Caer en prisión, o perder, como dicen quienes se vinculan con el delito, no solo implica dejar de estar en libertad. Hay una serie de consecuencias, más allá del ambiente hostil e inhumano que tienen varias de las cárceles de Montevideo, que no se perciben salvo que se esté en la situación.
Diego Martín Scarpa y Jesús David Pereyra transitaron la delincuencia y, como es de esperar, cayeron en prisión. Quienes delinquen saben, y de hecho repiten con convencimiento, que cuando cae la Policía no queda más que ir a prisión, porque la hora de afrontar las consecuencias de sus propios actos resulta —la mayoría de las veces— inevitable.
El problema es cuando falla todo y alguien cae preso sin haber cometido el delito del que se le acusa. Scarpa y Pereyra viven en el mismo barrio, pero aseguran que se vieron pocas veces durante sus poco más de 30 años de vida.
“Yo con él nunca salí a robar”, dice Pereyra mirando a Scarpa, quien mantiene los ojos hacia el piso mientras termina de fumar un cigarro. Ambos salieron en libertad la semana pasada, luego de seis años de estar en la cárcel por el homicidio de Alejandro Novo, caso conocido como “el crimen del pollero”, quien es hijo de la frenteamplista Graciela Barrera.
Los dos exreclusos debían afrontar una condena de 21 años por el homicidio, pero el Tribunal de Apelaciones de tercer turno valoró la prueba presentada por la Justicia en la sentencia de segunda instancia y concluyó que la calidad de los elementos era escasa como para enviar a prisión a los dos hombres.
El documento, de hecho, es duro al momento de criticar los argumentos de la Fiscalía cuando la condena de Scarpa y Pereyra había quedado firme tras un primer fallo de otro Tribunal de Apelaciones.
“Se limita la representación del Estado a expresar que ‘corresponde mantener la sentencia impugnada y la condena de los encausados’”, añade en referencia a los argumentos de la Fiscalía sobre la anterior apelación.
Desde el primer momento, Scarpa y Pereyra insistieron en que eran inocentes, entre otras cosas, porque la Policía en ningún momento pudo establecer que ambos tuvieran una vinculación delictiva.
El crimen ocurrió en 2009, cuando Novo terminaba de repartir en un local ubicado sobre el kilómetro 23 de la ruta 8. Hasta su camioneta llegaron dos hombres, forcejearon y uno de ellos le disparó a quemarropa.
Pasaron diez años para que llegara la condena y la Fiscalía de Pando, en ese momento a cargo de Alicia Ghione, valoró como prueba fehaciente las declaraciones de testigos. Muchos de ellos prestaron testimonio horas después del asesinato y, luego, en 2019, cuando se reconstruyó la escena.
Pereyra y Scarpa, de alguna manera, entienden el dolor de Barrera y la necesidad de encontrar justicia. Scarpa, sobre todo, coincide en que el resquemor más grande que le queda es que la legisladora nunca fue a hablar con él a la cárcel.
“Una vez la vi pasar y le pregunté si sabía quién era. Le dije que yo era inocente, que ella sabía que yo estaba ahí por un crimen que nunca cometí”, rememoró Scarpa, y añadió que Barrera le respondió que “de eso se encarga la Justicia”.
En el proceso judicial, regido bajo el viejo Código del Proceso Penal, Barrera declaró que Scarpa —días antes del crimen— dialogó con Novo y le había preguntado sobre cómo venían las ventas.
“Teníamos el comercio al lado del otro. Le íbamos a comprar. Es algo inevitable preguntar cómo iban las ventas; lo hacemos todo el tiempo con los vecinos de acá a la vuelta que también tienen algún boliche”, cuenta ahora Scarpa, sentado en la gomería de su familia.
Durante sus relatos, hay coincidencia entre ambos en cuanto a la sensación de desesperación de estar encerrados bajo el convencimiento de que pagaban la pena de otros.
“En la cárcel, los policías te miran raro si mataste a alguien. Pero en aquel momento era peor. Había un circo, cámaras por todos lados, nos llevaban conducidos y afuera nos esperaban los canales. Cuando salimos… no había nadie”, valora Pereyra y se ríe.
Dentro de la cárcel, la realidad es parecida a una selva. A la sensación constante de tener 21 años encima por algo que no hicieron se le sumaba la necesidad primitiva de pelear para pasar el día con vida.
Scarpa y Pereyra muestran los cortes que tienen en los brazos, en el abdomen y en las piernas. Todos fueron hechos durante estos seis años que estuvieron presos, porque “si no te parás de mano, te matan”.
Ninguno de los dos siente miedo de que algo parecido le vuelva a pasar porque dicen estar concentrados en tener una vida nueva o reconstruir la que perdieron.
“Perdí todo. Perdí hijos, la pasé mal. Ahora, por suerte, tengo otra familia”, dice Pereyra. Scarpa asiente y asegura que “todo estaba preparado”. “Cuando nos agarraron, nunca más nos soltaron. No fueron a fondo”, sostiene.
Los señalados
El hermano de Pereyra es feriante y un día pasaba por los alrededores del Antel Arena junto con una de las personas que en aquel momento lo ayudaba a vender en un puesto instalado en esa zona.
El Gordo, su ayudante, le comentó: “Estos que metieron en cana por el asesinato del pollero no tienen nada que ver. A mí me dijo mi mujer que había sido el Chicle, y, a su vez, quien le dijo a mi mujer fue la esposa de él”.
A mitad de 2023, Montevideo Portal se comunicó con el Gordo, quien prefirió no ser identificado, pero reconoció sus dichos. Comentó que su expareja es amiga de la esposa del Chicle. Incluso, la mujer es madrina de los hijos del Gordo.
“Yo le dije al Bola [el hermano de Pereyra], pero sin saber que el hermano de él estaba metido en esto. Fue un comentario al pasar, porque creo que estábamos escuchando algo del caso o porque vimos algo”, agregó.
Comentó que su expareja, aun cuando estaban juntos, le dijo que el verdadero asesino no era ninguno de los procesados por el caso. “Lo recuerdo clarito, porque también fue un comentario al pasar, pero me aseguró que esta mujer le había comentado que era él quien lo había matado”, insistió el Gordo.
El Chicle fue un delincuente que siempre operó en Montevideo y Canelones, y que hace unos años fue abatido por la Policía cuando estaba cometiendo un delito. Según pudo saber Montevideo Portal, en base a fuentes del Ministerio del Interior, el hombre se dedicaba a la venta de estupefacientes y hurtos, pero no contaba en su legajo con ningún homicidio. Incluso, la familia del delincuente cobró una indemnización por parte de la cartera de seguridad luego de su muerte.
En ese entonces, la pareja del Chicle reconoció que el hombre le había dicho que él sabía quién había matado a Novo.
Lo que sigue es parte de la entrevista con la mujer:
—Si no fue el Chicle, ¿quién pudo haber sido?
—Conocidos de él pueden ser, bastante conocidos. Pero él nunca me comentó que haya matado a alguien. No se dedicaba a eso.
—¿Usted conoce a esos conocidos que menciona?
—Mirá, los conozco, pero ahora no sé ni dónde están o si cayeron presos. Yo con el único que anduve fue con él y, después de que murió, me dediqué a mi hijo. Lo que sé es que las personas que están presas por esto no tendrían que estar presas. No tienen nada que ver.
—¿Fueron estos conocidos de su exmarido?
—Sí.
Volver a empezar
Scarpa y Pereyra no saben quién es el Chicle y aseguran que nunca escucharon hablar de él hasta que cayeron presos.
En el contexto en el que estaban, poco les importaba andar buscando culpables. “Yo hacía cualquier cosa con tal de salir en libertad”, asegura Scarpa, y aclara que seguirán las vías legales para obtener un resarcimiento.
Hace nueve días ambos salieron de la cárcel. Scarpa no podía creerlo hasta que su hermano lo fue a buscar a la puerta del Penal de Libertad.
Pereyra estaba haciendo de mensajero entre un preso y su madre cuando llegó uno de los guardias carcelarios. “Mandril, te vas libre”, le dijo, y él bromeó: “No jodas con eso porque termino en el calabozo, me desconozco”.
Minutos más tarde, llegó el funcionario que notifica a los reclusos. “Mandril, te vas libre en serio”. Pereyra no sabía qué hacer: se puso los championes, agarró un oso de peluche que le dio su hija y la foto de su nieta.