Un amigo se olvida de un nombre y dice "ay, es que tengo terrible TDAH". Una amiga cambia de planes y la respuesta en el grupo de Whatsapp es: "¡sos bipolar!". Un ex novio quedó archivado como "narcisista" y el ex jefe, como "psicópata de manual". La escena se repite en la sobremesa del domingo, en los programas de streaming, en cualquier discusión de redes. Hoy etiquetamos todo y usamos nombres de trastornos y patologías asociadas a la salud mental con una liviandad que asombra.
No es un fenómeno nuevo, aunque haya cambiado de vocabulario. El psicólogo Miguel Espeche, en una columna publicada en La Nación, recordó que hace décadas todas eran "histéricas" y todos "neuróticos". Hoy el repertorio se actualizó a TOC, trastorno del espectro autista (TEA) o psicopatía narcisista. Cambian las palabras, pero la costumbre es la misma: diagnosticar a diestra y siniestra, ya sea para pelear o para tener un refugio ante lo que se siente pero no se entiende.
La palabra que nombra y, a la vez, fabrica
Ponerle nombre a un malestar alivia a quien lo hace, porque ayuda a descargar, a poner afuera eso que nos molesta o que queremos criticar. El problema, según Espeche, empieza cuando la etiqueta deja de ser un punto de partida y se vuelve identidad. "La palabra no solo describe la realidad, sino que también la genera", escribió. De tanto repetir que uno "es" TDAH o "es" ansioso, esa definición termina funcionando como un guion y no solo se cumple, sino que también condena.
El autor trajo un ejemplo elocuente. Cuando decir que uno estaba en el espectro autista se volvió casi una moda, los propios profesionales que habían delineado esa categoría pidieron revisar los criterios diagnósticos. El uso liviano del término, además de faltarle el respeto a quienes conviven con esa condición, mostró hasta qué punto una palabra puede desbordarse.
En una entrevista con Montevideo Portal, el doctor en Ciencias de la Salud, licenciado en Psicología, especializado en Neuropsicología, investigador y docente Horacio Paiva, había resaltado que le llamaba mucho la atención cuando alguien, a las risas, dice “Ay, no me digas eso porque tengo flor de TDAH”. "Yo tengo casi 40 años de psicólogo y nunca vi personas que vengan con una sonrisa a decirme 'tengo un trastorno mental' o 'tengo depresión e ideas suicidas'. El TDAH es un dolor, una angustia, no una bendición", agregó.
Desde su punto de vista, hoy se usan tan fácilmente estas etiquetas "porque existe una enorme confusión y desconocimiento". "Estamos hablando de una condición que le genera serios trastornos adaptativos a la persona, ya sea en lo laboral, los estudios, lo familiar y lo social en general. Hay distintos grados, pero siempre afecta de manera significativa. Además, puede generar angustia, ansiedad o depresión si no es correctamente tratado. Y es claro que episodios de distracción tenemos todos, sobre todo porque estamos en un momento cultural/tecnológico donde nuestras capacidades atencionales son muy poco exigidas y, por lo tanto, poco entrenadas", remarcó.
Etiquetas en salud mental. Freepik
Cuando el manual se infla
Esta preocupación no es algo que se dé solo a nivel local o del Río de la Plata. El presigioso psiquiatra estadounidense Allen Frances, que presidió el grupo que redactó el DSM-IV (el manual de referencia de la psiquiatría), se volvió uno de los críticos más duros de lo que llamó "inflación diagnóstica". Su tesis se basa en que convertir en pacientes a personas con reacciones esperables ante las dificultades de la vida distrae recursos y atención de quienes atraviesan trastornos graves.
Con ironía, advirtió que "pronto, ninguno de nosotros estará bien". Si yo estuviera a cargo del diagnóstico psiquiátrico ahora, recomendaría una reducción de la sobreestimación de los diagnósticos mediante un análisis de riesgo-beneficio. Necesitamos evaluar qué diagnósticos y qué umbrales diagnósticos causan más daño que beneficio", dijo en una entrevista publicada en Psychiatric Times.
"Muchos de los términos más esenciales que usamos con tanta ligereza en la vida cotidiana y la práctica son igualmente indefinibles, por ejemplo, trastorno mental, enfermedad, dolencia, deterioro y disfunción. Las palabras categóricas pierden precisión al definir fenómenos que se distribuyen dimensionalmente. El DSM debe considerarse únicamente como una herramienta útil para guiar el juicio clínico, no como un sustituto del mismo", agregó Frances. Y si él lo dice, qué queda entonces para el diagnóstico que hacemos hoy mirando un video de TikTok.
El autodiagnóstico que multiplican las redes
Por su parte, Lucy Foulkes, psicóloga de la Universidad de Oxford, investiga lo que llama "inflación de prevalencia": la hipótesis de que las campañas de concientización y el aluvión de contenido sobre salud mental en redes empujan a muchas personas —sobre todo adolescentes— a leer un malestar leve o pasajero como síntoma de un trastorno.
La expecialista insiste en que entre la ansiedad "normal" y la "clínica" no hay una línea nítida, sino un continuo de grises, y que ese matiz se pierde en la conversación pública.
Ahí aparece el riesgo que más señalan los especialistas: que la etiqueta se vuelva profecía autocumplida. Quien se autodiagnostica empieza a mirar toda su experiencia a través de ese filtro, y los síntomas pueden sostenerse o agravarse. De hecho, los médicos clínicos suman como inquietud que un autodiagnóstico puede tapar un problema distinto y más complejo.
Etiquetas en salud mental. Imagen: Freepik
Entre las consecuencias que la investigación sobre el tema viene marcando aparecen varias:
- La banalización de los cuadros más severos, que quedan igualados a molestias cotidianas.
- La identidad que se encoge cuando alguien pasa a "ser" su diagnóstico.
- Los recursos de atención, siempre escasos, que terminan repartidos peor.
- La dificultad para que quienes más sufren sean reconocidos, si todos portan alguna etiqueta.
Nombrar sin encasillar
Nada de esto supone que poner en palabras lo que duele sea un error, ni que los diagnósticos no sirvan. Pero quizá el problema es que las etiquetas o diagnósticos que deberían utilizar los especialistas, hoy están de moda fuera de los consultorios. No se trata de negar lo que sucede, sino de cuidar la herramienta.
Un diagnóstico, para servir, necesita ir acompañado de una idea singular de la persona, sostuvo Espeche. Todo padecer, escribió, "tiene el nombre y apellido de la persona que lo transita". Su pedido, al cerrar, fue que los diagnósticos "no sean moda y, mucho menos, arma", y que sirvan "para humanizar, no para catalogar".