La pandemia lo cambió todo, también para la ciencia uruguaya. Juan Cristina, decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República, lo vivió desde adentro: fue su laboratorio uno de los primeros en desarrollar los test de diagnóstico de covid-19 cuando el país todavía no tenía acceso a ellos. Ese proceso marcó un antes y un después en la relación entre la sociedad uruguaya y el conocimiento científico.

Cristina termina su tercer mandato el 26 de octubre, con 70 años cumplidos y una carrera que arrancó hace más de tres décadas cuando volvió al país. En ese tiempo, vio crecer la facultad, vio nacer carreras nuevas como Oceanografía y vio también el cambio generacional de los estudiantes actuales, que son un mundo completamente distinto.

En entrevista con Montevideo Portal, el virólogo se refirió a la divulgación científica, al presupuesto universitario, a cómo es la preparación de los alumnos que acceden a la educación terciaria, a la situación de Gonzalo Moratorio —su exalumno, al que describe como “un hijo”— y al balance de su mandato.

La Facultad de Ciencias anunció el hallazgo de restos fósiles de dinosaurios en Paysandú. A partir de esta noticia, mucha gente pudo acercarse al trabajo de los investigadores. ¿Creés que falta más divulgación científica en Uruguay?

Yo creo que falta mucha más divulgación científica. Creo que también, como para todo, necesitamos profesionales que sean capaces de hacer esa divulgación científica. Muchas veces no somos los propios científicos los que estamos capacitados para llegarle a la gente. ¿Por qué es muy importante que le llegue a la gente? Porque la ciencia es parte de la cultura de un país. Para que la ciencia llegue a la gente y que la gente entienda que nosotros no estamos en una torre de marfil que está perdida por ahí, que somos gente loca que hace cosas raras, sino que podemos hacer cosas —que de hecho hacemos, en muchas áreas— que pueden afectar su vida. O sea, que tiene algo que ver con el vecino. 

Es muy importante para nosotros y a eso lo llamamos la “apropiación social” de la ciencia. Para eso necesitamos más divulgadores, pero también necesitamos divulgadores que tengan una formación que permita hacer esa comunicación, que, muchas veces, para nosotros es muy difícil. Podría decirte cosas de muy distintas localidades del país que muchas veces la gente no conoce o nosotros no somos capaces de hacerlo llegar. De hecho, ahora estamos empezando a aprender, tenemos una unidad de comunicación en la facultad, pero nos falta mucho todavía.

Si bien creés que aún falta, ¿sentís que en el último tiempo hubo un avance en ese sentido?

Sí, yo creo que la pandemia para nosotros marcó un antes y un después en cuanto a la apropiación social de la ciencia. Lamentablemente, por un hecho triste, tuvimos que salir y el país ahí pudo ver que las capacidades instaladas en la universidad podían dar respuestas en situaciones críticas que acosaban a nuestra población. Ahí, creo que fue muy importante para nosotros. Cuando volví al país hace 35 años, yo decía: “Soy virólogo y estudio los virus”. [La respuesta era:] “Ah, qué bien, pero ni idea”. Después vino la pandemia y veías dibujos de virus por toda la ciudad. 

Afortunadamente, la gente joven de mi laboratorio, aunque yo era el jefe en ese momento, fue la que pudo hacer el test para poder detectar a los pacientes, test que Uruguay no tenía y que no iba a conseguir. Y eso, evidentemente, tendría que ser un aprendizaje para el futuro, en otros temas que seguramente vendrán. Ahora enfrentamos muchas cosas: temas medioambientales, temas de cambio climático. 

Si yo te digo “Ciencias de la Atmósfera”, a la gente le suena raro. Pero Ciencias de la Atmósfera es muy importante porque lo que está pasando con la corriente de El Niño en las costas de Perú es tremendo. Como también colegas de nuestra facultad que han trabajado en la Antártida y han encontrado nuevas moléculas que sirven para protegernos de la radiación ultravioleta del sol. Hay mil ejemplos. Y en el siglo XXI es la sociedad del conocimiento, entonces, entusiasmar a la gente joven con esto también es muy importante para nosotros.

Mencionaste la pandemia. Siendo virólogo, ¿cómo seguís la situación de salud de Gonzalo Moratorio?

Él entró a mi laboratorio como estudiante cuando tendría 21 o 22 años. Ha hecho los posgrados conmigo. Es un científico brillante. La última noticia que tengo de él, de un audio suyo, es que está haciendo su terapia ahora en Estados Unidos. Afortunadamente, la puede estar haciendo allá: es una terapia que se llama CAR-T. Es una terapia donde se modifican las células de nuestro propio sistema inmunitario para atacar un blanco determinado de células tumorales. 

Para mí, Gonzalo es como un hijo. Mis hijos eran chiquitos cuando él entró al laboratorio, tienen como un hermano. Obviamente, conozco a su familia. Para nosotros fue un golpe muy duro porque Gonzalo es un científico de primera línea. Esperemos que la terapia pueda ayudar a que recupere su salud.

Desde la facultad están observando con preocupación el tema del presupuesto y el ingreso de alumnos. ¿En qué situación están hoy?

Empezando por el presupuesto, la Facultad de Ciencias es parte de la Universidad de la República y el presupuesto es uno solo. No podemos decir que Uruguay no ha hecho progresos, porque si lo miramos desde el punto de vista de la historia reciente del país, luego de la dictadura, se empiezan a generar hitos que son importantes. Por ejemplo, la creación del Programa de Desarrollo de Ciencias Básicas (Pedeciba), luego el Sistema Nacional de Investigadores, la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII), la propia construcción de la Facultad de Ciencias. 

No es que no se haya hecho nada, pero la velocidad a la que va el mundo de hoy no es esta. Hacemos cosas, pero somos muy lentos. Comparándonos con países pequeños, del mismo tamaño relativo, si uno mira una media europea no invierte menos del 1,5% en investigación y desarrollo. Corea del Sur invierte el 2% del PBI, Israel invierte más que eso. Es una cuestión que nos preocupa. 

En cuanto a la matrícula, ingresan 900 estudiantes por año, lo cual está muy bien, pero, evidentemente, la formación que traen de la enseñanza media, pruebas que hacemos nosotros nos indican, no es una formación básica para una carrera. Esto no es para echarle la culpa a la ANEP ni a nadie, es una cuestión multifactorial y muy compleja, pero es la realidad.

¿A qué atribuís esa brecha en la formación de los estudiantes que llegan?

Yo creo que hay un cambio civilizatorio entre mi generación y la de ellos. Nosotros éramos una generación que teníamos otros referentes que hoy no existen. Había referentes familiares, sociales, políticos, religiosos, y hoy esas estructuras no juegan el papel que jugaban antes. Hoy las redes sociales juegan un rol en cómo la gente se relaciona y también en cómo aprende y estudia. 

No digo que las tecnologías sean malas, sino que el problema es el uso que se les da. Se le presenta a los jóvenes una sociedad ideal donde no van a haber dificultades. No vamos al médico y le preguntamos a la inteligencia artificial como si eso fuera lo mismo que estudiar 14 años. No creo que ninguna generación desde Artigas hasta acá se la haya llevado de arriba. Son distintos, pero no quiere decir que vaya a haber problemas. Incluso desde el punto de vista neurobiológico, todas las pantallas nos afectan, incluso el aprendizaje. 

Muchos países nórdicos han vuelto a enseñar con libros físicos; el razonamiento, aprender a razonar, aprender a pensar. Hoy hay dificultades para escribir en cursiva, la amplitud del vocabulario se redujo y eso tiene que ver con cómo construimos nuestras ideas en nuestro cerebro.

Tu mandato termina el 26 de octubre. ¿Qué balance hacés de estos años como decano?

Primero, un agradecimiento eterno a toda la comunidad de la facultad por elegirme decano por tercera vez, más sabiendo que yo estoy en retiro. Mi retiro es porque cumplo 70 años, que es una larga vida. No tengo palabras de agradecimiento para todos los que me han acompañado. Para mí, los estudiantes son lo más importante que uno tiene y además es lo que uno se lleva. La calidad de los estudiantes profesionales se produce. 

Creo que hay que adaptarse a los nuevos tiempos, revisar los planes de estudio, sobre todo en los primeros años, que permitan a los jóvenes poder insertarse mejor, no solo en la vida universitaria, sino en cómo ese joven pueda desarrollar su proyecto de vida. No podemos seguir como si en el mundo no hubiera pasado nada. 

Este semestre le di clases a la generación que entró 51 años después que yo. Son de otro mundo, que no está mal, pero me parece que necesitan un cambio en cómo hacemos las cosas. Eso va a seguir manteniendo la calidad del profesional que saca nuestra universidad. Y muchas de esas cosas, a diferencia de otras que sí necesitan inversión y presupuesto, esta, creo, depende de nosotros.