La torta de cumpleaños en la escuela y en casa, el alfajor del recreo, el “menú infantil”, que siempre trae lo menos nutritivo de la carta, y la bebida cola por portarse bien. Hasta hace poco, eran premios para los más chicos, pero la ciencia avanza y está cada vez más probado que este exceso de dulces y ultraprocesados son más bien un castigo.
Un estudio científico recién publicado en la revista Nature Communications mostró que el patrón alimentario de los primeros años puede dejar marcas en el cerebro que duran hasta la edad adulta, incluso si después se cambia a una dieta más equilibrada. La investigación, hecha por científicos de la Universidad de Cork (Irlanda), fue difundida por el portal especializado Science Daily.
“Lo que comemos en los primeros años realmente importa”, resumió Cristina Cuesta-Martí, primera autora del trabajo, en declaraciones difundidas por Science Daily. El equipo advirtió que el peso corporal no alcanza para detectar este tipo de huella: un chico puede tener un peso “normal” y, sin embargo, haber incorporado un patrón de comportamiento alimentario que lo acompañará por décadas.
Lo que encontró el estudio
El equipo del centro APC Microbiome expuso a ratones jóvenes a una dieta cargada de grasas y azúcares —el equivalente animal a varios años de papas fritas, panificados y bebidas dulces— y observó qué pasaba cuando crecían. Ya adultos, mantenían una forma distinta de comer: cómo, cuándo y cuánto se alimentaban era diferente al de los animales criados con una dieta balanceada.
Esa diferencia se mantenía aun después de pasarlos a un menú saludable y aun cuando el peso volvía a la normalidad.
Los investigadores rastrearon el origen del cambio hasta una zona del cerebro encargada de regular el apetito y la sensación de saciedad. Algo en esa región se había alterado de forma duradera.
La microbiota como contrapeso
La parte más esperanzadora del trabajo apunta a las bacterias intestinales. Los investigadores probaron dos estrategias en los ratones que habían crecido con la dieta no saludable: una bacteria considerada beneficiosa (del grupo Bifidobacterium) y fibras presentes en alimentos como la cebolla, el ajo, el puerro, los espárragos y la banana, que sirven de alimento a esas bacterias. Ambas intervenciones, sostenidas a lo largo de la vida, ayudaron a moderar los efectos de la mala alimentación temprana.
“Apoyar la microbiota intestinal desde el nacimiento ayuda a mantener mejores hábitos alimentarios”, afirmó Harriet Schellekens, investigadora principal del estudio, citada por Science Daily.
La conclusión no es que un yogur con bífidos arregle años de ultraprocesados. Lo que sugiere el trabajo es que el intestino tiene un papel más activo del que se le solía dar en cómo regulamos el apetito, y que cuidarlo desde temprano —con alimentos reales, fibra y variedad— podría amortiguar parte del daño.