Que el letrista no se olvide

Pasillos vacíos y persianas bajas: el “deterioro silencioso” de las galerías de Montevideo

El corazón comercial montevideano enfrenta una caída prolongada atravesada por múltiples factores y la IM pretende volver a revitalizarlo.

02.05.2026 08:00

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Por Felipe Capó
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Durante décadas, las galerías del Centro de Montevideo fueron parte del circuito clásico de compras. Pasillos con tiendas de ropa, relojerías, casas de electrónica, cafeterías y servicios convivían con el flujo constante de peatones sobre 18 de Julio, Colonia, San José y calles cercanas.

Hoy, el paisaje es otro.

Locales cerrados, carteles de alquiler, pasajes con escaso movimiento y actividad concentrada en unos pocos rubros forman parte de una postal repetida en varias galerías del Centro. A eso se suma un fenómeno que mencionan vecinos y comerciantes: menos circulación peatonal, más sensación de inseguridad y una zona que se apaga temprano.

El tema volvió a escena este año, luego de que la Intendencia de Montevideo anunciara un paquete de inversiones extrapresupuestales por más de US$ 300 millones, con foco en limpieza, veredas, calles, saneamiento y un plan específico para “revitalizar” la Ciudad Vieja. En paralelo, también avanza la reforma de movilidad metropolitana sobre 18 de Julio, avenida Italia y 8 de Octubre, que va a afectar a los productores y vendedores de la zona, para los que se prevén “compensaciones” por la obstrucción durante las obras.

Sin embargo, consultado por Montevideo Portal, entre quienes viven y trabajan en el Centro predomina la sensación de que persiste un deterioro que no responde a un solo factor ni comenzó ahora.

¿Qué dicen los vecinos? 

Juan Carlos trabaja como portero en un edificio de 18 de Julio, dentro de los tramos más ocupados de la principal avenida, y vive en la zona desde hace 14 años. Desde ese lugar vio cambiar el movimiento de la avenida y el vínculo que tenían los montevideanos con las galerías, que recuerda como espacios mucho más concurridos que hoy.

“Anteriormente sí frecuentaba mucho, porque era el lugar que nosotros teníamos para pasear, que no había en los shopping. Eran muy concurridas las galerías en ese entonces”, dijo. “Hoy en día ya no es tanto porque los shopping las absorbieron”, resumió.

Sin embargo, aseguró que el deterioro se debe en gran parte a la inseguridad y con escenas que se repiten a diario sobre la principal avenida. “Día a día veo a muchos indigentes, incluso durmiendo acá en la puerta del edificio, por lo que tenemos que llamar a la policía para sacarlos. Es muy frecuente, y más el tema de las drogas; ves mucha gente drogada”, afirmó.

Consultado sobre si esa situación se concentra en la noche, respondió que ocurre durante toda la jornada, aunque empeora fuera del horario comercial. “En la noche los que andan son los zombis, que andan totalmente drogados y pidiendo. Y es un peligro para todos”, sostuvo.

Sobre los anuncios de inversión para la zona, se mostró a favor de mejoras urbanas, aunque entiende que, por más que “mejorar sería fabuloso”, prefiere que “que se fijen cómo están las puertas, rejas y demás”, donde proliferan “grafitis que quedan horrible”, señaló.

A pocas cuadras de allí vive Ana María, jubilada, que llegó al Centro hace unos 18 años después de enviudar. Venía de vivir sobre una calle no muy lejana y buscó un apartamento más chico, en una zona con servicios cerca y donde pudiera manejarse caminando.

“Me vine para acá para estar sola en un apartamento, porque aquel era más grande”, contó. Desde entonces mantiene una rutina muy ligada al barrio. “Acá es lo que tenemos. Todo yo misma, acá caminando y comprando por acá”, relató.

Al igual que el portero, también percibe una baja en la actividad comercial del barrio, y aunque vive sobre 18 de Julio, reconoció que cuando sale con amigas suele elegir otro destino. “Yo te digo que vivo acá y cuando salgo con mis amigas, ¿dónde vamos? A un shopping. Porque así caminamos y tomamos el té”, comentó.

Al igual que otros entrevistados, mencionó la inseguridad como uno de los cambios más notorios de la zona en los últimos años. “Uno tiene miedo”, sintetizó.

En una calle circundante vive Miguel, que llegó al Centro en 2011 y conserva el recuerdo de una etapa más dinámica de las galerías, cuando integraban el circuito habitual de compras y paseo.

“Cuando empezaron las galerías era una cosa muy atractiva, se frecuentaba. Estaban con comercios agradables”, recordó. “Eso fue decayendo, en parte porque los shoppings le robaron gente al negocio del centro”, afirmó.

Para Miguel, además, hubo cambios más recientes en la forma de consumir. “Las ventas online han bajado la concurrencia de la gente en los negocios. Entonces los negocios están mucho más vacíos que antes”, señaló.

También marcó una diferencia clara entre el día y la noche en la zona céntrica. “En la noche es otro mundo el Centro”, dijo. Consultado sobre cómo impacta eso en la vida cotidiana, respondió: “Se sale con temor”.

Respecto a las obras previstas sobre 18 de Julio y al nuevo esquema de transporte, se mostró escéptico sobre sus efectos comerciales. “Yo pienso que es lo contrario, no va a lograr nada el tema. En la etapa de obra evidentemente se van a afectar todos los negocios, eso ya lo dijeron”. En ese sentido, una vez terminado, “el transporte va a ser mucho más rápido y más ágil, y la gente va a estar menos en el Centro”, opinó.

Con matices distintos, los tres vecinos coinciden en que hay una pérdida de atractivo del Centro que responde, en mayor o menor medida, a un proceso largo donde se mezclan cambios de consumo, competencia de los shoppings, ventas online, inseguridad y una zona en la que en ciertos momentos del día no se puede habitar.

“Las galerías solas no se van a reconstruir”

Foto: Javier Noceti (Archivo)

Foto: Javier Noceti (Archivo)

Dentro de Galería Central entre Wilson Ferreira Aldunate (antes Río Branco) y Julio Herrera y Obes, uno de los pasajes comerciales que sobreviven en el Centro, trabaja Ignacio Epíscopo, segundo y actual dueño de la Vieja Bohemia, un local dedicado a artículos retro, coleccionismo y objetos vinculados a la nostalgia. Su vínculo con el lugar, sin embargo, viene de mucho antes de ese emprendimiento.

Su padre tuvo allí un comercio durante cerca de 25 años, y desde chico conoció el movimiento de una galería que, según recuerda, funcionaba como paseo comercial y tenía una ocupación casi total. “Estaban todos los locales llenos y con diferentes rubros. Había casas de indumentaria, peluquerías, joyerías, locales de videojuegos. Era raro ver un local vacío”, señaló.

En sintonía con los vecinos de la zona, Epíscopo sitúa el comienzo del deterioro entre fines de la década del 2000 y los años posteriores, cuando confluyeron varios factores. Por un lado, menciona el impacto de las crisis económicas sobre pequeños comerciantes y emprendedores. Por otro, la expansión de los centros comerciales tradicionales.

“Las galerías están compuestas por muchos emprendedores, porque es un lugar de acceso más económico que un local sobre 18 de Julio. Cuando vienen crisis que golpean al consumo, los primeros que caen son esos, los que no tienen espalda para aguantar”, afirmó.

A su entender, luego apareció una competencia desigual. “Pasamos de tener uno o dos shoppings en la ciudad a tener varios. Tenés Terminal Tres Cruces, Punta Carretas, Montevideo Shopping, Plaza Italia. Aparecieron un montón de ofertas comerciales donde está todo concentrado ahí, las mejores marcas, y la gente deciden ir ahí”, sostuvo.

Para Epíscopo, ese cambio modificó también la función urbana de la principal avenida, e hizo que 18 de Julio pasara a “un tema laboral”. La gente viene a trabajar o a hacer un trámite. Ya no tanto a pasear”, resumió.

El comerciante entiende que el problema no pasa solo por la competencia externa, sino también por decisiones históricas sobre el uso de la zona. En ese sentido, cuestionó los horarios comerciales y la falta de atractivo fuera de la jornada de oficina.

“En otros países vos salís de trabajar a las seis de la tarde y el centro sigue abierto hasta las diez u once de la noche. Acá la gente sale de trabajar y está todo cerrando. Uruguay va en contrarreloj de la gente”, dijo.

También vinculó la pérdida de movimiento con la falta de incentivos para recorrer la avenida. “Cuando 18 de Julio se hace peatonal se llena de gente. Ahí te das cuenta de que, si pasa gente, hay consumo. Si pasan 200 personas frente a tu local, alguien entra”, planteó.

Sobre el estado actual de muchas galerías, marcó un problema estructural que se repite puertas adentro, ya que hay pocos locales ocupados sosteniendo edificios pensados para otra escala comercial.

“En una galería capaz que tenés 40 locales y ocho están ocupados. Entonces ocho gastos comunes tienen que mantener una estructura para 40. Apenas juntás para pagar tributos y abrir la reja de mañana”, explicó.

Por eso, considera difícil una recuperación espontánea sin coordinación pública y privada. “Las galerías solas no se van a reconstruir, no van a levantar. Tiene que haber inversión, ideas y trabajo en conjunto”, sostuvo.

Asimismo, Epíscopo no descarta y reconoce que hay problemas de seguridad en la zona, aunque insiste en que el principal déficit es estratégico. “Más que inversión, le falta cabeza a 18 de Julio. A veces no precisás millones de dólares por cuadra. A veces precisás ideas, ejecutar cosas, mejorar la imagen, la limpieza, la movilidad”, afirmó.

Pese al diagnóstico crítico, mantiene una expectativa de recuperación a mediano plazo. “Va a llegar un momento en que las galerías levanten un poco más, porque se van a tener que dar cuenta de que son paseos y también parte de la historia”, concluyó.

Cambio de modelo: “una cadena de eslabones negativos”

Si los vecinos consultados describen el problema desde la experiencia cotidiana y los comerciantes de galerías desde la supervivencia puertas adentro, Daniel Fernández lo mira en una escala más abierta, en la que ve el impacto que también reciben los almacenes, bares, autoservicios, pequeños comercios y locales gastronómicos de la misma zona.

Como presidente del Centro de Almaceneros, Minoristas, Baristas, Autoservicistas y Afines del Uruguay (Cambadu) , un centro con más de 130 años de historia, sostiene que el retroceso del Centro no es un fenómeno reciente ni atribuible a un único factor, y lo definió como un desgaste prolongado, acumulativo, donde cada dificultad fue debilitando a la siguiente actividad hasta alterar la centralidad histórica de la zona. “Una cadena de eslabones negativos”.

Para Fernández, la discusión sobre 18 de Julio suele quedar atrapada entre explicaciones parciales: la inseguridad, los shoppings, las obras, el e-commerce o hasta la pandemia. A su entender, todos esos elementos pesan, pero ninguno alcanza por sí solo para explicar la magnitud del cambio.

Desde la gremial aseguran que comerciantes del Centro, Cordón y Ciudad Vieja transmiten hace años diagnósticos similares: menor circulación peatonal, ventas más difíciles, horarios más cortos y menos capacidad para sostener estructuras tradicionales.

Fernández describe una ciudad donde el Centro fue perdiendo densidad económica de forma gradual. Es decir, no solo cerraron locales, sino que también se redujo el flujo de trabajadores, clientes frecuentes y actividades complementarias que mantenían viva la zona durante todo el día.

“Hoy lo ves vacío a cualquier hora de la mañana o de la tarde. Muy poca gente circulando por el Centro”, afirmó.

En su visión, cuando una centralidad pierde masa crítica empieza un círculo complejo, en el que menos gente implica menos ventas; menos ventas generan cierres; más cierres restan atractivo; y eso, a su vez, vuelve a bajar la circulación.

Uno de los puntos que marcó Fernández, a diferencia de los anteriores entrevistados, fue que hubo un desplazamiento del dinamismo económico del barrio hacia Carrasco, proceso que —según dijo— se aceleró luego de la pandemia.

“Estudios jurídicos, notariales, despachantes de aduana, todo eso se fue para Carrasco. Hoy Carrasco, gastronómicamente, según lo que nosotros manejamos, está en un esplendor. En la década del 50 estaba para los boliches; ahora esos grandes estudios también se fueron para Carrasco. [Además de los boliches] Tenés compañías de seguro, grandes casas con —en general— buenos salarios, y circula la gente por ahí. Mientras tanto, la Ciudad Vieja se pauperizó y se empobreció”, afirmó.

La observación excede el rubro gastronómico. En términos urbanos, implica que parte del consumo diario asociado al trabajo —almuerzos, cafés, compras rápidas, reuniones, trámites y eventos after office— dejó de concentrarse en el casco histórico. En otras palabras, no solo cambió dónde están los locales, sino que cambió dónde está la demanda.

En ese sentido, Fernández insistió en que muchas veces se subestima el peso económico de las oficinas en la vida comercial de una zona.

“Fíjate lo que mueve una oficina grande. No es solo la oficina: es la gente que desayuna, almuerza, toma café, compra algo al mediodía, hace un trámite, sale después del trabajo. Todo eso genera movimiento. Cuando esos lugares se fueron, se sintió”.

Por eso entiende que la pérdida de oficinas en Ciudad Vieja y sectores céntricos no fue un dato menor para el declive de los paseos comerciales en la principal avenida, sino uno de los mayores cambios estructurales  de los últimos años.

La relación de competencia con los shopping

Aunque no lo presenta como la única explicación, Fernández también ubica a los centros comerciales tradicionales como actores decisivos en la reconversión del consumo montevideano.

Para él, los shoppings no ganaron solo por cantidad de marcas, sino por una experiencia integral que tiene estacionamiento, seguridad, climatización, horarios extendidos, gastronomía y previsibilidad.

“Hoy en el shopping, sea cual sea al que vayas, entrás y dejás el auto como querés y nadie te dice nada. Te brinda toda la seguridad del mundo. Si bien algún robo hay robos en los shoppings y demás, tenés una verdadera sensación de seguridad.

En esa lógica, el Centro quedó muchas veces compitiendo en desventaja. Quien va en auto enfrenta dificultades para estacionar —además de, en muchos casos, tener que pagar estacionamiento tarifado—, largos tiempos de traslado y una experiencia menos cómoda. Quien va a pasear encuentra menor oferta integrada y una zona que se vacía temprano.

Fernández incluso remarcó que la percepción de seguridad importa tanto como la seguridad real. Aunque aclaró que también existen delitos en los centros comerciales, entiende que allí el consumidor siente mayor resguardo.

“Todo eso ha ido llevando a correr la gente del Centro”, sintetizó.

El último que apague la luz

Otro punto reiterado por el dirigente fue el horario urbano. Según dijo, después de cierta hora el Centro, Cordón y especialmente Ciudad Vieja pierden vitalidad de manera abrupta.

“Hoy, el Centro, Cordón, y Ciudad Vieja, después de las cinco de la tarde, son tierra de nadie”.

De forma clara, el jerarca asocia a la tarde céntrica con la imagen de persianas bajas, menos peatones, menor presencia comercial y una calle menos atractiva para quedarse.

En ciudades con centros activos, la jornada económica no termina con la salida de oficinas. Continúan restaurantes, tiendas, ocio, cultura y circulación nocturna temprana. Cuando eso no ocurre, el comercio diurno carga con todo el peso de la rentabilidad.

Fernández lo vinculó además a la pérdida de usos complementarios. Menos oficinas, menos cines, menos bares tradicionales y menos flujo espontáneo terminan recortando el horario útil del barrio.

“Han estropeado todos los frentes”

El dirigente también hizo foco en el estado visual del entorno. Además de las persianas bajas, profundizó en los frentes intervenidos con grafitis, la suciedad y una falta de mantenimiento general como factores subyacentes que “han estropeado todos los frentes” del casco histórico de Montevideo y el centro de la capital.

Hacés una recorrida después de las siete de la tarde hasta en Cordón —ya ni te meto en 18 o la Ciudad Vieja— y no ves una vidriera. Todos son cortinas bajas y llenas de grafitis”, expresó.

A su entender, no se trata solo de una cuestión estética, sino que la imagen urbana condiciona dónde caminar, quedarse, invertir y dónde abrir un negocio.De acuerdo con esto, para un pequeño comerciante, la cuadra también vende, y la fachada del barrio importa tanto como la del local.

Fernández agregó que esa escena transmite una sensación de abandono difícil de revertir si no hay mantenimiento constante y señales visibles de cuidado público.

Costos altos con menos espalda

Consultado por la estructura de costos, el jerarca de la gremial sostuvo que el problema no se limita al alquiler. De acuerdo con esto, señaló tasas municipales, cargas laborales, aportes sociales, costos operativos y un contexto general caro para hacer comercio en Uruguay.

“Los costos del comercio son caros. Las tasas municipales son elevadas y después, si tenés personal, BPS y demás, son caros en general. Uruguay es caro en todo”.

En escenarios de ventas dinámicas, muchos costos se absorben. El problema aparece cuando la facturación cae y la estructura permanece.

Ese descalce golpea especialmente a pequeños y medianos comercios, que, en concordancia con lo que mencionó Epíscopo en la sección anterior, tienen menos espalda financiera para sostener meses flojos, remodelaciones de zona o cambios bruscos en el entorno.

Fernández señaló que algunos alquileres bajaron en el Centro, pero eso no compensa por sí solo el resto de la ecuación.

El temor por las obras

Sobre las reformas urbanas y de transporte previstas para el eje central, Fernández no rechazó la necesidad de invertir, pero advirtió que las obras mal gestionadas pueden agravar el presente comercial.

¿Y qué pasa con el comercio en esos dos, tres meses que está tiene cero venta? ¿Quién se va a hacer cargo de las cargas fiscales, personal y demás? De eso nadie ha hablado todavía”, cuestionó.

También señaló que en otras ciudades, muchas obras intensivas se ejecutan en horarios nocturnos o fines de semana para reducir impacto económico.

La crítica central no es a la obra en sí, sino a la ausencia de planificación compartida con quienes dependen de la calle abierta para vender.

De larga decadencia

Con base en los distintos análisis ofrecidos, Fernández remontó el deterioro 30 años atrás, en los 10 años de gestión del intendente frenteamplista Mariano Arana, quien tomó decisiones urbanas que, a su juicio, afectaron antiguos corredores comerciales.

Desde la época de Arana fue el primer golpe grande con el famoso cepo, que mató las calles Colonia, Soriano, Plaza Independencia, todas partes que eran muy comerciales”, sostuvo.

Su lectura histórica es que el Centro no cayó de golpe. Fue perdiendo cuadras, rubros y protagonismo de forma paulatina. Primero algunas calles, luego otras. Después ciertos negocios y ahora cadenas más amplias.

Se fueron muriendo varias cuadras, después otros comercios como los cines, y una cosa fue trayendo la otra y el deterioro. Esto es un cúmulo de desaciertos”, afirmó.

¿Qué falta?

Cuando se le preguntó por soluciones, Fernández evitó recetas técnicas. Dijo no ser urbanista ni decorador, pero sí identificó una carencia política y estratégica.

A su entender, Montevideo no logró sostener un programa consistente de reconversión para su centro tradicional, mientras otras zonas crecieron con una identidad comercial más clara.

Habría que embellecer el Centro, limpiarlo, decorarlo, darle mucha seguridad y sensación de seguridad. Si no, es muy difícil”, sostuvo.

También recordó intentos pasados de peatonales y extensión horaria comercial que no prosperaron, en parte por costos laborales y en parte por desánimo empresarial.

Detrás del diagnóstico de Cambadu aparece una pregunta mayor: qué función debe cumplir hoy el Centro de Montevideo.

Si deja de ser un polo de compras, si pierde oficinas y si no se consolida como espacio fuerte de ocio, turismo o residencia, corre el riesgo de quedar en una zona gris entre varias identidades.

Daniel Fernández entiende que ese vacío de conducción explica buena parte del problema. Mientras los shoppings ofrecieron una propuesta concreta y Carrasco agrandó su oferta actividad, el Centro quedó esperando una redefinición que no termina de llegar.

“En otros países los centros se reconvirtieron y hoy son exitosos. Acá, no hay ningún programa”.

Por Felipe Capó
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