Contenido creado por María Noel Dominguez
Modo saludable

Impacto profundo

El impacto emocional de la ciudad en las personas y por qué el entorno envejece el cerebro

El espacio que habitamos actúa sobre el cuerpo y la mente, aunque no lo registremos y las ciudades actuales son muy poco amables

29.04.2026 13:21

Lectura: 7'

2026-04-29T13:21:00-03:00
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Por Patricia Vicente

Volver del trabajo con una fatiga molesta, aunque no haya sido un día demasiado agotador. Estar irritable sin causa aparente. Llegar malhumorado después de viajar en un ómnibus todo apretado o manejar el auto a 12 km/h porque el tránsito estaba imposible. Cada vez más especialistas señalan que parte de ese desgaste tiene que ver más con el lugar en el que vivimos que con uno mismo. Pero ojo, no hablan de nuestra casa, hablan de la ciudad y su impacto emocional en las personas.

Adriana Esmoris, interiorista especialista en neuroarquitectura, afirmó que “la ciudad genera un desgaste emocional en las personas que la habitan”. Su disciplina parte de una idea que la ciencia y la salud pública vienen documentando desde hace décadas: el espacio que habitamos actúa sobre el cuerpo y la mente todo el tiempo, aunque no lo registremos.

La vereda rota, el ruido constante, los edificios sin luz natural, la falta de espacios verdes, el tránsito colapsado, la sensación de que un lugar no fue pensado para personas sino para autos... una larga lista de incomodidades urbanas que vivimos a diario y que entran en el cuerpo, y se quedan.

Cuando estamos expuestos de manera continua a estímulos que nos alteran, el sistema nervioso responde liberando cortisol y se mantiene en estado de vigilancia. Eso, en una situación puntual, es saludable: nos protege y es lo que aseguró nuestra supervivencia a lo largo de la historia. Pero se vuelve un problema cuando se hace crónico. Y es algo que se suele relacionar con el trabajo, con las broncas que nos agarramos, con las exigencias o el multitasking, pero que ahora suma un factor externo: el estrés de vivir en ciudades como las actuales, donde todo es ruido, enojo e incomodidad.

“Cuando una persona está en un estrés constante, se despiertan enfermedades mentales, enfermedades fisiológicas, se afecta el sistema inmunológico, somos más propensos a enfermarnos”, explicó Esmoris. Lo que aparece como ansiedad, problemas de sueño, irritabilidad o agotamiento puede ser, en parte, la respuesta acumulada a un entorno que no te deja bajar la guardia, agregó.

En esa línea, la especialista recalcó algo que viene pasando cada vez más en los últimos tiempos. Los nuevos desarrollos urbanísticos, los que responden a las tendencias internacionales, apuntan a espacios verdes, abiertos y no a megatorres de edificios uno al lado del otro. El nuevo lujo es vivir en la naturaleza, cerca de la ciudad, pero no en ella.

La percepción de seguridad en la ciudad

A todo esto se suma el concepto denominado “neuroseguridad”, que se está estudiando con más profundidad actualmente. Caminar por una calle oscura, atravesar un descampado o llegar de noche a casa con miedo de que alguien nos robe, activa los mismos circuitos de alerta que una amenaza real. El cerebro no distingue y el cuerpo lo paga.

El cerebro no puede “leer” rápidamente el lugar que lo rodea, siente amenazas y activa circuitos similares que nos llevan a vivir en esa exposición sostenida durante años, y el impacto emocional se acumula.

Esmoris señaló que hay países que entendieron hace tiempo que la calidad del entorno urbano es un tema de salud y bienestar público. Pensar cómo se construye, cómo se ilumina, dónde se colocan espacios verdes, cómo circulan los autos, qué se permite edificar y qué no, dejaron de ser decisiones solo arquitectónicas y económicas y son también sanitarias.

Hoy se trabaja más de cerca en generar espacios en los que el diseño urbano pueda disolver esa sensación de inseguridad a nivel neurológico (que va más allá de los datos objetivos), apuntó. Una zona bien iluminada, con visibilidad y presencia de personas, ofrece descanso. Un entorno opaco, fragmentado o deteriorado, aunque sea estadísticamente seguro, mantiene al cuerpo en tensión, explicó.

La ciencia lo confirma: el entorno envejece el cerebro

Un estudio internacional publicado este mes en la revista Nature Medicine, analizó datos de 18.701 personas en 34 países y concluyó que las condiciones ambientales y sociales en las que vive una persona pueden acelerar o retrasar el envejecimiento biológico de su cerebro.

Según un comunicado del Global Brain Health Institute del Trinity College de Dublín, que encabezó el estudio, se midieron 73 factores, entre los que estaban la contaminación del aire, variabilidad climática, espacios verdes, calidad del agua, desigualdad socioeconómica, calidad de la vivienda y estabilidad institucional.

El hallazgo más relevante fue que estos factores no actúan por separado: cuando se combinan, su impacto en el cerebro puede ser hasta 15 veces mayor que el de cualquier factor aislado.

Además, el estudio mostró que la exposición sostenida a contaminación, temperaturas extremas y falta de verde se asocia con cambios estructurales en zonas del cerebro vinculadas a la memoria y la regulación emocional. Los factores sociales (pobreza, desigualdad, falta de apoyo) afectan particularmente las áreas relacionadas con el pensamiento y el comportamiento social.

En algunos casos, su impacto en el envejecimiento cerebral es incluso mayor que el de enfermedades como la demencia, dice el texto.

La conclusión de los autores es contundente: la salud cerebral no se construye solo con hábitos individuales. Requiere políticas públicas que reduzcan la contaminación, amplíen el acceso a espacios verdes, mejoren la vivienda y atiendan la desigualdad social.

Qué se puede hacer en lo cotidiano

No hay una solución mágica, pero sí algunas claves prácticas que cualquier persona puede aplicar en su vida diaria.

-         Buscar luz natural cada día. Unos minutos al sol por la mañana ayudan a regular el ciclo circadiano, mejoran el estado de ánimo y favorecen un mejor descanso nocturno.

-         Reducir la exposición al ruido innecesario. Especialmente en casa: tapones para dormir si la calle es ruidosa, apagar fuentes de sonido de fondo que no aportan, generar al menos un espacio de silencio en el día.

-         Incorporar verde al entorno cercano. Plantas, una vista a un parque, caminar por zonas con árboles. La evidencia sobre los efectos del contacto con la naturaleza en la reducción del estrés es consistente.

-         Cuidar el espacio interior. No se trata de rediseñar la casa entera, sino de que el lugar donde se descansa realmente invite al descanso: orden, luz, materiales agradables, una zona pensada para parar.

-         Diseñar pausas en el día. Si la ciudad satura, conviene crear momentos en los que el sistema nervioso pueda reducir la alerta: caminar en la naturaleza, sentarse en una plaza, bajar el consumo de pantallas.

Ninguna de estas acciones modifica la estructura urbana de fondo, pero ayuda a generar mejores condiciones para sostener el día a día. Y son una manera de empezar a tomar conciencia de algo que la ciencia confirma cada vez con más fuerza: la ciudad nos atraviesa más de lo que solemos reconocer.

Conviene marcar algo que al hablar de bienestar se suele esquivar: el impacto emocional de las ciudades no afecta a todos por igual. Quien tiene mayor capacidad económica puede elegir mejor, mudarse a zonas con más verde o irse de la ciudad. Quien no la tenga, puede quedar atado a una oferta habitacional menos confortable, al transporte colectivo lleno y a espacios comunes menos cuidados.

La pregunta incómoda

Esmoris marcó una conexión que, aunque difícil de comprobar, seguramente tenga mucho de real. Cuando se habla de los hechos recientes de violencia urbana —agresiones en el tránsito, deliverys apuñalados, choferes de ómnibus agredidos— ella ve un síntoma y no un dato aislado: “La gente está en un nivel de estrés tan automático que se desconecta del entorno, se desconecta de los demás; pierde empatía”.

La especialista reconoce que es una apuesta de largo plazo, pero apuntó que los Estados deben tomar en serio la generación de normativas vinculadas al bienestar urbano. Se puede regular, por ejemplo, la inclusión de espacios verdes en las nuevas construcciones, de áreas de socialización y diseños pensados desde la experiencia humana y no solo desde la rentabilidad.

“Hoy en día hay desarrolladores que igual sacan un garaje y suman un monoambiente”, ejemplificó y cuestionó la forma en que se puede vivir en tan pocos metros cuadrados.