Alexis Ferreira acumula casi 18.500 seguidores en Instagram, más de 57.000 en Facebook y 106.700 en TikTok, donde además supera los 2.000.000 de “me gusta”. Detrás de esos números impresionantes no hubo una estrategia calculada ni una búsqueda obsesiva de viralidad. Todo nació de algo mucho más simple: mostrar su vida, su trabajo y su vínculo cotidiano con los caballos.
“Uno viene de un pueblito y piensa que lo que uno hace lo va a ver solamente la gente de ahí”, cuenta. “Y hemos llegado bastante lejos con el contenido que compartimos: los caballos, su calidad y el respeto con el que uno se mueve [con ellos]. Eso nos dejó en un lugar de privilegio”.
Su camino en las redes sociales empezó hace 11 años, en una época muy distinta a la actual. TikTok estaba lejos de ser creada, y en Instagram aún faltaba un tiempo para la llegada de las stories y los reels.
Lejos de usar esto como excusa, Alexis admite sin vueltas que su contenido era “horrible” por aquel entonces, y tanto su técnica de doma como su comprensión de los caballos estaban muy lejos del nivel que alcanzaría años después.
No obstante, había algo que lo haría destacar y resultaría fundamental para su formación. “Tuve la oportunidad y la fortuna de que mucha gente se comunicara conmigo porque vio mi trabajo y le gustó”, recuerda. “Capaz que no admiraban el trabajo en sí, sino las ganas y el esfuerzo que uno le ponía para hacerlo bien. Porque, sinceramente, el mío todavía no era un trabajo admirable”.
Hoy en día, Alexis ha construido una marca personal basada en la simpatía, el humor y, fundamentalmente, su vínculo con los caballos. Gracias a la autenticidad de su contenido, ha convertido la doma en un negocio rentable, logrando visibilizar un trabajo que, paradójicamente, solía ser relegado incluso por sus mayores referentes.
Jugar a trabajar
Alexis nació hace 35 años en Sauce de Batoví, una pequeña localidad de apenas 175 habitantes —según el censo de 2023— ubicada a poco más de 22 kilómetros de la capital departamental de Tacuarembó. Creció entre caballos, chacras y trabajo rural, en un entorno donde el oficio se aprendía mucho antes que en cualquier aula. “Mi padre toda la vida plantó chacra, domaba y hacía tropa. Venimos de ahí, crecimos en ese ambiente”, recuerda.
Era el menor de nueve hermanos y, cuando no estaba en la escuela Nº 52, acompañaba a sus mayores a la chacra, donde lo cuidaban mientras ellos colaboraban en las tareas familiares. Así, casi sin darse cuenta, el trabajo empezó a formar parte natural de su infancia.
En la estancia donde se crio no había electricidad. El entretenimiento, entonces, dependía de la imaginación y de las actividades cotidianas. Cuando no estaba leyendo o haciendo los deberes de la escuela, Alexis ayudaba en las tareas del hogar y del campo. “Después de que uno accede a las comodidades básicas que tiene hoy, recién ahí se da cuenta de la habilidad que tenían los padres para revolverse con tan poco”, cuenta, recordando aquellos días donde su madre recorría 50 metros para conseguir agua de un pozo para lavar. “Hoy no me daría el cuerpo”, dice entre risas.
En su familia casi nada se compraba fuera de casa: apenas los fideos, la yerba, y el querosén. “Lo demás se producía todo”, explica. Mientras sus hermanos trabajaban en la chacra, con apenas cuatro años él se sumaba a la rutina como si fuera un juego. “Somos de una generación que se crio en el día a día del trabajo como una manera de vivir, como una cultura totalmente natural que era aprender del oficio”, dice Alexis. “Yo iba [a la huerta] a jugar a trabajar, y creo que toda esa generación de gurises hicimos lo mismo”, agrega.
Esa lógica también se reflejaba en las escuelas rurales. Los niños cultivaban sus propias huertas y aprendían no solo historia o matemáticas, sino también los oficios vinculados al campo. Apenas terminó la escuela, con tan solo 12 años, Alexis empezó a trabajar, algo que en aquel entonces veía como parte natural de crecer en campaña.
“Todos [en la familia] aprendimos algo de lo que es el campo, ya sea la esquila, el alambrado, la doma, la tropiada, la chacra. Uno se volcó para acá, otro para allá”, explica Alexis sobre sus hermanos, “pero salimos chicos a trabajar porque en la familia de campaña antes era común formar al gurí [en la casa] para salir a trabajar. Medios para estudiar no había muchos. Tampoco los viejos tenían la cultura como para exigirte: ‘Bueno, voy a mandarte a estudiar a tal lugar’, porque se veía prácticamente imposible”.
Por aquel entonces, Alexis no soñaba con un oficio en particular. Lo único que tenía claro era que su lugar estaba en el campo. “A mí lo que más me gustó siempre fue el tener mucho espacio, ese silencio que se cosecha solamente en el campo abierto”, confiesa. Los caballos, sin embargo, todavía estaban lejos de ocupar un lugar importante en su vida.
“Mi padre domaba desde que tengo uso de razón, y mis hermanos toda la vida lo ayudaron. Yo siempre fui medio jodido para el caballo y evitaba esa parte, porque como no tenía el físico que tenían mis hermanos, me sentía más chico”, recuerda Alexis.
Aun así, conserva imágenes muy vivas de aquella época. Una de ellas ocurrió cuando tenía apenas cuatro años y una yegua “muy cabortera” hizo trabajar a su padre hasta el agotamiento para poder domarla. “Me acuerdo de un arbolito que sufrió muchísimo, porque ataron la yegua ahí y terminó pelado alrededor. Nunca terminó de crecer”, cuenta.
La relación de Alexis con los caballos no nació tanto de una admiración temprana por el animal. Comenzó, más bien, por necesidad, cuando desde su propio empleo en una estancia rural le ofrecieron domar unos caballos para “engordar el sueldo”. Así, se fue acercando de a poco a ese mundo que, durante años, había intentado evitar. “Te daban un caballo viejo, te pagaban la changa, y no había otra forma de hacer un dinero extra”, recuerda.
Entender a los equinos tampoco fue algo inmediato. Le llevó tiempo aprender a leerlos, comprender sus reacciones y descubrir la lógica detrás de su comportamiento. Ese vínculo, que empezó casi por obligación, terminó transformándose lentamente en una conexión mucho más profunda.
No eres tú, soy yo
“Pasé mucho trabajo en los primeros tiempos”, resume Alexis recordando sus comienzos con los caballos. Las primeras experiencias como domador estuvieron marcadas por el desgaste físico, las largas jornadas y una lógica de trabajo basada en imponerse al animal por la fuerza.
Con el paso de los meses, empezó a notar que aquella forma de domar tenía un costo demasiado alto. No solo demoraba más en obtener resultados, sino que además castigaba su cuerpo y afectaba al propio caballo. Tras un breve paso por Montevideo para estudiar en la Fuerza Aérea —una experiencia en la que, reconoce entre risas, duró poco por obvias razones— regresó al campo con otra mentalidad y con ganas de aprender nuevas formas de trabajo.
“Ahí empecé a pensar cómo hacer el mismo trabajo conservando muchas cosas, pero tratar de judiarme menos, cuidando más mi cuerpo y exponiendo menos al caballo”, explica.
Sin embargo, esa búsqueda de aprendizaje chocó rápidamente contra una realidad muy arraigada entre los domadores más veteranos. Alexis cuenta que, en aquella época, el conocimiento rara vez se compartía y casi todo se aprendía por observación, prueba y error.
“Hoy hay mucha facilidad para aprender, vos mirás un video y tenés una idea de cómo hacer algo. Pero antes no existía esa cultura de decirte: ‘Mirá, esto se hace así porque al caballo le pasa tal cosa’. Era más bien: ‘Hacé así porque yo lo hago así y funciona’”, indica Alexis. “Pero no era por maldad, era porque eran los recursos que los viejos tenían”, agrega.
Pero el hermetismo iba incluso más allá. Según Alexis, algunos de los mejores domadores evitaban deliberadamente que otros vieran cómo trabajaban. “En las estancias me tocó ver gente que domaba muy bien, que eran muy prolijos con los caballos, pero era imposible observarlos trabajar. Había gente que era capaz de domar de noche para que nadie los viera”, afirma Alexis.
Las barreras, lejos de frenarlo, terminaron impulsándolo. “Ahí dije: el día que aprenda algo, voy a tratar de enseñárselo a todo el que quiera aprender”, recuerda Alexis.
Con esa idea en mente, sobre 2015 abrió sus redes sociales y empezó a compartir su día a día como domador. Sin saberlo, estaba dando uno de los pasos más importantes de su carrera. Aunque hoy se ríe del material que publicaba en aquel entonces, esas plataformas le permitieron conectarse con personas que atravesaban las mismas dudas y experiencias que él.
“Eso me ayudó mucho: fui generando contacto con gente que domaba, comunicándome y por ahí accediendo a alguna conversación, alguna llamada, alguna charla, y ahí nos fuimos formando”, detalla.
Sin embargo, habría un momento en que Alexis haría un verdadero “click” y marcaría un antes y un después en su vida: el día que entendió que no era el caballo quien tenía que hacer lo que él quería, sino que tenía que ser el propio Alexis el que tenía que “aprender cómo piensa un caballo”.
“Es como cuando te toca dirigir un grupo de personas. Si obligás a todos a hacer algo, siempre va a haber resistencia. En cambio, cuando guiás y marcás el camino, todo fluye mucho más”, explica.
A partir de ahí comenzó a estudiar más profundamente el comportamiento animal y a cambiar por completo su manera de domar. “Hay que aprender cómo vive y cómo piensa el caballo. Cuando entendés que es una presa y que no te va a atacar porque sí, sino que muchas veces se está defendiendo, dejás de pelear contra él”, sostiene.
Ese cambio de paradigma también transformó por completo su manera de trabajar. La paciencia, dice Alexis, pasó a ocupar un lugar central en cada proceso de doma.
A partir de entonces, empezó a respetar los tiempos del animal y a entender que no siempre el caballo puede adaptarse a las urgencias humanas. “Capaz que vos pensás: ‘Tengo 15 minutos y en esos 15 minutos el caballo tiene que dejarse agarrar’. Pero el caballo no tiene tus tiempos, el que tiene la necesidad sos vos”, explica.
Esa lógica implicó aprender a bajar la ansiedad y aceptar que algunos avances simplemente requieren más tiempo. “Si en toda la mañana el caballo no pudo entender lo que le querías enseñar, no pasa nada. Se vuelve a intentar mañana o pasado”, sostiene.
Para Alexis, ahí está una de las claves más difíciles —y más importantes— de comprender dentro de la doma. “Ese click cuesta agarrarlo, pero para mí ese es el camino”, afirma.
Durante la pandemia, llegó a pasar hasta 40 días sin salir de la estancia. Lejos de vivirlo como un aislamiento, aprovechó ese tiempo para profundizar aún más en su técnica de doma y en el estudio del comportamiento equino. También, realizó vía Zoom un curso de equitación olímpica dictado por profesores británicos, una experiencia que amplió todavía más su mirada sobre el vínculo entre el jinete y el caballo, y la anatomía del animal.
Mística y galope
Si bien el principal propósito de Alexis en redes sociales es mostrar su trabajo con los caballos y compartir consejos vinculados al mundo equino, su perfil fue creciendo también gracias a otra faceta: su capacidad para contar historias, reflexionar sobre temas cotidianos y conectar con la gente desde la sencillez y el humor.
Con la intención de impulsar aún más su proyecto, hace dos años decidió dejar Tacuarembó y mudarse a las afueras de Sauce, en el departamento de Canelones. Allí instaló su centro de doma y corrección “Don Valentín”, un espacio desde el que hoy trabaja, enseña y genera contenido para miles de seguidores.
Con esa mudanza nació, además, una de las dinámicas más exitosas de sus plataformas: los sorteos mensuales de yeguas domadas.
“Cuando me vine para acá tenía una yegua que era un espectáculo: grande y con muchísimas condiciones. Ahí se me ocurrió hacer un sorteo”, recuerda. La respuesta de sus seguidores lo sorprendió. “La gente respondió de lujo y enseguida empezaron a pedir que hiciéramos otro”, cuenta.
Con el tiempo, la iniciativa terminó convirtiéndose en una especie de sello personal de su perfil. Cada mes, Alexis selecciona un potro para trabajar y cualquier persona puede participar comprando números a $ 250.
Sin embargo, detrás de la propuesta hay una filosofía mucho más profunda que la simple entrega de un caballo. Alexis asegura que busca formar animales funcionales y nobles, pensados especialmente para personas con poca experiencia.
“Me inclino por caballos pensados para un tipo especial de gente: personas que tienen poca experiencia, que lo van a usar un fin de semana o incluso alguien que nunca montó y quiere arrancar”, explica.
Por eso, gran parte de su trabajo apunta a lograr animales tranquilos, confiables y fáciles de manejar. “Dirijo mi negocio hacia ese tipo de caballos: funcionales, pero muy mansos. Que transmitan confianza, que sean serenos y que puedan seguir aprendiendo junto a la persona que los monta”, sostiene. Y hay una historia que refleja a la perfección el verdadero sentido de todo lo que hace.
“A disfrutar lo que el caballo ofrece”
El viernes 15 de abril, llegó al complejo “Don Valentín” Marcelo Pereira, uno de sus seguidores más fieles. Durante meses había participado en los sorteos con la ilusión de cumplir su sueño: tener su propia yegua. Después de muchos intentos, finalmente la suerte estuvo de su lado en febrero.
Pero el desafío no era sencillo. Marcelo perdió la movilidad del lado izquierdo de su cuerpo tras sufrir un accidente cerebrovascular, por lo que Alexis debía preparar a la yegua para adaptarse a sus limitaciones físicas. “Ahí le pusimos todo el tiempo, la paciencia y la dedicación para que la yegua respondiera en el momento en que se encontrasen”, cuenta.
Aquella tarde otoñal de abril, Marcelo llegó directo desde Lavalleja para conocer por primera vez al animal. Lo que ocurrió en ese encuentro es descrito por Alexis como un momento mágico. “Pasó algo que no se puede explicar porque, si bien era una yegua que conmigo era ágil, andaba bien, nada del otro mundo, el día que Marcelo vino y la agarró, con todas sus dificultades, la yegua cambió totalmente. Se puso serena, lo esperó mientras lo ayudábamos a subir —porque no puede estribar— y se portó de maravilla”, recuerda.
Aunque hoy se siente orgulloso del camino recorrido y del reconocimiento que logró construir con los años, asegura que sigue aprendiendo todos los días. Para él, los caballos continúan siendo una fuente permanente de enseñanza.
“No soy muy bueno dando consejos, pero de lo que sí estoy seguro es que para llegar a cualquier lado hay un camino que recorrer, y una de las cosas que uno tiene que evitar hacer es apurarse”, reflexiona Alexis. “El trabajo constante, el aprender de quien está más adelante, el escuchar al caballo y el conservar el respeto por lo que uno hace. Eso último es fundamental, porque es lo que hace que si alguien te ve pasando trabajo, se acerque a ayudarte”, agrega.
Una frase que Alexis repite casi como un mantra en sus publicaciones es que “en el mundo del caballo, hay lugar para todos”. “Para mí el caballo y la doma es una manera de vivir y es algo que quiero conservar para siempre porque es la manera que aprendí a escuchar, a vivir, a disfrutar lo que el caballo ofrece”.