El fenómeno climático de El Niño previsto para este 2026 no debería derivar en una catástrofe humanitaria global comparable a la ocurrida en 1877, pese a las publicaciones virales que circulan en redes sociales en los últimos días. Así lo sostiene Metsul, que advierte que las comparaciones entre ambos eventos ignoran las profundas diferencias tecnológicas, científicas y sociales entre el mundo actual y el de finales del siglo XIX.
De acuerdo con el informe del instituto, el episodio de El Niño de 1877-1878 fue uno de los más intensos y destructivos de la historia moderna. El calentamiento anómalo de las aguas del Pacífico ecuatorial alteró la circulación atmosférica global y provocó sequías extremas e inundaciones en distintas regiones del planeta.
En Asia, especialmente en India, China y zonas del sudeste asiático, las sequías devastaron cultivos, secaron ríos y desencadenaron hambrunas masivas. Según estimaciones históricas citadas por Metsul, decenas de millones de personas murieron de forma directa o indirecta debido a las crisis alimentarias agravadas por las condiciones climáticas extremas.
China sufrió una de las peores sequías del siglo XIX, particularmente en el norte del país. Las cosechas fracasaron durante meses y la escasez de alimentos se agravó por las limitaciones en infraestructura y transporte, lo que dificultó la distribución de ayuda humanitaria.
En África también se registraron severas sequías, hambrunas y altas tasas de mortalidad en regiones afectadas por malas cosechas y falta de agua. Al mismo tiempo, otras áreas experimentaron lluvias torrenciales e inundaciones vinculadas a los cambios en la circulación atmosférica.
Brasil fue uno de los países más golpeados por el fenómeno, especialmente en el noreste. La denominada Gran Sequía de 1877-1879 afectó con dureza a estados como Ceará, Rio Grande do Norte, Paraíba y Pernambuco. Las pérdidas agrícolas y ganaderas provocaron pobreza extrema y desplazamientos masivos de población hacia ciudades costeras y la Amazonía.
Metsul señala que Fortaleza recibió una gran cantidad de migrantes en condiciones precarias, mientras las epidemias se expandían entre poblaciones debilitadas por el hambre y la desnutrición. Historiadores estiman que cientos de miles de personas murieron durante aquella tragedia climática.
Sin embargo, el informe remarca que comparar aquel escenario con el posible El Niño de 2026 constituye “un grave error”. Según explica, el impacto de un evento climático depende no solo de la intensidad del calentamiento oceánico, sino también de la vulnerabilidad de las sociedades afectadas.
En 1877 no existían satélites, modelos meteorológicos, sistemas globales de monitoreo oceánico ni redes de comunicación modernas. Las poblaciones enfrentaban sequías, inundaciones y malas cosechas sin ningún tipo de alerta previa.
Actualmente, sostiene Metsul, los meteorólogos monitorean diariamente las temperaturas oceánicas y pueden anticipar la formación de un fenómeno de El Niño con meses de antelación. Además, internet, la televisión y los teléfonos móviles permiten difundir alertas, coordinar evacuaciones y movilizar recursos de forma rápida.
El texto también destaca los avances de la ciencia climática y de la agricultura. Hoy existen miles de instrumentos de observación atmosférica y oceánica, además de sofisticados modelos informáticos capaces de seguir la evolución de El Niño en tiempo real. A su vez, las cadenas globales de suministro, los sistemas modernos de riego y las semillas más resistentes reducen considerablemente el riesgo de una hambruna de escala global.
Finalmente, Metsul subraya que la tragedia de 1877 no fue causada únicamente por el clima. Factores políticos y económicos, especialmente en regiones bajo dominio colonial, agravaron la crisis alimentaria y elevaron la mortalidad. Por eso, advierte que usar solamente la intensidad del océano como criterio de comparación “ignora por completo el contexto histórico de aquella época”.