El escritor habló con Montevideo Portal sobre Máxima pureza, su nuevo libro, inspirado en la historia real de un hombre que logró salir de la pasta base. Reflexiona sobre la adicción, la indiferencia social y por qué esta vez sintió que debía involucrarse personalmente.
Fernando Butazzoni tiene una larga trayectoria ligada a los temas duros: la dictadura, los desaparecidos, los derechos humanos. Durante décadas, su obra navegó por las aguas más oscuras de la historia reciente del Río de la Plata, con libros que se convirtieron en referencias inevitables para entender lo que pasó en Uruguay y en la región. Títulos como El tigre y la nieve o sus trabajos sobre los detenidos desaparecidos le ganaron un lugar central en la narrativa rioplatense sobre la memoria y los crímenes de Estado. Pero su último libro, Máxima pureza, lo llevó por un camino diferente, uno que no buscó sino que lo encontró. La historia de Nacho, un joven que cayó en la pasta base y sobrevivió para contarla, llegó a él de la manera más casual posible: un asado en una terraza, una noche de verano, hace tres o cuatro años. Lo que siguió fue un proceso largo y exigente de escucha, de visitas a centros de rehabilitación, de conversaciones con adictos en recuperación y con sus familias. El resultado es un libro escrito en segunda persona, dirigido directamente al protagonista, que además participa de las presentaciones públicas junto al autor.
Butazzoni habla con la calma de quien ya pasó por mucho y sabe distinguir cuándo una historia merece ser contada y cuándo no. No hay apuro en sus palabras ni necesidad de convencer a nadie. Tiene la serenidad del que escribe desde un lugar de convicción, no de urgencia. A sus años, con una obra extensa y reconocida a cuestas, podría haberse quedado en el terreno conocido. Sin embargo, fue la propia vida la que le depositó encima un tema nuevo, incómodo, urgente y profundamente presente en las calles de Montevideo. En diálogo con Montevideo Portal, repasó el origen del libro, la dimensión social del problema de la pasta base en Uruguay y en la región, los límites de su propio compromiso con la causa y lo que espera —o no espera— que el texto provoque en sus lectores.
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"Cuando publiqué el libro sobre el hallazgo de los restos de Eduardo Bleier sentí que cerraba un ciclo de cuarenta años que había empezado con El tigre y la nieve. Quedé satisfecho. Sentí que había completado mi arco temático sobre desaparecidos, derechos humanos, la dictadura. No pensaba seguir escribiendo sobre esa temática; uno no tiene ninguna obligación de escribir todo el tiempo, y yo no soy de los que se sientan a la máquina todos los días por costumbre o por oficio puro. Escribo cuando hay algo que me jalona desde adentro. Y entonces la historia de Máxima pureza me vino a buscar, de manera absolutamente casual. Yo no fui a buscarla. Creo que las mejores historias funcionan así: te encuentran a vos, aparecen cuando menos las esperás, y lo que tenés que hacer es estar lo suficientemente atento como para reconocerlas".
¿Cómo fue eso?
Hace tres o cuatro años, un gran amigo me invitó a comer un asado en su terraza una noche de verano. En esa reunión, él contó de manera sucinta pero sentida el drama de uno de sus hijos, que se había enganchado a la pasta base, había terminado en la calle, con desastre total: la familia rota, el trabajo perdido, años tirados por la borda. Era un relato que hubiera podido escucharse en muchas casas uruguayas sin que nadie se sorprendiera demasiado, porque el problema está ahí, presente, aunque se hable de él en voz baja. A los dos minutos descubrí que esa persona —el hijo que había pasado por la pasta base, había hecho recuperación, fracasado, vuelto a la calle y sobrevivido— era el que estaba haciendo el asado. Estaba ahí, delante de todos, con las brasas y todo, moviendo los chorizos como si nada. Ese contraste, esa imagen de alguien que había estado en el fondo del pozo y ahora estaba parado frente al fuego con una pinza en la mano, me enganchó de una manera que no esperaba. A los pocos días fui a hablar con el padre. Le dije que quería profundizar en la historia porque creía que podía ser muy útil y muy interesante para mucha gente. Y él me respondió: "Él tiene cuarenta años, es un problema de él, hablalo con él". Sin vueltas. Así comenzó todo.
¿Tenías alguna referencia previa del tema antes de ese asado?
Mi involucramiento previo era relativamente teórico: conversaciones, lecturas, vínculos con psicólogos, algo a nivel familiar. Nunca había tenido una experiencia muy cercana y directa con la pasta base como fenómeno. Yo vivo frente a la Plaza de los Bomberos, todo el mundo lo sabe, y tenía cierta experiencia con los pastabaseros que rondan por ahí y por la explanada del Banco de la República. Con algunos había establecido vínculos, conversaciones, les daba comida o cigarrillos, pero con cierto recelo. El problema de hablar con consumidores activos de pasta base es que sus niveles de claridad, lucidez y honestidad son dudosos. No porque sean mentirosos por naturaleza, sino porque la sustancia los altera de maneras profundas y sostenidas que hacen muy difícil sostener un relato coherente. El tiempo se desintegra, los hechos se mezclan, la memoria falla. Nacho fue la primera persona con la que tuve un contacto directo, serio y desde la lucidez. Reunía tres condiciones clave: estaba desintoxicado desde hacía tiempo, yo tenía acceso a él por conocer al padre, y él estaba dispuesto a contar su experiencia porque se sentía una especie de militante para ayudar a otros. "Aunque fuera uno", decía, refiriéndose a cuántas personas podría alcanzar con su historia. Esa frase me quedó grabada desde el primer día.
El proceso de reconstruir esa historia debe haber sido emocionalmente pesado. ¿Cómo manejaste eso?
Dos factores me ayudaron a mantener cierta distancia sin dejar de involucrarme. El primero es mi propia adicción, que cuento en el libro, y que me permitió empatizar con Nacho más de lo que hubiera podido en otras circunstancias. Cuando uno ha tenido su propia experiencia con una sustancia que te domina, aunque sea de otra naturaleza y en otro contexto, hay algo que reconocés en el otro: una lógica del deseo que arrastra, una pérdida de voluntad que no es debilidad moral, sino una trampa biológica y psicológica. El segundo factor es la edad y la experiencia de vida: tengo hijos mayores que él. Eso también genera una perspectiva particular, una especie de distancia afectiva que no es indiferencia sino madurez, la capacidad de conmoverse sin derrumbarse. Pero que quede claro: sí me involucré, y mucho. Hablé con Nacho durante meses, con otros adictos, con familias que atravesaban situaciones similares y que no siempre tenían el desenlace relativamente afortunado que tuvo la historia de él. Visité dos centros de rehabilitación, uno en la ciudad y otro fuera, en el campo, lejos del ruido y de la tentación de la calle. Lo que más me impactó y golpeó fue cómo la sociedad trata a los adictos en peor situación. Ese término de "situación de calle" lo aborrezco. Es una forma hipócrita y burocrática de referirse a los que están en pelotas, sin nada, sin casa, sin comida, sin techo, sin ropa, sin nadie. A veces paso al lado de alguno tirado en la vereda y lo toqueteo con el pie para saber si está vivo o muerto, mientras la gente en general sigue caminando sin detenerse, mirando el celular o mirando al costado. Esas experiencias me involucraron emocionalmente, pero también me ayudaron a entender la esencia del problema y a mantener la distancia necesaria de la emotividad pura. No podés escribir bien desde el llanto permanente. El periodismo y la literatura necesitan también frío.
En la entrevista estamos a pocas cuadras de Bulevar y Maldonado, donde hay gente durmiendo en la calle con frío. ¿Qué hace uno con eso?
El libro no da ninguna solución ni pistas concretas sobre qué hacer, porque es un problema muy complejo que excede ampliamente la literatura y el periodismo. Excede también la política, la medicina y la asistencia social cuando cada una de esas disciplinas actúa por separado. Yo veo adictos que cruzan avenidas entre autos y uno no sabe si lo hacen por el efecto de la sustancia que los desorienta o si hay algo más oscuro detrás, una especie de indiferencia hacia la propia vida que es también parte del cuadro clínico. Es imposible saberlo desde afuera, y esa ambigüedad es parte de lo más angustiante del fenómeno. Entiendo que la gente los vea como una amenaza, y en algunos casos pueden serlo. Pero en mi experiencia, esa agresividad pocas veces se traduce en hechos concretos. Es una agresividad nacida del consumo, que está en el cerebro, en la química alterada, no en una decisión racional ni en una voluntad de hacer daño. Yo los veo de lejos y sé quién está consumiendo porque se mueven de determinada manera; el cuerpo delata el estado antes que cualquier otra cosa: la forma de caminar, de mirar, de sostener los brazos. El problema de la pasta base es específico de cuatro países: Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay. En Estados Unidos hay una epidemia de fentanilo, mueren como moscas, pero con pasta base no. Acá hay algo particular, algo que tiene que ver con la disponibilidad, el precio irrisorio, la desesperación social acumulada y la falta de alternativas reales para sectores enteros de la población. Es un problema médico muy serio, yo no soy experto y no puedo decir qué hay que hacer. La actitud de esquivar o dar vuelta la cara es razonable para quien la practica, pero que sea razonable no quiere decir que no sea doloroso. Es doloroso para la sociedad, para quien ejecuta esa maniobra y para el propio adicto, que lo percibe, que en algún lugar lo registra incluso cuando parece que no percibe nada.
El libro interpela directamente al lector y usa una voz narrativa que habla a Nacho. ¿Por qué esa decisión?
Porque Nacho era el destinatario natural del libro. Es un libro casi escrito para él, desde el principio tuve esa sensación muy clara, y no tenía sentido fingir lo contrario o esconderlo detrás de una tercera persona neutra. La segunda persona no es un recurso literario caprichoso ni un experimento formal por el placer de innovar: es la consecuencia lógica de que quien está del otro lado de ese relato es una persona concreta, con nombre, con historia, con cicatrices visibles e invisibles. Mucha gente ya lo leyó y me dijo que estaba muy bueno, impresionante, que los había sacudido. Pero quien tenía que leerlo y entenderlo en primera instancia era el propio Nacho, que está involucrado con otros exconsumidores que están peleándola con ellos mismos y por otros, tratando de construir algo que tenga sentido después de años perdidos. Hay una distinción conceptual importante que me parece necesario hacer y que no siempre se entiende bien: cuando pasás a una persona a un libro, deja de ser una persona y pasa a ser un personaje. Nacho en el libro es un personaje que además es una persona real. Yo en el libro soy un personaje que además es el que escribe. Las conductas son muy similares o parecidas a las reales, pero no idénticas exactamente, porque la literatura impone sus propias necesidades y el relato tiene que funcionar como relato, no como expediente. Esa tensión entre lo real y lo literario, entre el testimonio y la ficción que lo ordena, es parte de lo que le da densidad y complejidad al texto.
En la presentación de la editorial fueron juntos, vos y Nacho. ¿Cómo llegaron a esa decisión?
La idea de presentarlo juntos la tuve siempre, desde antes de terminar de escribir el libro. Nunca imaginé presentarlo solo. Desde que empecé a escribir supe que el libro tendría sentido y valor real en la medida en que Nacho pudiera testimoniar su experiencia en primera persona frente al público, que las personas que estuvieran en la sala pudieran mirarlo a los ojos y escucharlo hablar de lo que vivió. La fotografía de la tapa lo muestra a él yendo hacia adelante, enfrentando su destino, conmigo detrás, como una fantasmagoría que ha visto ese proceso pero que ya no es el protagonista, que ya cumplió su función. Él ya me pasó y va adelante. Esa imagen lo dice todo sobre la estructura de la relación entre los dos y sobre lo que el libro quiere decir. Es importante que Nacho hable del libro más que yo en las presentaciones. Yo puedo decir cosas desde el punto de vista periodístico o literario, hablar de las decisiones formales, del proceso de escritura, de por qué la segunda persona y no otra. Pero quien puede hablar de la experiencia en sí —lo que al lector le ha golpeado de verdad, lo que le ha removido algo por dentro— es él. Nadie puede reemplazar ese testimonio, ni siquiera el mejor escritor del mundo.
Sos militante en general. ¿Te sentís también militante de esta causa?
Curiosamente, no. Lo atribuyo a un problema de edad, de salud, de experiencia acumulada que te enseña también los propios límites. Hay un proyecto para construir una nueva chacra para adictos en recuperación, un espacio físico donde puedan trabajar, convivir, reconstruirse, y yo no puedo ayudar activamente más allá de un punto. Lo que puedo hacer es regalarles unos libros, ir un día, estar con ellos un rato, escuchar lo que tienen para decir sin apurarlos. Pero no más que eso. No me siento capaz de sostener un compromiso más sistemático y sostenido, y por lo tanto no me siento militante para nada. Sería injusto e hipócrita de mi parte apropiarme de ese término. No escribí este libro como ejercicio de militancia ni como gesto político, sino como trabajo de literatura y de periodismo, con todo lo que eso implica de rigor, de distancia calculada y de honestidad hacia el material. Ahora que está terminado y en manos de los lectores, acepto que puede ser un elemento más de ayuda para alguien, puede abrir una conversación que antes estaba cerrada, puede hacer que un padre encuentre las palabras para hablar con su hijo sobre algo que los dos estaban evitando. Pero no fue planteado así desde el origen, y creo que eso se nota en cómo está escrito: no hay panfleto, no hay consigna, no hay moraleja fácil.
¿Qué esperás que haga el libro en la sociedad uruguaya?
La sociedad uruguaya tiene niveles de hipocresía importantes con ciertos temas, como tantas otras sociedades. Hay cosas que se evitan, que se rodean, que se mencionan en voz baja o solo cuando ya no queda otra opción. La pasta base es uno de esos temas: está en las calles, está en los noticieros, está en las conversaciones de sobremesa cuando alguien cuenta que le pasó a un conocido, pero rara vez se la mira de frente, con toda la complejidad que merece. El libro puede ayudar a que esa conversación sea un poco más directa, más honesta, menos esquiva. Pero puede también que la gente lo lea, lo encuentre interesante y se olvide en dos semanas, cuando aparezca otro tema que ocupe el espacio. Uno nunca sabe cuál es el destino de un libro una vez que sale; ese es uno de los grandes misterios del oficio, y con los años aprendés a soltar. Escribí libros que pensé que serían muy útiles y no sirvieron para nada, pasaron sin pena ni gloria. Escribí ladrillos de ochocientas páginas que terminaron siendo verdaderas guías de trabajo en muchos países, referencias citadas en universidades y organismos de derechos humanos. El libro tiene su propia vida una vez que sale, y esa vida no siempre coincide con lo que imaginaste mientras lo escribías. Ojalá este libro sea útil para jóvenes, padres, madres y adultos en general, que puedan leerlo y reconocer algo en él, algo que los interpele o que los ayude a entender lo que están viendo. Y aclaro algo que me parece importante y que se suele ignorar: el consumo de pasta base no es solo juvenil, abarca distintas generaciones y distintos contextos sociales, aunque el imaginario colectivo lo reduzca siempre a la imagen del joven en situación de calle. Lo que pasa es que los consumidores más intensos no llegan a edades muy avanzadas; el cuerpo no aguanta, terminan muriendo jóvenes. Eso también hay que decirlo sin eufemismos, sin rodeos, con todas las letras.
- Nuevo libro de Butazzoni'Máxima pureza' es el nuevo libro de Fernando Butazzoni, inspirado en la historia real de un hombre que logró salir de la adicción a la pasta base.
- Origen casualLa historia llegó al autor en un asado en una terraza una noche de verano, hace tres o cuatro años, cuando se enteró del drama de un hijo de su amigo.
- El protagonista es realEl libro está basado en 'Nacho', un hombre de cuarenta años que cayó en la pasta base, vivió en la calle y logró recuperarse, y que participa en las presentaciones públicas junto al autor.
- Escritura en segunda personaEl libro está narrado en segunda persona, dirigido directamente al protagonista, como recurso literario central.
- Cierre de ciclo previoButazzoni consideraba cerrada su etapa sobre desaparecidos y dictadura tras publicar el libro sobre el hallazgo de los restos de Eduardo Bleyer, un arco temático de cuarenta años.
- Investigación profundaEl autor visitó centros de rehabilitación y mantuvo conversaciones con adictos en recuperación y sus familias durante un largo proceso de escucha.
- Indiferencia socialButazzoni señala que el problema de la pasta base está presente en las calles de Montevideo pero se habla de él en voz baja, con escasa visibilidad pública.
- Adicción propia del autorButazzoni revela en el libro su propia adicción, lo que le permitió empatizar profundamente con el protagonista durante el proceso de escritura.
El libro
Alfaguara
Fernando Butazzoni construye en este libro un relato incómodo y feroz sobre la adicción, la memoria y la búsqueda de la redención. Partiendo de la vida de un adicto que ha descendido hacia el fondo de la humillación, la pasta base y la intemperie, el libro se adentra en un territorio donde la verdad y la mentira se entrelazan, donde el narrador se funde con su protagonista hasta volverse indistinguibles.
Nacho es un sobreviviente: de la calle, de la violencia, de sí mismo. Su historia —hecha de excesos, pérdidas, delirios y fugaces destellos de lucidez— es también la de una ciudad que convive con sus fantasmas sin mirarlos. Montevideo se muestra de un modo descarnado, con sus ferias, sus pensiones, sus rincones más oscuros y sus silencios cómplices.
Con una prosa intensa, lúcida y por momentos despiadada, Butazzoni se sumerge en la mente de un adicto para explorar una pregunta que atraviesa todo el libro: ¿hasta dónde llega la responsabilidad individual y dónde comienza la enfermedad?
Máxima pureza no presenta redenciones tranquilizadoras. Ofrece, en cambio, una experiencia literaria intensa, perturbadora y profundamente humana, que obliga a mirar de frente aquello que tantas veces decidimos ignorar.