A un mes del inicio de la ofensiva militar liderada por Estados Unidos contra Irán, el conflicto muestra signos de estancamiento, con crecientes costos económicos y dudas estratégicas que afectan tanto a Washington como a sus aliados.
La operación —presentada inicialmente como rápida y limitada— ha evolucionado hacia un escenario más incierto, marcado por la resistencia iraní, tensiones geopolíticas y un impacto directo en los mercados energéticos globales.
De ofensiva relámpago a guerra prolongada
El 28 de febrero, tras fallidas negociaciones nucleares en Ginebra, fuerzas de Estados Unidos e Israel lanzaron ataques coordinados contra objetivos militares y gubernamentales iraníes.
El presidente Donald Trump describió la operación como breve, orientada a neutralizar capacidades nucleares. Sin embargo, con el paso de las semanas:
Irán respondió con misiles y drones en la región
Se registraron bajas estadounidenses
Se abrió la posibilidad de una intervención terrestre
El propio Trump ha oscilado entre declarar avances sustanciales y admitir la necesidad de extender la operación.
El factor Ormuz: el punto de inflexión
El estrecho de Ormuz se ha convertido en el principal cuello de botella del conflicto.
Bloqueos parciales han encarecido el petróleo entre 30% y 50%
Se teme que el barril alcance los 200 dólares
Mercados globales muestran alta volatilidad
La negativa de aliados europeos y asiáticos a desplegar fuerzas para asegurar la zona ha evidenciado fisuras dentro de la OTAN y debilitado la posición estadounidense.
Presión interna y costos militares
El conflicto también tensiona la política interna estadounidense:
Más de una decena de bajas militares
Uso intensivo de armamento estratégico (como misiles Tomahawk)
Pedido adicional de hasta 200.000 millones de dólares al Congreso
Estas variables inciden directamente en el escenario electoral, especialmente de cara a las elecciones legislativas de medio mandato.
En base a EFE