El economista Juan Carlos Protasi publicó un libro sobre el crecimiento económico de Uruguay, o más bien sobre su ausencia. Uruguay. Desafíos para crecer argumenta que el país ha logrado “algo inusual”, que es “institucionalizar su propio estancamiento”.

“Me interesó tratar de comprobar ciertas regularidades que existen en la economía, por ejemplo, el hecho de que Uruguay tiene una tasa de crecimiento histórica, que se aleja de ella cuando hay shocks, ya sea por el precio de commodities, por la situación de la región o por inversiones extranjeras”, indicó el autor, entrevistado por Montevideo Portal. Así, enfatizó en que luego de este “empujón” el desempeño económico “vuelve otra vez a su tendencia histórica”, que es la de “no tener un crecimiento sostenido”.

Sobre ese diagnóstico, Protasi identificó tres problemas centrales. El primero es la confianza o, mejor dicho, la ausencia de ella. Los uruguayos ahorran casi todo en el exterior: el equivalente a aproximadamente el 80% del producto bruto interno (PIB) está guardado fuera del país. Eso obliga a pagar tasas de interés reales muy altas para financiar el gasto público, del orden del 3,7% anual, muy por encima de lo que pagan Estados Unidos, Israel o Chile. Esa tasa es, en definitiva, una restricción para crecer.

A entender del economista, todo parte de la desconfianza no solo en el país, sino en la moneda y en los políticos.

El segundo problema es el tamaño del Estado. La deuda ronda el 70% del PIB, y el pago de intereses representa entre 3,5 y 3,6 puntos del déficit total, que llega a 4,6 o 4,7%. “El déficit básicamente es pagar intereses”, resumió Protasi.

Según consideró, las finanzas públicas están desequilibradas y no hay superávit de tesorería que cubra los intereses. El Estado, además, es caro, pero no entrega el bienestar de los países escandinavos: el conocimiento de los jóvenes en el sistema educativo viene cayendo hace 40 años sin que ningún gobierno lo haya corregido.

Para financiar ese Estado sobredimensionado, Uruguay depende del capital extranjero. Los inversores compran bonos uruguayos porque rinden tasas altas en comparación con el resto del mundo, y ven al país como la “niña bonita de la región”: tiene estabilidad democrática y cambiaria que contrasta con el entorno. Pero ese flujo de capitales deprime el tipo de cambio, genera un desfasaje cambiario y hace perder competitividad. Las empresas no soportan esos costos y cierran o se van.

El tercer problema es el poder sindical, al que calificó de “excesivo y desmedido”, sostenido por una creencia que considera equivocada.

En el libro, Protasi usa una imagen para describir el efecto de las políticas asistenciales del Estado: la droga. Como Uruguay no crece y no genera suficientes oportunidades laborales, el Estado suplió esa deficiencia con subsidios a familias, empleos públicos y contratos estatales. “Al principio todo bien, todo fenómeno, y después estás tirado en la calle”, ilustró.

La asistencia sostenida desincentiva el trabajo y fomenta que la gente prefiera vivir de lo que el Estado le garantiza antes que apostar a una economía más dinámica, sostuvo el autor.

Su síntesis es directa: “El uruguayo prefiere tener un crecimiento de un 1% con un Estado enorme, a tener un crecimiento de un 6% con un Estado más chico”.

Uno de los conceptos que desarrolla en el libro es el de la tasa natural de interés real. A partir de ese enfoque, sostiene que Uruguay no es un país pobre sino un país “caro intertemporalmente”. El gobierno, sin embargo, no puede resolver eso por sí solo porque es algo “intrínseco al funcionamiento de la economía” y a la “desconfianza estructural”.

“El Banco Central hizo esfuerzos encomiables para bajar la inflación y lo logró, pero a costa de deprimir el tipo de cambio y encarecer al país”, sostuvo el expresidente de dicho organismo. Así, Protasi afirma que no se puede bajar la inflación a esos niveles con un déficit tan alto: Estados Unidos puede hacerlo porque el dólar es aceptado en todo el mundo, pero Uruguay no tiene esa capacidad. “La moneda nuestra no la encontrás en ningún país. Nadie acepta el peso uruguayo. Ni los uruguayos la aceptan”, esgrimió.

La solución que plantea, pues, es atarse a una moneda extranjera. El economista reconoció que el dólar también está perdiendo fuerza en el mundo, pero lo consideró “mucho más estable y creíble” que el peso.

El libro concluye con una apuesta por dar la “batalla cultural”. Protasi sostuvo que la sociedad uruguaya “prefiere la igualdad en la mediocridad antes que la desigualdad en el crecimiento”, lo que evaluó como un desafío.

“Ojalá los uruguayos pudieran darse cuenta de que si el Estado gastara menos y bajara impuestos, nos devolvería parte de ese dinero y nosotros seríamos libres de gastar en lo que se nos antoje”, manifestó el autor, alegando que esto no es posible porque el Estado “lo absorbe todo” bajo la creencia de que eso mejora el bienestar de la sociedad y hace crecer la economía.

Según enfatizó, el cambio de mentalidad que se debe dar es el de dejar de lado la idea de que “el Estado es ilimitado”, porque eso lleva a un país socialista, ideología que “ha fracasado en todo el mundo”, advirtió.