El politólogo Daniel Buquet analizó el momento que atraviesa el gobierno de Yamandú Orsi a poco más de cumplirse un año y tres meses de su asunción. En entrevista con Montevideo Portal, abarcó los principales ejes de la coyuntura: se refirió al caso de la camioneta presidencial, a los bajos niveles de aprobación del gobierno, a la estrategia de la oposición y a los posibles candidatos del Frente Amplio de cara a 2029.
El académico analizó el episodio de la camioneta como un error político de fondo agravado por una gestión comunicacional que calificó de “amateur”, y advirtió que el daño a la imagen del presidente es en parte “irreversible”. También se mostró escéptico ante la posibilidad de un “golpe de timón” en la orientación del gobierno, y consideró que la ofensiva de los partidos de la oposición no tiene motivos para moderarse en el corto plazo.
— El tema que más ha dado conversación y debate en estos últimos días fue la camioneta del presidente. ¿Qué análisis hacés a nivel global? ¿Es un tema de relevancia política o más un problema de comunicación?
Creo que finalmente resultó ser un tema de relevancia política, no solo por un problema de comunicación, sino por una cuestión sustantiva, pero creo que intervienen los dos aspectos. Lo primero es el hecho mismo de que el presidente, todavía no en funciones, adquirió un vehículo de alto valor con un descuento inusual.
Más allá de eso, donde pareciera que no hay un delito, pero en todo caso es una cosa medio en el borde y que es evidente que éticamente está mal. Por más que todavía no fuera presidente y por más que no haya una contrapartida —que serían los elementos que lo transforman en un delito—, es algo que en términos de la ética política y del discurso que pregonó el propio candidato en su campaña, del estilo de vida y de la forma de ser del dirigente político, es un error político. Va en contra de algo que pretende establecer la honestidad, la transparencia, la sencillez. Entonces hay una sustancia política, es un error.
Ahora, ¿es un error grave o gravísimo? Tal vez ni siquiera fuera un error grave en principio, pero hay un error. Ese error se podía subsanar de distintas maneras. Casi no hubiera sido un error si esto se hacía público desde el principio. Si hubiera dicho ‘tengo un vehículo que es un poco caro, pero gracias a unas piruetas que hicimos logré comprarlo’ capaz que lo resolvían.
El problema es que primero esto no se sabía, luego se sabe una parte de la historia, luego se sabe otra parte, luego el presidente va a dar una explicación y da una explicación cuando incluso todavía no se sabía toda la historia y le salta el tercer componente, que es el auto que le donaron otra empresa y que se usó como parte de pago.
Esto implica que el manejo estratégico de la situación se hizo pésimamente y de una manera completamente amateur. Tal vez desde el principio, porque yo no sé si el presidente se asesoró cuando fue a comprar la camioneta. O no se asesoró, lo cual es amateurismo puro, o lo asesoraron mal, lo cual es falta de profesionalismo.
Después, una vez que vos ves que el asunto tiene cierta envergadura y se llega a la conclusión de que el presidente tiene que salir a dar una explicación, entonces decís: ‘Bueno, vamos a cerrar este asunto, no puede quedar ningún cabo suelto’. Eso es profesionalismo, y no era muy difícil. O bien quienes lo asesoraron no valoraron la información que tenían, o bien el presidente o alguien más —porque parece que había más gente que sabía todas estas cosas— no lo tomó en cuenta y dijo, bueno, esto igual no se va a saber, a nadie le va a importar. Una falta absoluta de profesionalismo orientado sobre todo a la comunicación, pero también a cómo se hacen las cosas.
— Todavía falta el pronunciamiento de la Jutep. ¿Pensás que eso puede tener algún efecto político?
Lo de la Jutep va a hacer que el tema se siga estirando, porque de algún modo la última decisión del presidente pretende ponerle punto final al asunto, con un mensaje que intenta sanar la herida de que el presidente se está beneficiando indebidamente. ¿Por qué? Porque ‘no me beneficio nada, regalé la famosa camioneta que me generó el beneficio, así que ahora en realidad tengo un perjuicio, porque aunque pagué poco me perdí el auto viejo y los 15.000 dólares’. Pero como están las denuncias en la Jutep, el caso va a seguir abierto.
Vamos a terminar un mes seguido hablando de este tema y generando siempre prensa negativa para el presidente, porque la Jutep no le va a generar prensa positiva. Le puede generar prensa muy negativa o levemente negativa. Si la Jutep llegara a decir que el presidente no hizo nada, probablemente sea dos a uno y la oposición salga a decir que la JUTEP es un comité de base. Van a seguir alimentando la controversia.
El tema no se cerró. En todo caso se cerró la obtención de un beneficio material por parte del presidente. La mejor versión que puede quedar en la opinión pública es que ha habido torpezas, mal manejo, ingenuidad. Eso es lo mejor que puede pasar. Pero hay al menos un elemento que queda dañado aun en el extremo donde la mayoría de las personas se convenza de que el presidente es una persona honesta: un aspecto de su imagen, de su discurso, y dicho de manera explícita en el comunicado que sacó, que es la transparencia, la verdad. Ocultó información. Y ocultó información de la peor forma.
Cuando va a hacer la explicación es precisamente porque surgieron dudas sobre cómo había accedido a esa camioneta. Él mismo dijo que lo que importa es la verdad, que no se dibuja. Y estaba ocultando un elemento relevante del asunto. Ese daño es irreversible. ¿Cómo va a decir de nuevo que nunca jamás ocultó nada? Creo que actuaron muy mal y que la imagen del presidente va a seguir siendo golpeada. No será infinito el tema, pero de acá al carnaval que viene seguro que estará. Aunque baje en el medio, en febrero reaparece.
No es solo un problema de Orsi, es un problema para el gobierno, para el país y para el Frente Amplio tener un gobierno que haya tenido este nivel de desgaste antes de llegar a la mitad del mandato. En una situación que crea obstáculos para lo que el gobierno pueda hacer adelante, pensando, entre otras cosas, que le faltan dos votos en la Cámara de Diputados y que los presidentes desprestigiados no generan los mejores estímulos para que opositores te apoyen.
— Ciertos dirigentes y analistas señalaron que la caída en la aprobación del presidente se explicaba en parte por votantes que se inclinaron por Orsi pero no son militantes del Frente Amplio. ¿Este episodio puede marcar una tendencia a la baja incluso en el núcleo más duro dentro del FA?
No lo sé. Acá depende mucho de cómo el partido presente el asunto. Y en todo caso, si daña a Orsi, tal vez no daña al Frente Amplio. Estamos hablando de gente muy cercana al Frente Amplio. A nivel de elecciones o de una encuesta de opinión pública, ese sector, si se moviera todo junto, mueve uno o dos puntos. Eso no es decisivo.
Lo que sí es decisivo es en qué medida ese grupo toma sus tareas con entusiasmo, porque la militancia sirve para repercutir, para irradiar mensajes, para llevar la voz del partido a sus vecinos, a las organizaciones del barrio, a los centros de estudio. Si esto a esos militantes les parece negativo y les genera un desestímulo para seguir con el mismo entusiasmo su actividad, sí puede tener un efecto. Y hasta se puede ver en las encuestas, porque no es que ellos cambiaron de opinión y ahora no aprueban al gobierno, sino que a los que deberían convencer de que aprueben al gobierno ya no los van a convencer.
— Teniendo en cuenta esos bajos niveles de aprobación, ¿puede esperarse que el gobierno dé ese “golpe de timón” que le reclaman sectores de más a la izquierda?
Es muy difícil. Yo tampoco sé muy bien qué sería un “golpe de timón”, porque puede haber tres componentes: uno es simplemente incrementar el déficit fiscal. El tema del grado de izquierdismo del gobierno del Frente Amplio es un problema de plata pública. El ministro de Economía, con Orsi apuntalándolo, es lo que se llama ortodoxo: no quiere tener déficit fiscal o quiere que no exceda un margen razonable. Entonces, volverte heterodoxo implicaría decir: “Vamos a gastar más, vamos a darle la plata que pide la educación, y el déficit se va a cinco puntos del PIB”. No creo que esto se pueda hacer con el ministro Oddone y con la concepción que no es solo de él ni de Orsi, sino de básicamente todos los gobiernos del Frente Amplio desde 2005. Es una concepción más bien ortodoxa en el manejo de los dineros públicos. De izquierda, pero ortodoxa.
La otra opción es no aumentar el déficit pero conseguir ese dinero aumentando impuestos. Eso también va en contra de la orientación principal de las políticas económicas del Frente Amplio, que son muy prudentes porque quieren mantener el esquema de incentivos para la inversión. La tercera opción es que esto ocurra solo, sin déficit y sin aumentar impuestos, a través del crecimiento económico. Pero el panorama es muy negativo porque las perspectivas de crecimiento son muy magras. Tendría que haber una especie de crisis de gobierno con un viraje en la orientación, que se fuera el ministro de Economía y vaya a saber qué nivel de tensión podría generar eso dentro del propio partido de gobierno. No sé si resistiría. Pienso que no. Pienso que todo esto va a ser un proceso de ir manejando los márgenes, atando las cosas con alambre para ver qué se puede hacer.
— ¿Compartís la mirada de los principales dirigentes del FA que la oposición tiene una postura muy dura contra el gobierno, abusando de las interpelaciones y los llamados al Parlamento?
Sí. No hay ningún elemento que sugiera que la oposición vaya a variar esta actitud. Hay razones estratégicas de la competencia política que llevan a que la oposición priorice los ataques al gobierno. La baja popularidad del gobierno desde el inicio alienta a pegarle. Si la gente no quiere al gobierno y yo soy un político de oposición, creo que la gente me va a mirar de buena forma si digo que este gobierno es un desastre. Y dentro de la oposición hay competencia interna: cuando un político ve que puede beneficiarse pegándole al gobierno, hay otro político de oposición que dice: “Si este se va a beneficiar, yo no me voy a quedar atrás”.
Hay algún matiz. Pienso en el intendente Nicolás Olivera de Paysandú, que tiene un discurso más propositivo. De hecho hace poco hizo un planteo dentro de su partido orientado a una elaboración programática sin centrarse en pegarle al gobierno, pero te diría que es un caso aislado. El resto —sean herreristas, la Lista 40, Aire Fresco, y del Partido Colorado con algunas excepciones— más o menos coincide en la estrategia del ataque.
Creo que todos los estímulos están orientados a que esta dinámica siga, salvo que haya una modificación significativa en los resultados de las políticas públicas, ya sea en lo económico o en seguridad, donde están las preocupaciones más relevantes de la gente. Hoy no se ve una reversión de escenario. El problema es que Uruguay no tiene alta inflación y el desempleo es relativamente bajo, pero la economía no tiene mucho dinamismo. Lo que queda en el medio donde se puede lograr algo es incrementar los ingresos de los hogares. Y todo esto es muy difícil que ocurra en términos suficientemente contundentes como para que la gente que está en contra del gobierno cambie de opinión.
— Parece bastante claro que el liderazgo del Partido Nacional le pertenece a Lacalle Pou y en el Partido Colorado están Ojeda y Bordaberry. ¿Ves alguna figura dentro del Frente Amplio que pueda posicionarse como candidato para 2029?
En Uruguay, en principio, uno cree que va a pasar algo parecido a lo que ya pasó. Orsi no va a ser candidato. ¿Quiénes pueden ser? Carolina Cosse, Mario Bergara, Óscar Andrade. Desde las elecciones internas de 2024 hasta hoy, en el Frente Amplio no surgió una figura sorprendente, con carisma y liderazgo distinto a estos. Me imagino más o menos esos nombres, que tal vez puedan mostrarse distintos a Orsi si su popularidad sigue en caída.
Cada una de estas figuras tiene sus rasgos específicos y los tres son distintos en términos de sus formas de comunicación: Andrade es verborrágico, tal vez el más carismático, pero es comunista y eso le genera una limitación en la convocatoria que puede tener el Frente Amplio con un candidato corrido a la izquierda. Bergara es el opuesto, es un poco más académico, pero no es tan carismático ni simpático en el momento de hablar. Y tal vez Cosse está un poco en el medio.
De todos modos, los tres tienen un nivel de contundencia en sus planteos que Orsi nunca logró tener. Creo que Orsi siempre tuvo el defecto de ser un poco vago en sus pronunciamientos, un poco ambiguo. Estos tres dirigentes tienden a ser categóricos. Y en el liderazgo eso es algo importante, junto con el hecho de que Orsi no era un jefe político en sí mismo, ni del MPP ni del Frente Amplio. Su forma de ser no lo ayudó a construir un liderazgo donde todos digan: “Es obvio que es el que manda”.