Quien se convirtió en el primer uruguayo en cruzar el océano en solitario publicó su diario de viaje, "Hasta donde me lleve el viento", que acaba de sacar una tercera edición en España.

"Hay gente que apuesta todo a ganar dinero, o a una carrera. Yo aposté todo a una aventura", dice este hombre de 53 años que dejó Uruguay en 1973 -año del golpe de Estado- cuando era un estudiante preuniveritario de arquitectura.

Se fue a México. Luego a Canadá. En 1978 hizo un viaje por tierra por América Latina, y fue allí cuando decidió que iba a ser un vagabundo. "Me di cuenta que había otras formas de cultura, otras formas de entender la vida que me encantaba concerlas, y aprender de ellas."

"Cuando descubrí el mar, pensaba que navegar en un velero era algo bellísimo: romántico ser llevado por el viento y además tenía algo de épico si lograbas cruzarlo", dice Rejduch, cuyos ojos azules lanzan destellos de picardía en la brumosa mañana del invierno montevideano.

Fue en 1980 "cuando me embarqué, sin saber navegar. Yo creo que está la decisión, es el momento", afirma.

Al "Charrúa" lo encontró "abandonado en una marina en Toronto (Canadá), todo lleno de maderas y trastos viejos, y lo primero que hice fue pintarle unos ojitos en la proa. Cuando él pestañó le dije: ¿me llevás a cruzar el Océano?", relata Rejduch, sentado en la cubierta de su velero, al que describe "como una ventana al más allá".

"En dos meses compré el barco y me estaba lanzando al Océano sin saber navegar. Cuando me quise acordar ya estaba en el Océano. Y hay que llevar como sea el velero al otro lado, a Europa, o al Africa, a donde pegue", agrega.

"Para mí sería la aventura más grande de mi vida", asevera quien se convirtió en el primer uruguayo en cruzar el océano en solitario, quien además dio la vuelta al mundo y recorrió sus confines. "Tampoco es que quise dar la vuelta al mundo, se fue dando", dice Rejduch, que publicó su diario de viaje.

Siempre tuvo la veta de escritor: "Me daba por la poesía, componía canciones y versos, y cuentos pequeñitos. Cuando hice la primera travesía en el 80, empecé a escribir para revistas náuticas españolas y argentinas".

Pero no escribía de náutica "porque no soy un experto", sino "cuentos medio surrealistas, de lo que sentía o aventuras", muchos de los cuales se publicaron en la revista argentina Barco, bajo el cabezal "Cuentos del Charrúa".

Confiesa que el mayor premio de su vida de navegante bohemio "es la sorpresa y el asombro, y también todas las vidas que podés volver a empezar sin estar cargando ni pasado ni fortuna". "Yo me crié mucho con la cultura de los gauchos, que lo único que precisaba era un caballo (...) y donde hacía el fuego era su patria, su pequeño lugar. En cierta forma, para mí el velero era como el caballo, y el mar el territorio libre, y donde yo hiciera mi fuego, mi casa", afirma.

Para Rejduch, el "Charrúa es muchísimo". Para explicarlo evoca lo que sintió durante su primera tormenta -"parecía una guerra entre el cielo y el mar"- en el Atlático Norte. "Cuando parecía que se lo iba a tragar el mar, siempre salía el Charrúa (...) Yo estaba tan cansado, no sabía qué hacer (...) era de noche, entré (a la cabina), cerré todo el barco y me acosté en el piso. Tenía ese farolito (lo señala) con una llamita, era como el almita del Charrúa. Adentro estaba protegido. Afuera no existía, estaba como en el útero materno", recuerda.

"Y empiezo a sentir un poco lo que el Charrúa sentía. Yo ya no sabía más qué hacer, era el Charrúa el que me estaba salvando, era él el que estaba luchando (...) Eso que sentí me llevó a una fidelidad, que lo tengo hasta ahora al Charrúa, después de veintipico de años", dice Rejduch, quien en cualquier momento puede lanzarse nuevamente al mar.

Con información de AFP