Vivir muchos años y en buen estado suele imaginarse como el premio a una vida tranquila y sana, sin mayores sobresaltos. Una rutina calma, pocos disgustos, nada que altere demasiado el pulso, algo así. Sin embargo, la vida de la persona más longeva de la que se tiene registro, María Branyas, deja esa idea por el camino.

Branyas nació en 1907 en San Francisco, Estados Unidos, y murió en 2024 en una residencia de Olot, Cataluña, a los 117 años y nueve meses. Perdió a su padre siendo chica, atravesó la guerra civil española, dos guerras mundiales y una pandemia (cuando ya tenía más de 100). En sus últimos años, aceptó que la estudiaran con un detalle que nunca se había aplicado a alguien de esa edad.

El médico Manel Esteller, director del Grupo de Epigenética del Instituto de Investigación del Hospital de Sant Pau, y el investigador Eloy Santos, del Barcelona Beta Brain Research Center, publicaron esos resultados en la revista Cell Reports Medicine y ahora los cuentan en el libro Historia de una supercentenaria (editado por RBA). En una entrevista con National Geographic España repasaron los hallazgos y dieron algunas pistas de las razones de la superlongevidad de María.

El punto medio del estrés

Que su vida haya estado lejos de ser apacible no es un detalle menor. Esteller sostuvo que lo decisivo en la vida no es esquivar los golpes, sino procesarlos: “Es más importante la capacidad de adaptación”, dijo. “En estos casos lo bueno es estar en la mitad: tener muchísimo estrés acorta la vida, pero nada de estrés, también”, afirmó. Para explicarlo eligió una escena conocida: “Es como un examen: si vas nervioso, te irá mal, pero si vas supertranquilo, también, porque necesitas un mínimo nivel de estrés”.

El mismo razonamiento le sirvió para hablar de las personas mayores que siguen en actividad: “Muchas no quieren jubilarse porque cuando dejan de tener el mínimo estrés laboral pierden vitalidad rápidamente”, resumió.

Los vínculos que le entrenaron el cerebro

Branyas tenía una variante genética asociada al riesgo de Alzheimer y nunca desarrolló la enfermedad. Para Esteller, buena parte de la explicación estaba en lo cotidiano: tocaba el piano, veía a sus amigas, mantenía el trato con su familia. “La interacción social y la vida activa producen redes neuronales alternativas”, explicó. No tuvo alteraciones neurológicas, algo que consideró clave porque, en sus palabras, “las demencias son una plaga”.

“Tuvo amigas hasta los 117 años, incluso cuando quedaba con su hija, se hacía amiga de sus amigas”, contó Santos. Solo durante la pandemia, María atravesó momentos de soledad en la residencia, que enfrentó cerrando los ojos para recuperar episodios del pasado que la habían emocionado.

“Su curiosidad era ilimitada”, agregó Esteller. “Leía novelas o libros sobre Egipto, se quería informar, hacía ganchillo (crochet) y tocó el piano hasta una edad muy avanzada”, agregó.

Foto: Archivo

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Una biología más joven que el calendario

Consultado por la edad biológica de María Branyas, Santos fue categórico: “Tenía 25 años menos de promedio que su edad cronológica porque las células se mantenían más jóvenes”. El análisis mostró genes que la protegían del daño, una producción de energía más eficiente que el promedio y una decena de cambios en su material genético que no se habían detectado en ningún otro ser humano.

El trabajo publicado en Cell Reports Medicine describió un cuerpo con señales contradictorias: telómeros muy cortos y otros marcadores de envejecimiento extremo conviviendo con inflamación baja, una microbiota intestinal dominada por bifidobacterias y rasgos genéticos vinculados a la protección del cerebro y del corazón.

Por qué conviene empezar temprano

Esteller descartó que ocuparse del tema sea cuestión de la mediana edad: “La longevidad no se debe empezar a trabajar a los 50 o los 60. Se debería empezar de pequeñito”. En ese sentido, puso como ejemplo la obesidad infantil, un problema que actualmente crece en el mundo y que, según el investigador, deja huellas para el resto de la vida.

Pero atención: llegar tarde a cuidarse tampoco es inútil. “Si dejas de fumar, estás ganando unos años más de salud, pero no llegarás a ser como el que nunca fumó”, dijo, y cerró con una comparación: “Es como plantar un árbol: el mejor día para empezar fue ayer, pero siempre estás a tiempo”.

El investigador marcó además que el 80 u 85% de los supercentenarios que hay en el mundo son mujeres, y atribuyó esto, en buena parte, a los “hábitos tóxicos que los hombres han tenido históricamente”. Esteller enumeró entre ellos al tabaco, el alcohol y lo que llamó vicios del mercado laboral. Además, anticipó que la brecha se irá achicando, como ya empieza a verse en el riesgo de cáncer.

Cuántas personas pasan los 100 años en Uruguay

En Uruguay, el fenómeno de los supercentenarios también tiene sus números propios. Según los datos presentados por el Banco de Previsión Social (BPS) en 2024, había 892 personas mayores de 100 años con pasividades del organismo. Eran 743 mujeres (83,3%) y 149 varones (16,7%).

Mientras tanto, datos del Censo 2023 indicaron que había más de 26.000 uruguayos que superan los 90 años.

Las proyecciones del Instituto Nacional de Estadística (INE) revisadas en 2025 indican que el 15,8% de la población tiene 65 años o más y que hacia 2070 esa proporción llegaría al 32,5%