Casi siempre falla por una razón más básica: no se siente bien en el corto plazo. Ir al gimnasio, ahorrar dinero o dejar de comer algo que nos gusta requiere de un esfuerzo grande hoy, pero los beneficios llegan —si llegan— mucho después. Y nuestro cerebro no se caracteriza precisamente por su paciencia.

En su famoso libro “ Hábitos atómicos ”, el autor James Clear lo plantea claramente: “Durante las primeras etapas todo es sacrificio”. Fuiste al gimnasio algunas veces, pero no estás más fuerte, ni estás en mejor forma, ni te ves más flaco. Solo cuando pasan algunos meses y ves que perdiste algunos kilos o que los músculos se empiezan a marcar es cuando se vuelve más sencillo hacer ejercicio.

Y es difícil mantener la constancia cuando no hay señales. Sin una señal de que el esfuerzo valió la pena, la motivación empieza a desgastarse. Pero Clear da pistas de cómo enfrentarse a esto y lograr instalar el nuevo hábito.

Sentirse exitoso, aunque sea en pequeño

Para Clear, hay una condición básica para que un hábito no se caiga a las pocas semanas: “Lo fundamental para que un hábito permanecer consiste en sentirse exitoso . Incluso si es en forma modesta”. Ese pequeño sentimiento de logro funciona como una señal interna: hiciste algo bien, y valió el esfuerzo.

El problema es que muchos hábitos asociados a la salud y al bienestar solo muestran resultados con el tiempo. Comer mejor hoy no se traduce automáticamente en más energía mañana o menos kilos la semana próxima. Ahorrar este mes no cambia de inmediato la sensación de inseguridad financiera. Leer diez páginas no transforma la cabeza de un día para el otro.

En un mundo ideal —dice Clear— “la recompensa por un buen hábito sería el hábito por sí mismo”, pero la realidad es otra: “En el mundo real, los buenos hábitos tienden a volverse valiosos solamente después de que han proporcionado algo bueno”. Mientras tanto, necesitamos algún tipo de incentivo que nos mantenga en el camino.

El cierre importa más de lo que creemos.

Cuando se habla de recompensas inmediatas, no se trata de grandes premios ni de autoindulgencias que sabotean el objetivo. Se trata de darle un final a la experiencia; un cierre. Clear lo explica así: “La terminación o el final de cualquier experiencia es fundamental porque tendemos a recordarlo más que otras fases”.

Si el cierre de un hábito es neutro, incómodo o frustrante, el cerebro no lo registra como algo deseable. En cambio, si ese resultado final es mínimamente satisfactorio, aumentan las probabilidades de repetir la conducta. A ese mecanismo se lo conoce como reforzamiento : “el proceso de usar una recompensa inmediata para incrementar las probabilidades de repetir una conducta”.

No alcanza con saber que algo “hace bien”. Tiene que sentirse bien, al menos un poco, ahora.

¿Y cuando el hábito es por la negativa?

Las recompensas inmediatas se vuelven todavía más relevantes cuando el hábito consiste en evitar algo. Por ejemplo, coma menos, no tome alcohol o no caiga en compras impulsivas. Clear señala que ese tipo de hábitos de evasión presentan un problema particular: “Puede ser difícil sentirse satisfecho cuando no hay acción”. No comprar un alfajor, no entrar a mirar las ofertas por Internet o no comprarnos eso que “nos haría tan felices”, no producir una sensación positiva inmediata. Todo lo contrario, lo que genera es resistencia y resistir no es nada gratificante en el momento. Aunque a largo plazo, sí lo sea.

El secreto: un programa de lealtad a uno mismo

Para resolver este punto, el autor del best seller “Hábitos atómicos” propone un giro mental simple: transformar el hábito de evasión en algo visible y significativo . Por ejemplo, abrir una cuenta de ahorros o poner una alcancía a la vista y depositar allí el dinero de esa compra que no hicimos. Ya sea del alfajor, un par de zapatos o de la renovación del guardarropa completo.

El autor lo resume con una metáfora: “Es como crear un programa de lealtad a ti mismo ”. En lugar de quedarte con la sensación de privación, se va viendo un progreso. “La recompensa inmediata de verte ahorrar dinero (…) te hace sentir mucho mejor que si solo te privas de lo que quieres”, indica en el libro.

En términos de conducta, el efecto es claro: “Estás logrando que no hacer nada se vuelva algo satisfactorio”. En la práctica, ese “programa de lealtad” no tiene por qué ser algo cómodo: puede ser una cuenta para vacaciones, para reducir la ansiedad financiera o, simplemente, para recuperar la sensación de control sobre las decisiones cotidianas.

Recompensas que no jueguen en contra

Un punto clave que hay que cuidar es que las recompensas sean acordes a los objetivos. Por ejemplo: si te recompensas con un pote de helado tras una mañana de gimnasio, no estás siendo muy congruente. Clear advierte que “es importante seleccionar recompensas a corto plazo que refuercen tu identidad en lugar de otras que entren en conflicto contigo o con lo que piensas hacer”.

Premiarte con algo que contradice el hábito —por ejemplo, gastar de más cuando estás intentando ahorrar— no refuerza la conducta: la debilita.

Él recomienda apuntar a recompensas vinculadas al descanso, al tiempo libre o al bienestar emocional. Asegura que pueden alinearse mejor con objetivos de salud y equilibrio. Un paseo, una pausa consciente o un momento de desconexión no cambian el resultado final de inmediato, pero sí el modo en que el cerebro registra el esfuerzo.