Nació en Irán, creció en un país marcado por el control político y religioso y hoy vive en Uruguay, donde intenta reconstruir su vida lejos de la represión. La historia de Kiana Malek es también la de miles de iraníes que en los últimos años han decidido abandonar su país en busca de libertad y seguridad.

Desde Montevideo, Malek sigue con atención cada noticia que llega desde Irán. Las protestas, la persecución política y las restricciones a las libertades individuales forman parte de una realidad que, según explica, atraviesa la vida cotidiana de millones de personas, especialmente de las mujeres.

En diálogo con Montevideo Portal, la ciudadana iraní reflexiona sobre su experiencia personal, la situación política y social de su país y el impacto que tienen los conflictos actuales en la población civil.

En esta entrevista, Malek también habla sobre su proceso de adaptación a Uruguay, el contraste entre ambas sociedades y la importancia de contar lo que sucede en Irán para que el mundo no mire hacia otro lado.

Viviste toda tu infancia y adolescencia en Irán ¿Te viniste sola o con tu familia?
Vine con mi madre, al principio. Ella me acompañó en todo el proceso de adaptación, que no fue fácil: aprender el idioma, entender cómo funciona la cultura, cómo se estudia, cómo se trabaja. Todo era nuevo. Después, ella tuvo que volver a Irán porque tenemos una familia grande allá y era necesario que regresara. Entonces me quedé sola acá, pero ese primer tiempo con ella fue muy importante para poder empezar a construir mi vida en Uruguay.

¿Por qué viniste a Uruguay? ¿Cómo surgió la idea?
Teníamos conocidos acá. A través de ellos, mi madre vino primero, conoció Uruguay y se enamoró del país. Siempre decía que era el país más tranquilo del mundo. Cuando venís de un lugar complicado, donde hay tensión constante, un lugar tranquilo se valora muchísimo. Me habló tanto de Uruguay que yo decía: “Cuando sea más grande quiero ir”. No fue una decisión impulsiva, fue algo que fue creciendo en mí.

Salir del país no fue una decisión fácil, pero a veces es la única forma de poder vivir en libertad.

¿Qué significaba para vos ese “lugar complicado”?
Significaba vivir con miedo, con incertidumbre. No necesariamente miedo todos los días, pero sí la sensación de que no había libertad real, de que el futuro estaba condicionado por decisiones políticas que no podías cambiar. Cuando sos chica no lo entendés del todo, pero lo sentís. Después, cuando creces, lo comprendés más claramente.

¿Cómo hiciste la reconversión académica cuando llegaste?
Tuve que revalidar todo el liceo que cursé en Irán. Fue un proceso largo, con trámites, papeles, traducciones. Pero gracias a eso pude empezar a estudiar en la facultad. Estudié informática. No terminé la carrera, pero me capacité, trabajé y tuve oportunidades de crecimiento. Uruguay me dio esa posibilidad.

¿Te sentiste bienvenida?
Sí. Al principio fue difícil porque estaba sola, pero la mayoría de las personas que conocí fueron muy buenas conmigo. Siempre me acompañaron, me apoyaron. Obviamente, hay de todo, pero en general la experiencia fue positiva. Eso hizo que el proceso migratorio fuera más llevadero.

¿Practicás alguna religión hoy?
No, no soy religiosa. Lamentablemente, con todo lo que pasa en mi país, uno se vuelve ateo… no sé si esa es la palabra correcta. Creo en algo, pero no puedo ponerle un nombre.

¿Siempre fue así?
No. En Irán, desde que nacés te enseñan a practicar el islam. Es parte de la educación formal y social. Toda tu vida gira en torno a eso. Si no creés, te genera culpa. Yo practicaba bastante cuando era más chica porque así nos educan. Pero con el tiempo empezás a cuestionar. Empezás a ver contradicciones entre lo que se predica y lo que realmente pasa en el país.

Cada vez que veo lo que pasa en mi país, siento que no puedo dejar de contarlo.

¿Qué contradicciones?
Muchas veces sentimos que usan el nombre de Dios para justificar abusos de poder. Cuando ves que la religión se utiliza para controlar, para reprimir o para justificar injusticias, algo se rompe. Entonces, uno se aleja.

¿Eso influyó en tu decisión de irte?
Sí, cien por ciento. No fue el único motivo, pero fue parte del proceso. Empezás a abrir los ojos y a darte cuenta de que querés otra vida.

¿Cómo vivió la familia tu salida?
Fue un sacrificio enorme para mis padres. Somos una familia muy unida. Cuando te vas, dejás todo: cultura, idioma, comida, amigos y, sobre todo, familia. Es un proceso muy doloroso. Hay mucha soledad al principio. Nosotros hablábamos todos los días cuando había internet. Fue difícil para todos, pero entendieron que era una oportunidad para mí.

¿Te sentiste culpable por irte?
Sí, a veces. Porque cuando te vas y las cosas empeoran en tu país, sentís que dejaste atrás a los que están sufriendo. Pero también entendés que desde afuera podés ayudar de otra forma.

¿Formaste familia en Uruguay?
No tengo familia directa acá. Tengo novio, que hoy es mi familia. Y si algún día tengo hijos, les voy a enseñar todo sobre Irán.

¿Qué significa para vos ser “orgullosamente iraní”?
Significa amar mi cultura, mi idioma, nuestras tradiciones. Practico mi cultura todos los días. Les enseñaría la comida, cómo saludamos, nuestras celebraciones como el Año Nuevo persa. Yo festejo todo, mis raíces son muy importantes para mí. Ser crítica del gobierno no significa no amar a tu país.

¿Hay comunidad iraní en Uruguay?
Es muy pequeña. Tengo pocos amigos iraníes, pero muy cercanos. Nos juntamos, cocinamos, hablamos de política y compartimos lo que está pasando. Nos acompañamos mucho emocionalmente.

Desde Uruguay, ¿cuál sentís que es tu rol frente a lo que ocurre en Irán?
Cada persona tiene un rol en la vida. Yo podría haber sido una de las que salen a la calle allá. Podría haber recibido una bala. La única diferencia es que estoy acá. Entonces mi responsabilidad es hablar, contar lo que pasa. Lo único que tenemos en este momento es nuestra voz.

¿Qué está pasando hoy en Irán?
Estamos viviendo un momento muy duro. El gobierno, que debería proteger a la gente, la reprime. Hay ejecuciones, hay estudiantes, médicos y ciudadanos comunes que arriesgan su vida cada día. Mucha gente sale pacíficamente a pedir justicia y libertad.

La libertad es algo que uno recién valora de verdad cuando la pierde.

¿La mayoría de la población está en contra del gobierno?
Sí, 100%. Al menos en mi entorno y en lo que vemos. Hoy el enfoque de muchos iraníes es visibilizar lo que pasa: las cárceles, las ejecuciones, las protestas en las universidades. No estamos subiendo fotos de nuestra vida cotidiana; estamos mostrando la realidad.

¿Cómo ves la cobertura internacional?
Creo que muchas veces se politiza demasiado y se pierde la dimensión humana. Se habla desde intereses geopolíticos y no desde el sufrimiento real de la gente común.

¿Cómo imaginás el futuro?
La dictadura siempre tiene un fin. El problema es que hay muchos intereses regionales y globales. A veces siento que se estira la situación para que el gobierno aguante un poco más. Pero tengo fe en que va a cambiar.

¿Volverías hoy a Irán?
Volví una vez antes de las protestas de 2022 para ver a mi familia. Pero ahora, como hablo públicamente contra el gobierno, tengo miedo. No volvería hasta que cambien las cosas. Espero poder volver algún día sin miedo a mis raíces.