de alcohol cuando no se dispone de agua y jabón, es la primera línea de defensa contra la propagación de la COVID-19.

La agencia recomienda utilizar agua corriente limpia (tibia o fría), jabón común (no antibacteriano), hacer espuma y luego frotar las manos, por delante, por detrás y entre los dedos. Después de veinte segundos de espuma, hay que enjuagar bien las manos para eliminar la suciedad y los gérmenes y minimizar la irritación. A continuación, se secan al aire durante veinte segundos o se utiliza una toalla limpia para secarlas; las manos mojadas son vectores de transmisión de gérmenes.

Antes de la COVID-19 y de los consiguientes recordatorios de la importancia de una buena higiene de las manos, las costumbres estadounidenses de lavado de manos dejaban mucho que desear. En una encuesta en línea realizada en 2012 a mil adultos estadounidenses representativos a nivel nacional, el 71 por ciento de los encuestados dijo que se lavaba las manos "con regularidad", sin importar lo que eso signifique (¡quizá solo una vez al día!). El 58 por ciento dijo que había visto a otros salir de un baño sin lavarse; más de la mitad dijo que no se lavaba después de estar en el transporte público, usar equipos compartidos o manejar dinero, y el 39 por ciento (muy probablemente una subestimación burda, basada en la observación personal) admitió no lavarse después de estornudar, toser o sonarse la nariz.

Ni siquiera el personal sanitario ha sido siempre diligente. Un equipo de Gran Bretaña y Australia publicó el año pasado en la revista Journal of Clinical Nursing: "Como enfermeros, somos conscientes de que el lavado de manos no siempre se ha tomado tan en serio como debería y el cumplimiento y la adherencia en los entornos clínicos distan mucho de ser óptimas con el paso del tiempo". Según múltiples informes de diferentes países, antes de la COVID-19, el cumplimiento de las directrices sobre la higiene de las manos entre las enfermeras solo alcanzaba, en promedio, un 40 por ciento, señaló el equipo.

"Aunque se trata de una tarea sencilla que salva vidas, lamentablemente no siempre se lleva a cabo", escribieron. Instaron a que la actual atención al lavado de manos impulsada por la COVID-19 se mantenga en todas las comunidades, así como entre los profesionales de la salud, "cuando la pandemia haya terminado".

Lavarse las manos después de ir al baño es una recomendación universal, por buenas razones. Se ha demostrado que reduce la incidencia de la diarrea hasta en un 40 por ciento. El coronavirus puede transmitirse a través de las heces y un solo gramo de heces humanas puede contener un billón de gérmenes.

Sin embargo, los cirujanos son los que más se llevan el premio al lavado de manos en la actualidad. Los guantes quirúrgicos no existían cuando el cirujano del siglo XIX Joseph Lister, cuyo nombre fue adoptado por el producto Listerine, demostró que la desinfección preoperatoria era la clave para prevenir las infecciones en las heridas quirúrgicas. El lavado de manos con jabón y agua caliente, a menudo con un cepillo, durante cinco minutos se convirtió en protocolo aceptado a finales del siglo XIX.

Sin embargo, la introducción de los guantes estériles no hizo irrelevante la limpieza exhaustiva de las manos por parte de los cirujanos. Después de una operación, se ha demostrado que alrededor del 18 por ciento de los guantes tienen pequeños pinchazos que los cirujanos no perciben en más del 80 por ciento de las ocasiones. Y, cuando una operación dura dos horas, es probable que más de un tercio de los guantes de los cirujanos tengan agujeros.

Por eso, cualquier persona que pueda tocar el campo quirúrgico debe lavarse hasta los codos y debajo de cada uña durante cinco minutos para reducir el riesgo de contaminación. El objetivo es eliminar los microorganismos que habitan en las manos e inhibir el crecimiento de bacterias debajo de los guantes del cirujano.

A los cirujanos les enseñan a utilizar agua tibia, que mejora la eficacia del jabón. Les dicen que eviten el agua muy caliente porque elimina los ácidos grasos protectores de la piel, una buena lección para todos nosotros.

En un artículo de opinión publicado en marzo sobre "La neurología del lavado de manos" en Medpage Today, James Santiago Grisolia, médico del Hospital Scripps Mercy de San Diego, describió el lavado de manos como una especie de sedante neurológico. "Lavarse las manos resuena a un nivel profundo en nuestro cerebro, al hacer sonar notas profundas que nos hablan de actuar con cuidado y de la integridad en un mundo sucio y a veces peligroso", escribió.

Para minimizar el tedio de mirar el reloj o contar hasta veinte cada vez que se lavan las manos, los expertos sugieren cantar dos veces la canción del "Cumpleaños feliz" para lograr una limpieza completa. Sin embargo, Grisolia, al citar un descenso en la tasa de natalidad a causa de la pandemia de COVID-19 y el hecho de que en menos de un año la pandemia se extendió por todo el mundo, sugirió que un mantra más oportuno podría ser cantar el estribillo de "It's a Small World (After All)".

Al volver al mundo y a los gérmenes que lo habitan, no deberíamos abandonar los hábitos de lavado de manos que tantos adoptamos en la época de la COVID-19. (García Lam/The New York Times)