Un amigo manda la foto de su nuevo auto al grupo de WhatsApp, o avisa que le salió la beca que estaba esperando, o quizá una de las integrantes de la barra del colegio anuncia que será mamá. Automáticamente, empiezan a llover las felicitaciones, los saludos, los stickers. Y si es en persona, habrá abrazos, algún llanto de emoción y muchas risas. Sin embargo, hay uno que no dice nada o que contesta tarde y con pocas ganas. Y hay altísimas chances de que quede etiquetado como el envidioso del grupo, aunque no siempre sea así.

La psicóloga española Olga Albaladejo analizó este tema y sostuvo que esa conclusión suele tomarse demasiado rápido. “Felicitar no es solamente un gesto de cortesía”, explicó al sitio Cuerpomente, y agregó que, a veces, el logro de otra persona puede evaluarse como un espejo en el que vemos nuestra propia vida. Algo que sucede sin buscarlo, aseguró, pero sucede.

Detrás de ese mecanismo está la teoría de la comparación social, formulada por el psicólogo León Festinger, que sostiene que las personas evalúan sus capacidades y progresos comparándose con otros, sobre todo con quienes consideran semejantes. “Por eso no suele afectarnos igual el éxito de una celebridad desconocida que el de un hermano, una amiga o un compañero que empezó desde una posición parecida a la nuestra”, señaló Albaladejo.

La especialista contó que en su consulta ve seguido la otra cara del asunto: “Encuentro personas que se quedan calladas ante una buena noticia y después se sienten culpables, porque creen que ese silencio demuestra que son mezquinas o que no quieren al otro”. Pero eso puede tratarse de una reacción automática de autoprotección, explicó. El logro de esa otra persona, por más querida que sea, toca una herida propia y antes de encontrar la palabra adecuada, uno se bloquea.

Alegría y dolor al mismo tiempo

“Se puede sentir alegría sincera por alguien y al mismo tiempo sentir tristeza o inseguridad por la situación propia; las emociones no son excluyentes”, explicó la psicóloga al sitio español y agregó que “la madurez emocional no consiste en sentir únicamente cosas bonitas, sino en reconocer esa ambivalencia sin convertir nuestro malestar en un castigo para el otro”.

Además, apuntó que la envidia no siempre está en juego, porque ella solo aparece cuando otro tiene algo deseado por nosotros. Hay expertos que la catalogan como una “experiencia dolorosa de inferioridad” y dentro de ella distinguen las formas hostiles de otras que no buscan perjudicar.

Existe lo que se podría llamar “una envidia benigna”, que empuja a mejorar la posición propia y una “maliciosa”, orientada a rebajar o desacreditar a quien está por encima. “En la primera queremos subir nosotros, y en la segunda queremos que el otro baje”, resumió.

Por otra parte, Albaladejo marcó que a veces, en esos silencios que se presentan por parte de algún amigo o familiar, puede haber “un instante de bloqueo mientras la persona procesa el impacto que la noticia tuvo sobre su propia autoestima”. De hecho, puede haber sorpresa, vergüenza, dolor o simplemente una dificultad para expresar emociones positivas, y eso no implica para nada el deseo de que al otro le vaya mal.

Cuando el silencio se vuelve un patrón

Para distinguir un mal momento de algo más serio, la psicóloga apuntó a tres variables:

  1. tiempo
  2. repetición
  3. dirección de la conducta.

Una reacción puntual de autoprotección dura poco, o sea que la persona se muestra seria al recibir la noticia, pero después felicita y admite que la novedad la movilizó. Pero el problema aparece cuando ese silencio no termina y nunca llega el reconocimiento, o si la actitud se repite con distintas personas y sus logros. Peor todavía si a la falta de reconocimiento se suman comentarios que restan mérito al que debería ser felicitado.

La psicóloga, que tiene más de 20 años de experiencia, dejó tres pautas para aquellas personas que se identifiquen como detrás de ese bloqueo de no poder felicitar al otro y quieran modificar su conducta:

  1. Decir lo que le pasa, sin juzgarse, pero explicando qué es lo que le ocurre.
  2. Tomarse un margen, pero no desaparecer. Dar una felicitación sincera horas después vale más que una respuesta automática y vacía.
  3. Preguntarse qué deseo propio señala esa comparación, ya que puede estar marcando algo importante o un camino a seguir, incluso.

Y, por último, Albaladejo le habló a ese que no recibió la felicitación esperada: la recomendación es no sacar conclusiones apresuradas y hablarlo con la otra persona. “Si minimiza nuestras necesidades, ridiculiza la situación o continúa retirando el reconocimiento, quizá tengamos que ajustar las expectativas y decidir qué partes de nuestra vida compartimos con ella”, apuntó.