Lejos de la multicultural Tel Aviv, una especie de Miami con mar turquesa y edificios que iluminan el cielo con sus luces, está Goren, un poblado al norte de Israel ubicado a menos de tres kilómetros del Líbano. Allí, todo parece ir en pausa. En este día de julio, en el que el calor se hace sentir, no se escucha ningún bombardeo. No siempre es así.

En la casa de Silvia predomina el blanco, que contrasta con el color arena del afuera, el mundo árido. Cocinó pan de banana y el olor a dulce invade el living. Ella habla en un español que para oídos rioplatenses suena neutro, pero también en hebreo. Es probable que en su niñez en Costa Rica —un país que ni siquiera tiene Ejército— jamás pensara que algún día viviría en Israel. Menos que llegaría por amor.

Para llegar a Asia, primero Silvia emigró al norte: Estados Unidos. Vivió 30 años en California, se casó, tuvo dos hijos y se divorció. Un día, conoció por primera vez a un israelí, el hombre con quien volvería a casarse y enamorarse, el hombre que también sería el padre de sus otros tres hijos.

Su vida transcurrió entre Costa Rica y Estados Unidos hasta que un día su esposo contrajo un cáncer que solo podía tratarse en Alemania o Israel. En 2017, se mudaron con todos sus hijos. Esa era, según relata Silvia, “la última esperanza” para que él se salvara. Llegaron en setiembre de ese año y su esposo murió en 2018.

“¿Por qué les cuento esto? No es para que digan ‘pobrecita’, sino porque yo esperaba que él aquí me enseñara todo, cómo se maneja todo”, explicó. Mudarse a Israel significó para Silvia aprender un nuevo lenguaje, entender nuevas “costumbres”, adaptarse a una nueva tierra. Llegar y atravesar un duelo doloroso mientras criaba a sus hijos. Dice que se apoyó en la comunidad, en la familia de su esposo, en quienes le echaron una mano para que saliera adelante.

Sin él, logró adaptarse, aunque la realidad como ella la conocía cambió el 7 de octubre, día en el que el grupo terrorista Hamás invadió Israel, mató unos 1.250 civiles y secuestró a 250 en el sur. Ella, que no había tenido antes contacto con la guerra, tuvo que aprender a manejarse.

Meses antes, Silvia había insistido a su suegra en instalar un refugio —un cuarto “seguro” sin ventanas, con una heladera, una mesa de madera y aire acondicionado— en el terreno de su casa. Ese tipo de estructuras protege a las personas de los ataques de misiles, aunque los humanos pueden abrirlas con sus manos. Después del 7 de octubre, en Israel, se han convertido, de algún modo, en un símbolo de estatus económico.

Silvia percibía la urgencia de protegerse, de tener un lugar al que correr cuando las bombas estallaran. Dice que a la gente del norte no le importaba, que estaban tranquilos con sus casas de cemento. Pero ella insistió y un mes antes de que la realidad explotara, le instalaron su refugio.

“Yo no entendía qué estaba pasando, nada más empecé a ver las noticias y me di cuenta de que no llegaba el Ejército, que no llegaba la Policía, que no llegaba nada y a mucha gente que no tenía una tranca por dentro de su refugio, un seguro por dentro, y le abrieron y entraron”, recuerda.

Es que los refugios están pensados para los misiles. Fuentes del gobierno de Israel señalaron bajo anonimato a Montevideo Portal que el ataque por tierra de Hamás no estaba previsto, aunque la Mossad, la agencia de Inteligencia, advirtió que había movimientos próximos a la frontera con Gaza y dio cuentas de que podía darse. El 8 de octubre del 2023, Hezbolá, en apoyo a Hamás, comenzó a lanzar cohetes al norte, en la frontera con el Líbano. Silvia y su familia escucharon los bombardeos, que Israel también respondió con sus propios ataques.  

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Lo primero que Silvia hizo cuando se dio cuenta de que las bombas sonaban cerca de su casa fue correr y ver qué era lo que ocurría. Su instinto fue irse de su casa. Su hijo más grande se unió de inmediato al Ejército. Ella viajó con sus suegros, sus hijos y sus mascotas a casa de su cuñada. Allí estuvieron dos semanas, pero luego se fueron.

Esos días los vivió con “estrés”. Silvia no sabía qué pasaba con su hijo, con quien el contacto era casi nulo. También sabía que tenía que proteger a los más pequeños. Su familia, sus allegados, le escribían. Le decían que tenía que irse. “Que todo el mundo se tiene que salir de Israel. Yo decía: ‘¿Qué hago?’”.

Irse implicaba dejar a su hijo solo en un país en guerra; quedarse, arriesgar su vida y la de los otros niños. “Nunca había pasado una guerra en mi vida. Costa Rica es muy pacífico”, explica, mientras rememora la nebulosa de lo desconocido. Después de pensarlo, Silvia decidió irse a Barcelona, que "estaba en el medio". Pensaba que, si las cosas se complicaban, volvería a su país o a Estados Unidos, y si se calmaban, a Israel.

Ese lapso duró dos meses. Dos meses eternos, con estrés y poco disfrute. “No estuve tranquila por estar siempre pensando en lo que pasa acá”, contó. Hasta que un día, después de haber recibido varios llamados en los que todos sus allegados le decían que en Israel “no pasaba nada”, se armó de fuerza y volvió.

“Extrañaba mucho a mi hijo y me regresé. Quiero que sepan que en ese momento yo no tenía tanto tiempo de estar aquí, yo tenía seis años y medio. Cuando llegué a Israel, yo sentí una paz. Es algo inexplicable el sentir que llegas a un lugar donde todo el mundo te entiende. Donde todos saben lo que estás pasando. Porque en ningún otro lugar te entienden como aquí. Y eso es algo muy fuerte. Yo viví 30 años en Estados Unidos, viví en Costa Rica toda mi juventud. Y sentí, de verdad, que llegué a mi casa”, dice.

Silvia dice que lo sintió así, aunque “haya guerra, bombas y todo los burumbum que hay acá”: “Es como un refugio que necesitamos tener. Todos necesitamos tener ese refugio, especialmente si eres judía”.

Durante un año, ella y su familia vivieron en un hotel. Otro lo hicieron en un apartamento alquilado. Se llevó muebles de su casa, se instaló, pero sabía que ese lapsus, ese tiempo que estuvo en “suspensión”, se terminaría.

“Uno tiene la esperanza que ya se va a acabar. Hay mucha suspensión en tu vida porque tú no sabes cuándo se termina, cuándo regresas, cuándo vale la pena pagar para traer cosas o para hacer un cambio cuando tal vez acabe ya”, explicó.

Antes de volver a su casa, viajó con su hija a Costa Rica, quien había recibido pasajes como regalos de su bat mitzvah —cumpleaños de 12—. En ese período de tiempo, Irán comenzó a atacar a Israel, por lo que tuvieron que aplazar su regreso un mes más. Hasta que un día volvió instalarse en la casa que llama hogar.

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La vida, cuando la guerra azota a metros y es parte de la cotidianidad, va más allá de mantenerse a salvo. También tiene impacto en lo económico, en los ingresos, en la vida como antes la conocían. Su ingreso, por ejemplo, dependía de dos cabañas que alquilaba por aplicaciones de internet. Con el incremento de la violencia, se terminó el turismo, y sin turistas nadie le alquilaba.

También cuenta aquel tiempo que ella describió como en “suspensión”. Es que una casa abandonada se desmejora: las ratas se comieron su heladera y su computadora, había que restaurar las cabañas, la piscina, la pintura. Es decir, gastar el dinero que no había facturado en meses, aunque sí siguió cobrando la pensión por la muerte de su marido.

“Como yo era sola, yo no venía para acá, más que cuando era absolutamente necesario porque me daba mucho miedo el camino. Y como yo soy la única que queda para ellos, a mí me daba miedo”, relata.

Dice Silvia que cuando volvió el gobierno le dio unos 5.000 shéqueles —lo que equivale a tres noches de alquiler de las cabañas—, pero ella tuvo que invertir 40.000 para que estuvieran como antes de la guerra.

Y entonces, dice, otra vez las bombas.

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Para Silvia, la gente en el Centro de Israel “no se da cuenta” de lo que pasa en el norte. Sus días están marcados por la “incertidumbre”, por el miedo de una guerra que para gran parte de la sociedad es parte de su cotidianidad y es difícil percibirla.

“¿Cómo los voy a llevar a la playa si hay drones? Ahora está calmado, pero hace una semana yo jugaba como ruleta rusa. Si la noche había estado calmada, mandaba a los niños a la escuela. Si no, no”, dice. Silvia recuerda un día en el que un dron explotó en la parada de ómnibus de niños de la escuela a la que van sus hijos. Ese riesgo “no vale la pena”, insiste.

De todos modos, Silvia no quiere moverse. Para ella, Goren es su lugar. “Esta es la tierra de nosotros. Si todos empezamos a irnos, ¿qué va a pasar? Tenemos que estar firmes aquí, que es precioso. Para mí el norte de Israel es lo más lindo que hay”.

La forma de pensar de Silvia dista de la de sus seres queridos, que cuestionan por qué sigue en Israel, algo que le “pesa”. “Tú no sabes si estás tomando la decisión correcta quedándote”, reconoce. Su decisión tiene que ver con salir adelante por sí misma, con no “depender” de otras personas”. “Este es mi lugar, esta es mi casa”, insiste.

Ella confía. Dice que tiene “fe”. Que van a encontrar “alguna solución” a una guerra que escala en violencia. Que ella quiere “calma” y “paz permanente”. Que sus hijos salgan de esta situación. En el momento en el que Silvia habla, el 18 de junio del 2026, Estados Unidos e Irán firmaron un acuerdo de paz que ya se rompió. Para ese entonces, la sociedad israelí atravesaba una especie de quiebre, una tensión con su principal socio, que acordó con Irán sin incluirlos.

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Es difícil entender, con una mirada uruguaya, cómo una madre está preocupada porque su hijo de 26 años está en el Ejército, pero igual “quiere que lo haga”. “Él no estaba obligado a hacer el servicio. Lo hizo porque quiso”, explica Silvia.

Para ella, hacer el servicio militar hace que “formen parte de esa comunidad”: “Es como que te afirmas más a ser israelí que si no lo haces”. Desde los 18 años, los ciudadanos judíos, drusos y circasianos —hombres y mujeres— son obligados a hacer el servicio militar. Son muchos los que extienden el voluntariado. En Israel, en las calles de cualquier ciudad, se ve a jóvenes que portan armas de la misma manera que en Uruguay cargan una mochila.

El hijo de Silvia es combatiente, eso significa que tiene que estar en el campo de batalla. “Da mucho miedo. El varón es el que te da horror. Pasas noches sin dormir porque es combatiente”, explica.

Quizá Silvia nunca combatió en el conflicto, pero conoce de supervivencia. Ha visto con los mismos ojos cómo sus niños “brincan” mientras escuchan el boom. Lo escuchan desde lejos, mientras se fusiona con el de las alarmas. “Hay veces que se estremece y de verdad suena como que pegó encima”, recuerda.

Para ella, lo “peor” de la situación actual del conflicto tiene que ver con “normalizar la guerra”. Sabe que “no está bien”, que no es la forma en la que quiere que sus hijos se críen. Su vida tiene que ver con pensar en que su perro tiene que dormir con una correa ya que salir corriendo al cuarto seguro es una posibilidad, porque no “quieres perder tiempo”.

A Silvia le “duele” la vida en el norte. Dice que “mucha gente no se entera” de las cosas que pasan en su región, a pesar de que Israel “es muy pequeñito”. Dice que “aguantó” los últimos años. Que no sabe qué pasará en su ciudad, que por momentos parece volverse más pequeña y con menos personas.

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Los conflictos en Medio Oriente datan desde 1948, cuando se creó el Estado de Israel. En 1982, Hezbolá, un grupo instalado en el Líbano y financiado por Irán, también se sumó a los ataques. En 2026, después de tiempos de paz y del ataque del 7 de octubre, que marcó una bisagra, continúan las tensiones, que han dejado miles de muertos en ambos lados de la frontera y millones de desplazados.

Desde julio, Israel y el Líbano negocian una vía diplomática para alcanzar el fin de la guerra. Fuentes del gobierno israelí señalaron a Montevideo Portal que el “mero hecho de que se estén llevando a cabo conversaciones oficiales entre Israel y el Líbano indica la voluntad de ambas partes de vivir en paz y seguridad y de expulsar a Hezbolá, brazo del Estado terrorista de Irán”.