Kronenberg trabaja en la ciudad de Ashkelon, en una planta desalinizadora que traslada agua del Mar Mediterráneo y la convierte en agua dulce, que se distribuye a los hogares de la ciudad.

"No falta agua. El problema es que sobra la sal y hay que saber sacarla. Nosotros sabemos cómo hacerlo de modo económico y efectivo, con la mejor tecnología hoy existente", afirmó el conciudadano a la cadena de noticias BBC.
Kronenberg insistió en que no hay ninguna excusa para decir que falta agua dada las posibilidades tecnológicas existentes para potabilizarla.

Nuestro compatriota recordó que el costo de la planta es de 250 millones de dólares y tiene la capacidad de suministrar agua potable para un millón y medio de personas.

La planta dirigida por Kronenberg quita la sal a 100 de los 400 millones de metros cúbicos que Israel debe lograr para ofrecer el servicio a toda su población.

Israel realiza varias tratativas para expandir esta tecnología a los países vecinos con problemas de agua. Actualmente uno de cada seis coterráneos no tiene acceso a agua potable.