Es un personaje emblemático y pintoresco de la ciudad de Montevideo. Se llama Fidel Enrique González (65) pero casi nadie lo sabe. Lo conocen como Pildorita. Inventó ese álter-ego en tiempos de vacas gordas, cuando en una peatonal porteña hacía reír con sus ocurrencias a los transeúntes que pasaban, aprendiendo de un payaso peruano y otro chileno que se la rebuscaban como él.
Su periplo como payaso comenzó precozmente cuando abandonó los estudios para irse —permiso de menor mediante, firmado por sus padres— con el circo Tihany. Ya nunca más quiso agarrar los libros. Supo ahí, antes de la pubertad, que sería payaso. Entonces cruzó el charco, y allá saludó al “Negro” Alberto Olmedo y fue vitoreado en el teatro por la celebrada pareja de Fito Páez y Cecilia Roth. Pero a mediados de los 90, cuando Menem gobernaba y la Policía acosaba a los artistas callejeros, decidió volver.
Una charla, comiendo un estofado, con su madre le reveló su destino: debía subirse a los ómnibus a hacer reír, y si podía, vender algo. Ahí empezó una carrera informal —y que no aporta para la jubilación— que este mes de mayo de 2026 cumple 30 años. Y que repasamos en este diálogo en un bar, tomando un cortado.
Foto: Javier Noecti-Montevideo Portal
¿Quién sos?
Pildorita, una persona que hace muchos años que trabaja tratando de sacarle una sonrisa a la gente, día a día.
¿Cómo fue tu infancia?
Mi infancia fue Peñarol, en Edison entre Santiago y Bell. Mi papá era enfermero del Casmu y el Británico y mi mamá era enfermera del Clínicas. Mi infancia fue hermosa, era un enamorado del Topo Gigio. Mi mamá, para el Día de Reyes, me regaló un Topo Gigio de plástico y me lo puso en la ventana de la cocina. ¡Yo dormía con el Topo Gigio!
Nosotros vivíamos en Peñarol, y enfrente había una bañadera. Antiguamente se llevaban a la gente a la playa en las bañaderas todos los días del verano. Mi mamá venía del club hacia la playa a buscarnos, y pasaba el heladero: “¡Helado!” Y yo le decía: “Mamá, ¿me comprás un helado?” Y mamá me decía: “Si te compro un helado hoy, mañana no venís a la playa”. Entonces yo me callaba y comía lo que había. Pero fue hermosa mi infancia.
A los 13 años, y cuando deberías estar yendo al liceo, te fuiste a Buenos Aires a probar suerte. ¿Por qué emigrar tan jovencito? ¿Cuál era la situación en tu casa?
No había una mala situación. Cuando mamá se separó de papá estuvo bien, trabajaba en el Clínicas y el doctor Villar (padre de Álvaro Villar) le daba una mano a mamá. Yo comía en el Clínicas, nunca pasé hambre. Mamá hacía surtidos en la cooperativa de la Corte Electoral, y vivíamos bien, no pasábamos necesidad.
Mis padres se separaron cuando yo tenía 9 años. A los 13 años viene el circo Tihany al estadio Centenario, y ahí, con un permiso de menor firmado por mi padre y mi madre, me fui con el circo por dos años. Y después, tipo a los 16 años, también con un permiso de menor, me fui para la Argentina a trabajar de payaso. Fue una oportunidad… ¿Viste la varita mágica? Bueno, eso. Como cuando vos sos hincha de Nacional o Peñarol, y te llaman para jugar y terminás haciendo un gol con Peñarol o Nacional, bueno, así. A mí me pasó eso. Arranqué y me fui. No sabía hacer nada.
“Arranqué en la peatonal de Lavalle y Florida. Había un artista callejero, Julián Segarra, 'el bracamán peruano', y otro peruano, Kiko. Había un teléfono público ahí en la calle. Y yo arrancaba como Tato Bores: '¡Hola mamá!' Empezaba a hacer humor y la gente alucinaba”
¿Por qué vivías con tu padre y no con tu madre?
Te explico… Cuando se separan mis padres, yo agarré rebeldía infantil. No quería estar en mi casa, porque faltaba la imagen de papá. Entonces, estaba el Consejo del Niño (hoy Inau). Y el juez se para frente a mí —saco, corbata—, yo tenía 9 años, y me dice: “¿Con quién de los dos querés ir a vivir?” Porque el niño, a partir de los 7 años, tiene el derecho de decidir. Y yo le dije: “Con ninguno de los dos”. Mi padre vivía en Las Acacias y mi mamá vivía en el kilómetro 23 de Camino Maldonado, en Los Aromos, y yo me iba seis meses con cada uno. Seis meses con mi papá, seis meses con mi mamá.
Sé que solo cursaste educación Primaria. ¿No pudiste retomar los estudios en Argentina porque hubo que salir a apechugar y colaborar con la economía familiar?
No retomé los estudios, el liceo, porque empecé a laburar y eso me ayudaba. Pero no hubo nunca problemas económicos, porque yo donde iba, trabajaba, hacía espectáculos callejeros, como en la Plaza Cagancha, pero claro… Buenos Aires es más grande.
¿Preferiste no estudiar y dedicarte a trabajar?
Claro, exactamente.
¿Y en la peatonal porteña de Lavalle y Florida arrancó Pildorita?
Sí, en la peatonal de Lavalle y Florida. Arranqué, porque había un artista callejero, Luis Alberto Julián Segarra, “el bracamán peruano”, y había otro peruano que se llamaba Kiko. Yo hacía humor solo, en Lavalle y Florida, como bien dijiste. Estaba la Onda, había una bombonería, y había una zapatería de damas. Había un teléfono público ahí en la calle. Y yo arrancaba como Tato Bores: “¡Hola mamá!” Estaba el payaso hablando por teléfono, entonces la gente se paraba a verme y ahí arrancaba la cosa. Empezaba a hacer humor y la gente alucinaba.
¿Cuántos años tenías?
Arranqué con 18 años, un purrete. Ahí, en ese peatonal, conocí a Alberto Olmedo. Cuando cerraban los comercios, tipo siete de la tarde, ahí arrancábamos. Había muchos artistas, desde Corrientes hasta ahí y se combinaban para trabajar. Yo arrancaba a las 10 de la noche. Ese encuentro fue genial. Habíamos ido a Esmeralda y Lavalle a comprar un cono de papas fritas. Vengo caminando, comiendo papas, y levanto la vista y la veo a Susana Romero, a Silvia Pérez, y lo vi al grande... Para mí es el más grande: Olmedo. Me mira y me dice: “Venga usted”. Entonces yo entré al cine-teatro, estaba despidiendo a la gente de la película, y me dice: “¿Y usted de dónde es?” “Yo soy uruguayo”, le dije. Me da la mano, me aprieta y me dice: “Nunca dejes lo que estás haciendo”. Ya está, fue una bendición.
Y mirá esto: cuando estoy trabajando en Lavalle y Florida me junto con un loco, Jesús se llamaba. Lamentablemente se fue “de gira”. Él trabajaba en los boliches, con alcohol y otras cosas. Yo hacía cinco personajes: hacía Pildorita, el gaucho Fafi, Coquito, el muñeco de madera, hacía una mujer enamorada del guitarrista. Me vestía de mujer, tenía gente que me ayudaba, ahí en la calle todo. Y después, un día Jesús me dice: “Tenemos que hacer algo en serio”. Le dije que sí, y nos pusimos a escribir. Escribimos una obra de teatro que hablaba de la droga, y la hicimos.
Viene un tipo y me dice: “Te quiero en el teatro de San Martín”. “No entiendo”, le digo. “Quiero que hagas esto en el teatro de San Martín”. “Sí, cómo no”, le digo. Me lleva un día a su casa, en Palermo (era un tipo con mucha plata). Y la hicimos, pero pusimos más gente porque éramos solo dos trabajando. Y cuando hago la obra en el teatro de San Martín, fue algo alucinante. ¿Quiénes me vienen a saludar al escenario? Fito Páez y Cecilia Roth. Fito me dijo: “¡Te amo!”. Para mí fue tremendo…
Vos me conocés hace años, a mí me viene la gente y me hablan de un contrato… A mí no me importa la plata. Si salimos bien, salimos bien los dos. Porque el que contrata es el que vende, yo soy un producto. Yo tengo que elaborar lo mío, y ta.
Pudiste haberte dedicado a cualquier otra cosa. ¿Qué te llevó por primera vez a pintarte la cara de payaso? ¿Te pareció una forma fácil y rápida de ganar dinero?
No, es que a mí me gustaba lo que hacía, no era tanto por el dinero. Ahí conocí al chileno Luis Flores, que sale en YouTube, el chileno Fumado. Con él trabajé en Mar del Plata y lo que vale es la satisfacción de que la gente te aplauda, que te venga a saludar, que te pida un autógrafo (porque no había celulares). Tu compañero me está sacando fotos y me acuerdo que la primera cámara con la ruedita la compré en Mar del Plata, allá trabajé en el año 99. Y era hermoso porque la gente te venía a saludar…
Pero eso lo supiste después de dedicarte a trabajar como payaso. ¿Qué te llevó a decir: “Voy a probar por acá, voy a pintarme la cara y ser payaso”? ¿Quién te inspiró a ir por ahí?
De muy chiquito que me gustaban los payasos y el circo. Hay un payaso que se llama (Oleg) Popov, un payaso ruso, 84 años, él trabajaba en el Tihany y era el jefe de los payasos.
¿Y por qué te bautizaste Pildorita?
Porque era el payaso más chiquito del circo (Tihany), cuando yo tenía 13 años.
Después, en el 89, te fuiste a probar suerte a Córdoba y ahí conociste al chileno Luis, el payaso Fumado. Hablame de él.
Luis es un gran amigo, aunque hace tiempo no me comunico con él. Yo llego a Córdoba como Pildorita con el “Bracamán peruano”. Él fue quien me enseñó a pararme en la calle. Me acuerdo que me enseñó a pararme y llamar gente con un bolso y yo decía: “Acá tenemos a la víbora Marta”, y la gente pensaba que yo iba a sacar una víbora. Se acercaba un niño y le decíamos: “Bueno, mi amor, ahora la víbora se va a enroscar en tu cuerpo y no tengas miedo que está vacunada y si te aprieta el cuello, llorá, porque uno llorando se desahoga”. Entonces, la gente se animaba. Y al chileno Luis lo conocí en Córdoba. Hacía un personaje, pero antes de eso trabajaba con el padre y la hermana, Palito y Chispita, hacían un espectáculo de humor.
“De muy chiquito me gustaban los payasos y el circo. Hay un payaso que se llama Oleg Popov, un ruso, 84 años, él trabajaba en el Tihany y era el jefe de los payasos. Yo me puse Pildorita porque era el más chiquito del circo cuando tenía 13 años”
Además, trabajabas. ¿Qué cosas hiciste en Buenos Aires?
Fui mozo en un bar, trabajé como carnicero de feria. ¿Qué pasa? En invierno hace mucho frío, no da para laburar en la calle. Entonces laburaba en el ómnibus con unos botines de la Comisión Benéfica Infantil. Nos daban los autoadhesivos, subíamos al ómnibus y le explicábamos todo a la gente, todo legal, eh. A mí me daban el autoadhesivo a 0,50 y solo tenía que vender a un peso —estaba marcado “1 peso” — y la ganancia no se veía. Entonces yo tenía que ir al comedor y liquidar. Eso era para un comedor que organizaba la Comisión Benéfica Infantil para atender a 300 gurises.
¿Qué te llevó a volver a Uruguay? ¿En qué momento decidiste volver al país?
En el año 1995 estaba Carlos Saúl Menem de presidente en Argentina, entonces nos poníamos a trabajar en la calle y la Policía nos llevaba detenidos. Pero no era un delito, era una contravención municipal mediante “vagancia, mendicidad y escándalo en la vía pública”. Llega un momento en que ya no te dejaban laburar en ningún lado, ni en el Parque Centenario ni en el Parque Lezama ni en el Rosedal de Palermo, ni en la Plaza 11... Empezamos a buscar lugares con el chileno y no encontrábamos nada… Nos llevaban presos, venía la Policía y nos decía: “Tienen que retirarse”.
Ahí me planteo volver a Uruguay. Cuando intento volver, gestiono el permiso para venirme y me dice la Policía: “Usted tiene 118 contravenciones municipales; tiene que pagarlas, si no, no puede ir”. Muy bien, voy a ver al comisario de la 1ª , ahí en Lavalle y Florida, y me hace un papel para que labure tres meses en la peatonal. “A los tres meses te tenés que ir, Pildorita”. Bárbaro, hago la plata y me vengo en el año 95.
“En España te podés comprar una casa, un auto, trabajando. Vos juntás 500 personas en una plaza y vos hacés tres o cuatro espectáculos, si sumás la plata, son 2.000 euros por día en temporada. Cuando laburás 45 días de temporada, hacés una plata, y te podés comprar un auto usado”
Hace unos años me decías que el artista callejero está mucho mejor visto en Europa. Casi como que acá se desprecia al artista callejero. ¿Lo seguís viendo así?
Sí, es así. En España, en Europa en general, el artista callejero es visto como un artista. Hay cada monstruo laburando en Europa… Igual que en la Argentina. En Argentina el artista callejero es artista callejero. Acá te ven laburar de payaso y te dicen: “Estás con la cara pintada nomás”. Te ningunean.
En España te podés comprar una casa, un auto, trabajando. La mínima colaboración en España es un duro, y un duro son dos euros. Te lo hago simple para que la gente entienda: vos juntás 500 personas en una plaza y si cada persona te dá un duro y vos hacés tres o cuatro espectáculos, si sumás la plata, son 2.000 euros por día en temporada. Entonces, cuando laburás 45 días de temporada, hacés una plata, y te podés comprar un auto usado, no de alta gama, pero algo.
¿Es cierto que por las tuyas estudiaste libros de psicología para poder tratar a los niños?
Es cierto, estudié psicología, pedagogía, estuve trabajando en la Teletón, estuve trabajando en la Peluffo Giguens, estuve trabajando en el Pereira Rossell. A mí me gusta el contacto con los niños, y viste que hay muchos niños que se asustan. Entonces, cuando voy caminando y la mamá ve que la niña se asusta, le digo: “Ponga en Youtube, así me va viendo y me conoce”. Y leí libros de psicología para vincularme mejor con los niños. Una vez, en Avellaneda, una maestra con túnica me decía: “¿Usted se animaría a venir a la escuela número 10 de Avellaneda?” “Sí, cómo no”. Pero no me dijo qué tipo de escuela era. Cuando entro, era una escuela para chicos con Síndrome de Down, y pensé: “¿Qué hago ahora?” Agarré, puse el maquillaje en la mesa y me empecé a vestir delante de los niños. Los niños venían, se arrimaban y les digo: “Píntense igual que yo”. Los niños caminaban igual que Pildorita, me dejaron el maquillaje hecho bolsa, pero no importa.
Igual que acá, en la escuela 204 del Prado para chicos con problemas. Entro y digo: “¿Qué hago acá?” Eran como 40 niños y había un tipo con un órgano y le digo: “Bueno, vamos a cantar”. Los niños me miraban y empecé a cantar el “Payaso Plim Plim”, “El elefante Trompita”. Y el director me dice: “¿Vos estudiaste?” “Bueno, leí libros, pero no me recibí de nada”. Me sale de adentro…
“Yo, más o menos, hago el jornal. No te rinde tanto como antes. Hubo pandemia, hay un problema de celulares en el ómnibus, la nomofobia: no poder vivir sin estar usando el celular, la gente tiene menos efectivo encima. Antes la gente no tenía celulares, había más efectivo, y la plata rendía más”
En 2013, cuando tu hijo Alejandro tenía 12 años, me dijiste que, si no fuera porque lo tenías a él, te volvías para Buenos Aires. ¿Qué te detuvo acá? ¿Estás seguro que te hubiera ido mejor del otro lado del charco?
Yo supongo que sí, porque los argentinos están más acostumbrados a ir al teatro callejero, porque hay mucha más gente (hay muchas provincias), tienen muchos más festivales… Allá es el Festival de la Aceituna, el Festival del Choclo, el Festival de la Cerveza y es un país mucho más grande.
¿Qué me detuvo en Uruguay? Bueno, en el año 95 me vine de la Argentina como hablamos, y trabajé un año como vendedor ambulante para ver cómo estaba la cosa. Salgo a un carnaval con Los Jokers imitando a Jorge Corona con Walter Tuala (que se fue “de gira”), y en el 96, comiendo un estofado con mamá en Avenida Italia y Larrañaga, me mira de noche mi santa madre, y me dice: “Mijo, ¿por qué no explotás lo que sos vos, pelotudo?” Le digo: “¿Qué querés que explote, mamá?” “Salí de payaso en los ómnibus”. Mamá había trabajado con Julio César Armi, “el actor de los humildes”, o sea que el teatro lo tenía muy incorporado.
¿Y cómo arranca Pildorita? Arranco en el ómnibus, algo que ya había hecho en Argentina, pero, aunque sea mi país, para mí era un país nuevo. Una noche estaba mirando televisión y en canal 4, en aquel momento daban películas todas las noches. Y en la tanda vi una publicidad que decía: “Compre Batón, compre Batón, compre Batón”. Dije: “Ta, es esto”. Estaba El Emporio del Caramelo en Mercedes y Eduardo Acevedo. Veo a mi padrastro y le digo: “Préstame 2.000 pesos”. La caja de Batón valía 50. Entonces, 50 batones a peso, ganaba mitad por mitad. Compré 40 cajas de batones, y arranqué así, vendiendo con la cara pintada en el ómnibus.
Este mes de mayo estás cumpliendo 30 años de trabajar como payaso en los ómnibus. ¿Cómo podrías resumir tu carrera, donde un día podés hacer un buen jornal, pero otro no, y estás supeditado a los humores de la gente?
Yo, más o menos, hago el jornal todos los días. No te rinde tanto como antes. Hubo un problema de pandemia, hay un problema de celulares en el ómnibus, la nomofobia: no poder vivir sin estar usando el celular, está el problema de las tarjetas, de pagar todo con tarjeta. Antes la gente no tenía celulares, había más efectivo, y la plata rendía más. Igual, uno saca el jornal.
¿No pensaste en estos 30 años en dejar tu oficio de payaso para buscar un empleo estable, de ocho horas, y con beneficios para tu jubilación?
La jubilación va a venir a los 60 años, por vejez. Dejar a Pildorita en este momento, no la veo, porque es lo único que tengo.
¿Vos aportás para tu jubilación?
No hay de dónde aportar. No hay una ley que diga: “acá podés aportar”. Cuando nos dieron la tarjeta estaba el monotributo, o sea que cuando te jubilás, no tenés jubilación. Pienso hacer como Carlitos Balá: morir a los 97 años arriba de un escenario.
¿Cómo es una jornada laboral tuya hoy?
Me levanto temprano, porque estoy en pareja y mi mujer se va a las 8 de la mañana porque trabaja en la Junta Departamental de Montevideo. Me baño, me afeito, me tomo un vaso de leche y arranco para los ómnibus, en Paso Molino. A las 5 de la tarde la voy a buscar a la doña y ahí vamos para casa.
¿De noche cambia la cosa? Digo, ¿hay gente que no tiene ganas de escuchar a un payaso cuando vuelve de trabajar a su casa?
Yo antes trabajaba hasta las once de la noche, hoy no. Ando por todos lados, por Rivera, por 8 de Octubre, por Avenida Italia, por todos lados. Yo no he tenido problemas con nadie, a ninguna hora. Hay gente que te mira con cara de colectivo chocado, agarra el celular y no se desprende.
¿Y cómo reaccionás cuando pasa eso, y sentís que te ignoran en el bus?
Yo les digo: “¿Para qué miran para afuera, si todos los días ven lo mismo? Yo sé que soy feo, pero hay gente más fea que yo”. Siempre meto un chiste para que la gente reaccione. Por ejemplo, cuando una mujer viene con el celular y está mandando un mensaje, le digo con todo respeto: “Disculpame, ¿te contestó?”, y con eso la descoloco, descomprimo. O viene un niño y me mira, y le digo: “Hola, ¿cómo estás? ¿Vas a la casa de la abuela?” “Sí”, me dice. “Bueno, comele todo, así mamá no cocina”, y ahí la gente se ríe.
Una vez subo y veo a una mamá con el nene. El nene me ve subir y me dice: “Hola Pildorita, ¿cómo andás? ¿Qué es esto? ¿Qué es lo otro?”, y me pongo a interactuar con el niño y la gente no existía. La gente miraba, pero no existía. Termino de hablar con él, y me pongo a trabajar en el ómnibus. Se me acerca la madre y me dice: “Después que termine de trabajar en el día, ¿podría venir por mi casa?” Quedé helado, y me dice: “Porque mi hijo es autista y casi no habla. Pero usted lo hizo hablar, con usted habló”. Eso te infla el pecho.
“Yo les digo: '¿Para qué miran para afuera, si todos los días ven lo mismo? Yo sé que soy feo, pero hay gente más fea que yo'. O viene un niño y me mira, y le digo: '¿Vas a la casa de la abuela?' 'Sí', me dice. 'Bueno, comele todo, así mamá no cocina'”
¿Cuántas horas al día estás con la cara pintada?
Desde que me despierto hasta que llego a casa. A veces estoy en casa con aquella, y vamos hasta el supermercado a hacer compras, y voy como Pildorita, a ver si hay alguna rebaja… pero no.
¿Y a vos qué te hace reír?
Me hace reír mucho Olmedo (lo sigo viendo en Youtube o Tik Tok), Pepe Biondi, nuestros artistas uruguayos como (Enrique) Almada, (Ricardo) Espalter, Berugo (Carámbula)… Hay mucho TikTok para sacar humor y hay situaciones que me hacen reír: los accidentes nabos, cuando la gente se cae.
¿Es mito o es verdad que los payasos y los comediantes en general son tristes, hoscos, malhumorados?
Hay un payaso chileno que hizo el poema “El Payaso”, José Maturana se llama. Hay otro que se llama “Reír llorando”. El payaso no es triste… El payaso, por más problemas que tenga, los normales, los que tiene todo el mundo, se pinta la cara y sale a hacer reír a la gente. Pero el payaso no es triste. Yo no me siento nunca triste, a no ser que fallezca un pariente, como hace cinco años que se fue mi vieja de gira y era mi cable a tierra.
Hace 13 años estabas haciendo gestiones para reivindicar tu tarea ante el Sindicato de Actores del Uruguay. ¿Qué pasó con eso?
Nada. No hubo apoyo ni de los artistas, ni de la gente que pertenece a eso.
Tuviste dos aneurismas y te operaron en el Hospital de Clínicas en 2010. ¿Volviste a tener alguna recaída en tu salud desde entonces?
Jamás. 21 de mayo de 2010 a las cinco de la tarde. No me quedaron secuelas. Al principio uno tiene miedo. Cuando terminaron de operar, tuve miedo. Yo tuve un año sin poder salir a trabajar. Mi vieja estaba al lado mío y me daba el desayuno, almuerzo, merienda y cena, y tomando pastillas para la presión. Ahí, a los 6 meses le digo al doctor Wilson: “Estoy preparado para trabajar”. Me sentó en la cantina del hospital y me dice: “Yo te voy a explicar algo: yo estudié, soy grado 5. Si yo te dejo laburar a vos y te pasa algo, me tengo que cortar las manos, así que vas a laburar cuando yo te diga”.
Y cuando se cumplió la licencia médica, vino a mi casa el doctor y me dijo: “Estás preparado para trabajar”. Y ahí volví a laburar. Wilson, Salles, Telles, Hernández y Ubal fueron los cinco médicos que tuve para mí solo.
¿Por qué tenés la voz cascada? ¿Mucho alcohol?
No, porque mucho tiempo trabajé sin micrófono, entonces las cuerdas vocales se van adaptando. Alcohol no, yo alcohol nada, ni en las fiestas.
¿A qué se dedica tu hijo Alejandro?
Mi hijo está trabajando, soy abuelo. Él está trabajando en un supermercado, me dijo que estaba estudiando artes marciales también, o enseñando artes marciales, no sé bien. Hace días que no me comunico con él. No se dedicó a lo mío. Pero siempre respetó que el papá era Pildorita.
“Quiero morir con la cara pintada. El día que
Pildorita y Enrique mueran, quiero que hagan una fiesta con globos, piñata,
torta y payasos. Y pongan una lata para que la gente deje dinero”, me dijiste
hace más de una década. ¿Seguís pensando igual?
Sí, porque quiero que la gente me despida, pero no con tristeza, porque nos vamos de gira. Capaz que en algún momento arrancamos en un burro, pero… la muerte… Yo vi la muerte cuando me operaron en el Clínicas. Yo vi cuando me estaban operando. Me vi colgado en un trapecio, el cuerpo de Enrique González en la camilla y yo me vi colgado. Después le pregunté al médico y me dice: “Lo que pasa es que te fuiste cuatro minutos y volviste, y nadie está preparado para eso, que sucede después que volviste a cerrar los ojos”. Yo quiero que me despidan con alegría.
¿Sos feliz?
Soy feliz.