En bulevar Artigas, especialmente en el tramo que va de Rivera hasta el puente sobre la calle Sarmiento, se produce un llamativo mestizaje arquitectónico: modernos y elevados edificios conviven con señoriales residencias de principios del siglo pasado, la mayoría de ellas adaptadas para uso comercial.

Construidas en tiempos más apacibles, estas mansiones —la mayoría firmadas por los prolíficos constructores Bello y Reborati— abundan en mayólicas, antepechos y miradores. Estos elementos, diseñados para dotar de elegancia a los inmuebles, se han convertido en escalones para delincuentes que, con habilidades caprinas, son capaces de alcanzar los tejados e incluso pasar a edificios linderos.

En los últimos días, Montevideo Portal tuvo acceso a imágenes que documentan ese accionar y recabó testimonios de vecinos de la zona. Algunos de ellos manifestaron preocupación por lo traumatizantes que pueden llegar a ser ese tipo de intrusiones, especialmente en hogares con niños. En ese sentido, señalaron que la gente en la zona ya no se sorprende por ver personas sospechosas en la calle, y tiene cuidado al entrar y salir de sus casas. Sin embargo, una cosa muy distinta es toparse con un desconocido en la ventana de un piso alto, donde se supone que nadie podría llegar.

Por ejemplo, días atrás, los residentes de una de las viejas fincas de la zona se llevaron una desagradable sorpresa: al subir al mirador de lo alto de la finca, espacio al que no van a menudo, encontraron claras huellas de que tenían indeseable compañía: colchonetas, mantas y otros enseres delataban la presencia de intrusos instalados allí.

La casa tiene alarmas y cámaras interiores que no registraron novedad. Por ello, sus propietarios no tienen dudas de que las personas accedieron trepando por el exterior.

El pasado sábado, en la misma casa, las cámaras de seguridad grabaron la presencia de un desconocido que se las ingenió para colarse en el patio posterior. La ubicación de ese espacio y el seguimiento de imágenes dejaron claro que no accedió por las puertas, sino mediante la circulación por los techos de la cuadra.

Minutos más tarde, el mismo sujeto, vestido con diferentes prendas, fue captado cuando trepaba a un edificio en la misma manzana de la casa anterior.

Armado de temeridad y de un cuchillo, acometió contra las ventanas de los apartamentos y —según relataron los damnificados— ingresó a un apartamento, amenazó a los residentes y logró sustraer varios objetos. Luego, a riesgo de caer y llevarse un fuerte golpe, descendió por la fachada. Allí, al ser avistado por moradores, huyó corriendo.

En febrero, y en la misma zona, ladrones ingresaron por la azotea de una finca de la misma zona en la que funciona una empresa dedicada a las transacciones en criptomonedas. Una vez dentro, lograron apoderarse de una suma cercana a los 70.000 dólares, y luego darse a la fuga.

Estas “experiencias aéreas” son un nuevo sinsabor para los vecinos, ya atribulados por arrebatos, robos de autos, mendicidad abusiva y actos de vandalismo, además de los roces que genera la presencia de numerosas personas en situación de calle que pernoctan y hacen sus necesidades en las aceras.