Un gato puede pasar 20 minutos mirando cómo se mueve una cortina sin que nada en su cuerpo delate impaciencia. No espera que la escena mejore, no piensa en lo que viene después ni parece medir cuánto tiempo lleva ahí. Está, y con eso alcanza. Nada más parecido a estar meditando.
Esa manera de habitar el rato es la que inspiró una meditación guiada publicada a fines de julio por la revista española Cuerpomente. La escribió Vilma Montoliu, diplomada en naturopatía holística y autora de las meditaciones del sitio. Es una propuesta sencilla, que parte de la premisa de sentarse a meditar con el gato cerca, sin pedirle nada a cambio.
No se trata de imitar al gato
La idea, según planteó Montoliu, no pasa por copiar lo que hace el animal. “El gato no intenta alcanzar el momento presente: simplemente nunca lo abandona”, escribió la autora en el artículo. Y agregó una distinción que ordena bastante la práctica: el gato no fuerza el silencio, lo habita.
De ahí que la meditación proponga compartir unos minutos al lado del animal y observar el entorno con la misma calma curiosa con la que él mira todo lo que pasa alrededor. Nada de posturas complicadas ni de material específico: alcanza con encontrar una posición cómoda que se pueda sostener un rato.
Atento y relajado a la vez: el gato según Ramiro Calle
Bastante antes de que meditar con animales se volviera un formato de divulgación, el maestro de yoga español Ramiro Calle —pionero de la disciplina en España y autor de más de doscientos libros— le dedicó un artículo entero a explicar por qué considera a los gatos grandes maestros. Lo publicó en el sitio Yoga en Red en 2013 y lo escribió pensando en Émile, el gato angora blanco que convivió con él durante años y al que llamaba, sin ironía, “el yogui Emile”.
Su observación central apunta a la combinación que más cuesta sostener en cualquier práctica: estar despierto sin estar tenso. Calle escribió que los felinos son capaces de mantener una concentración intensa y permanecer sueltos al mismo tiempo, y le puso nombre técnico a ese estado. Es dhyana, la meditación del raja-yoga, que definió así: “atento y ecuánime, hiperalerta y sereno”.
Ramiro Calle y el gato Émile. Foto: Redes sociales
En el mismo texto mencionó otra capacidad, que la tradición del yoga llama “la detención consciente”: alternar movimientos rápidos con quietudes completas, sin escalones intermedios. También señaló que los gatos cumplen sin proponérselo una vieja instrucción zen: "Cuando tienen hambre, comen, y cuando tienen sueño, duermen”.
El estiramiento tiene su lugar en esa lectura. Calle sostuvo que los gatos ejecutan asanas variadas y hacen savasana —la relajación profunda del yoga— en las superficies más arriesgadas, y que muchas cosas que a las personas les cuesta años conseguir, ellos las tienen de fábrica.
El maneki-neko y los gatos legendarios de Japón
Montoliu abre su artículo haciendo referencia al escritor japonés Haruki Murakami, que expresó en numerosas ocasiones su fascinación por los gatos y los volvió personajes recurrentes de sus novelas. La referencia no es casual: la autora recurre a la tradición japonesa como marco de la práctica.
El ejemplo más conocido es el maneki-neko, esa figurita de gato con una pata levantada que se mueve y se suele ver en comercios y casas como amuleto de buena fortuna y hospitalidad. Según recogió el artículo, la pata izquierda en alto atrae personas, la derecha simboliza prosperidad y las dos levantadas representan la protección del hogar.
El folclore japonés también tiene a los bakeneko y los nekomata, gatos legendarios que al llegar a viejos adquirían poderes extraordinarios y funcionaban como intermediarios entre el mundo visible y el invisible. Montoliu aclaró que no hace falta creer literalmente en esas historias: las trae porque invitan a mirar al animal de una manera más abierta.
Qué se sabe del ronroneo
Montoliu invita a escuchar y enfocarse en el ronroneo del gato, al que se atribuyen algunas potencialidades sanadoras, pese a que la ciencia no lo ha demostrado con demasiada certeza. Las mediciones más citadas sobre el ronroneo del gato doméstico corresponden a un trabajo de la bioacústica Elizabeth von Muggenthaler, de 2001, que registró frecuencias fuertes de entre 25 y 150 Hz en 44 felinos de distintas especies. Ese rango se superpone con frecuencias que en otros estudios se asociaron a procesos de recuperación de tejidos.
Foto: Unsplash
Pero esa superposición no deja de ser solo una coincidencia de rangos que dio lugar a una hipótesis, no a una demostración. Si bien todos los amantes de los gatos coinciden en que escuchar su ronroneo transmite paz y genera sensación de bienestar, no hay evidencia concluyente de que escuchar ronronear a un gato tenga efectos terapéuticos.
Para la meditación, el ronroneo cumple otro papel, mucho más modesto y más verificable: es un sonido continuo y cercano, y por eso funciona bien como ancla de atención.
Cómo acomodarse para la práctica
El primer punto de la propuesta es también el más realista: acá el ritmo lo marca el gato. Montoliu sugirió no forzar nunca el contacto y adaptarse a lo que el animal decida en el momento.
- Si está descansando en su lugar favorito, sentarse cerca.
- Si conviene darle margen, empezar en la misma habitación y esperar a ver si se acerca.
- Si disfruta de las caricias, acariciarle el lomo despacio mientras la respiración se mantiene tranquila.
- Si prefiere distancia, alcanza con compartir el espacio: su presencia ya forma parte de la práctica.
Si en algún momento arranca a ronronear, la indicación es simplemente escuchar. No analizar el sonido ni buscarle un significado, sino dejarlo formar parte del paisaje sonoro igual que el viento entre los árboles o la lluvia. Cada vez que la cabeza se va para otro lado, ese ronroneo sirve de camino de vuelta.
Una respiración que suena parecido
La práctica propuesta incorpora la respiración ujjayi, una técnica habitual en yoga que consiste en inhalar y exhalar por la nariz con una leve contracción en la parte posterior de la garganta. El resultado es un sonido suave y continuo, parecido al murmullo del mar y, con algo de imaginación, también al ronroneo. Su función es concreta: enlentecer el ritmo respiratorio, algo que favorece la concentración.
Después de la meditación, o antes, se pueden sumar las posturas de yoga del gato y la vaca, ese balanceo de la columna en cuatro apoyos que imita el estiramiento de cualquier gato al levantarse. Montoliu las propuso como complemento opcional, no como requisito.
Cuando la práctica termine, el gato puede seguir ahí o haberse ido hace rato a otra habitación. En los dos casos, según cerró la autora, el animal ya cumplió su parte.