Hay una frase que atraviesa toda la conversación con Santiago Bilinkis y que termina funcionando como síntesis de época: "En mí conviven constantemente la fascinación y el horror". No lo dice desde el rechazo a la tecnología ni desde una nostalgia analógica. Todo lo contrario. Bilinkis construyó buena parte de su carrera estudiando, impulsando y explicando el impacto de la innovación sobre la vida cotidiana. Es un defensor histórico del potencial transformador de la tecnología, alguien que durante años ocupó el lugar del entusiasta, del que señalaba hacia adelante con convicción. Pero esta vez el tono es diferente. Más incómodo. Más inquieto. Más humano.
El emprendedor y divulgador argentino estuvo en Montevideo invitado en el marco de las charlas de ANDA y, en una entrevista con Montevideo Portal, analizó cómo la inteligencia artificial está alterando el trabajo, la educación, los vínculos y hasta la capacidad de atención de las personas. Y lo hizo desde un lugar poco habitual dentro del universo tecnológico: el de alguien que sigue creyendo profundamente en el potencial de la innovación, pero que ya no está dispuesto a ignorar sus costos. Esa tensión —entre lo que la tecnología puede dar y lo que efectivamente está quitando— es el hilo conductor de toda la charla.
"Los jóvenes sienten que la tecnología no los está abrazando a ellos", dijo. Y después lanzó una frase todavía más dura: "La abrazaron y la tecnología no les devolvió el abrazo".
Según Bilinkis, la IA está reemplazando antes tareas cognitivas iniciales —las que históricamente hacían juniors o recién graduados— que muchos trabajos manuales básicos. Un plomero o un electricista, por ahora, todavía necesita ir físicamente al lugar a hacer el trabajo. Un analista de datos, un redactor junior, un programador que recién empieza, ya compite con herramientas que hacen tareas similares en segundos. Y eso genera un problema estructural silencioso que pocas organizaciones están discutiendo abiertamente.
"Si dejamos de contratar juniors, en cinco años no vamos a tener semi senior y en diez no vamos a tener senior", advirtió.
La preocupación no se limita al empleo. También alcanza la forma en que vivimos y pensamos. Bilinkis contó que una de las conclusiones más sorprendentes de una encuesta reciente sobre IA y trabajo no fue el miedo a quedarse sin empleo, sino algo mucho más difuso y generalizado, algo a lo que cuesta más ponerle nombre, pero que igual pesa.
"El principal miedo no era perder el trabajo. Era sentir que las cosas se movían tan rápido que no podían seguirles el ritmo, aunque quisieran", explicó.
Esa aceleración permanente produce agotamiento. Incluso entre quienes trabajan en tecnología todos los días, personas que en teoría deberían ser las más adaptadas al cambio y las mejor posicionadas para aprovecharlo. En ese contexto aparece uno de los conceptos centrales de su último libro, Artificial, escrito junto al neurocientífico Mariano Sigman: el "sedentarismo cognitivo". El título del concepto es intencional: así como el sedentarismo físico atrofia músculos que dejamos de usar, el sedentarismo cognitivo atrofia capacidades mentales que delegamos en herramientas sin darnos cuenta del costo.
La idea apunta a cómo la dependencia tecnológica puede atrofiar capacidades humanas básicas que dejamos de ejercitar porque las delegamos constantemente en herramientas digitales. La memoria, la orientación espacial, el razonamiento matemático, la capacidad de sostener una idea larga sin distraerse: todo eso se trabaja menos cuando hay una aplicación que lo resuelve. Bilinkis insiste en que el problema no es que la tecnología ayude. El problema es haber reorganizado la vida entera alrededor de esa ayuda, sin evaluar qué se pierde en el proceso.
"Una tarea que antes me tomaba 20 horas ahora me lleva 40 minutos. El tema es que las otras 19 horas y 20 minutos ya las llené con más trabajo", contó.
La eficiencia no liberó tiempo ni redujo el estrés: simplemente redefinió el piso de lo que se espera que uno produzca. Y en ese nuevo piso, las herramientas que prometían descanso se convirtieron en una nueva forma de presión. Incluso relató que hace pocas semanas quedó completamente bloqueado laboralmente cuando se cayó Claude —la inteligencia artificial que usa habitualmente— porque ya había estructurado toda su agenda asumiendo que la herramienta iba a estar disponible. La dependencia, en ese caso, era total y casi invisible hasta que desapareció.
La conversación también derivó hacia otro terreno especialmente sensible: el impacto de las pantallas y los celulares sobre niños y adolescentes. Bilinkis reconoció haber cambiado radicalmente de postura respecto al uso de tecnología en las aulas. No es un cambio menor para alguien que construyó parte de su perfil público defendiendo la incorporación de lo digital en la educación. En sus primeros libros defendía con entusiasmo la introducción de herramientas digitales en la educación. Hoy sostiene que la evidencia científica muestra efectos claramente negativos asociados al uso intensivo de pantallas.
"Antes defendía fuertemente la introducción de tecnología en las escuelas. Hoy la evidencia científica muestra claramente efectos negativos del uso intensivo de pantallas", afirmó.
Y puso ejemplos concretos: escuelas que retiran celulares y mejoran automáticamente la sociabilización, el aprendizaje y el vínculo con docentes. No como experimentos aislados, sino como tendencia creciente respaldada por datos que ya no es fácil ignorar.
Después contó una escena cotidiana que lo impactó especialmente. Fue al cine y, antes de comenzar la función, el mensaje ya no pedía apagar los celulares. Solo pedía bajar el brillo de la pantalla. La pequeña derrota cultural estaba ahí, normalizada, incorporada al protocolo sin mayor discusión.
"Ya asumieron que pedirte que no uses el teléfono era demasiado", dijo entre resignado y sorprendido.
Bilinkis evita definirse como apocalíptico. De hecho, insiste varias veces en que el futuro todavía no está escrito y que existen márgenes reales para regular, modificar incentivos y tomar decisiones sociales que cambien el rumbo actual. No habla desde la resignación sino desde una especie de urgencia propositiva: el problema existe, es serio, y todavía hay tiempo de hacer algo al respecto.
Por eso compara el momento tecnológico con lo que ocurrió décadas atrás con el cigarrillo. Durante años fumar fue aspiracional, moderno y culturalmente celebrado. Las publicidades mostraban médicos recomendando marcas, actores elegantes con cigarrillo en mano, ejecutivos exitosos fumando en sus oficinas. Recién después llegaron campañas de concientización, regulación y un cambio profundo en la percepción social sobre el daño. El proceso fue lento, costoso y resistido por industrias con intereses enormes. Pero ocurrió.
"Con lo digital estamos muy lejos de que pase algo así", sostuvo.
Mientras tanto, convivimos con contradicciones permanentes: herramientas que facilitan la vida pero también generan agotamiento, plataformas que democratizan información mientras destruyen atención y sistemas que aumentan productividad mientras alimentan ansiedad e incertidumbre. No hay una sola cara en este fenómeno, y cualquier análisis que elija solo una de ellas está dejando afuera algo importante.
Bilinkis no ofrece respuestas simples ni soluciones tranquilizadoras. No llega con un manual de diez pasos para sobrevivir a la IA ni con una promesa de que todo va a estar bien si hacemos las cosas correctamente. Más bien describe con honestidad un momento histórico donde todavía nadie sabe exactamente hacia dónde va el mundo, y en el que esa incertidumbre no es un dato menor sino quizás el dato central.
Y quizás, justamente por eso, la frase que atraviesa toda la entrevista termina funcionando también como una definición bastante precisa del presente. No solo del suyo.
"En mí conviven constantemente la fascinación y el horror", sentenció.