Si alguna vez sentiste que tu perro te manipulaba psicológicamente por un pedacito de carne o que miraba tu plato con una intención casi delictiva, es probable que tuvieras razón. Pero si ese perro es un labrador, un pug o un beagle, la cosa es mucho más compleja.
Durante años, la charla veterinaria se centró casi siempre en el error humano: que les damos demasiados premios o que los sacamos a pasear poco. Sin embargo, investigaciones recientes de la Universidad de Cambridge y el Royal Veterinary College (RVC) cambiaron el libreto: no todos los perros tienen las características metabólicas y para algunas razas, mantenerse en peso no es solo un tema de hábitos, sino una lucha constante contra su propio ADN.
Los labradores y su “herida genética”
El labrador es el perro de familia por excelencia, el que ves en todos los parques, jugando con niños, siempre dispuesto a acompañar a sus dueños. Pero también es la cara visible de la obesidad canina. Y no es casualidad. Según un estudio de la Universidad de Cambridge, esta raza sufre lo que podríamos llamar una “doble penalización biológica”.
La investigación, que fue publicada en medios como BBC y The Guardian, identificó que cerca del 25% de los labradores presentan una mutación específica en el gen POMC.
¿Qué significa esto en el día a día? En un perro normal, después de comer, el cuerpo libera sustancias químicas que viajan al cerebro para apagar la sensación de hambre. Sin embargo, en los labradores con esta falla genética, esa señal no llega y el cerebro no recibe el aviso de que el estómago está lleno. Conclusión: viven en un estado de hambre crónica.
A ese estudio, de 2016, se le sumó otro de 2025, publicado en la revista Science, que profundizó en esta “herida genética” e identificó una variante en el gen DENND1B. Esto, según la investigación, marca que los perros portadores de esa variante tienen, en promedio, un 8% más de grasa corporal y una falla en cómo regulan la energía.
El podio del riesgo
Más allá de lo genético están los datos estadísticos, que fueron analizados en un estudio publicado por el programa VetCompass del Royal Veterinary College (RVC) en el Reino Unido. Es el más grande que se hizo hasta la fecha y analizó miles de historiales médicos de perros para entender cuáles son los verdaderos pacientes de riesgo.
Los resultados son los siguientes:
1. El Pug se llevó el primer puesto en riesgo de obesidad. El estudio del RVC dio un dato alarmante: estos perritos tienen 3.12 veces más probabilidades de ser obesos que un perro mestizo promedio.
Acá el problema es estructural. Al ser una raza de cara chata (braquicéfala), su capacidad para oxigenarse durante el ejercicio es limitadísima. No podés sacar a un Pug a correr 10 kilómetros por la rambla para quemar el exceso de calorías porque, literalmente, le falta el aire. Si a eso le sumamos un apetito voraz y que se mueven poco, tenemos el combo perfecto para el sobrepeso.
2. El Beagle tiene un riesgo 2.67 veces mayor que otras razas de ser obeso. Cualquiera que haya tenido uno sabe que son “aspiradoras con patas”. Su instinto de rastreo está atado a la búsqueda de recursos, entonces, no los podemos culpar si están todo el tiempo “cazando”. Además, su metabolismo está preparado para gastar poca energía mientras cazan, por lo que si no está quemando energías, está engordando.
3. El Golden Retriever, según el estudio, tiene 2.58 veces más probabilidad de ser obeso. Comparte parte de la carga genética de los Labradores, pero suma un factor de conducta y es que son tan buenos y están tan integrados en la dinámica familiar, que ligan esos “mimos en forma de comida” por parte de sus dueños.
Otros riesgos no vinculados al hambre
Hay razas que no tienen tantas complicaciones porque coman mucho, pero sí por su anatomía. Los salchicha, por ejemplo, entran en esa lista roja. Sus patas cortas y columna larga les dan un margen de kilos a favor muy escaso.
Si el peso se descontrola en un salchicha, se presentará un problema mecánico, directamente. Sus patitas cortas y su columna alargada no podrán sostenerlo como corresponde y esto le generará mucho dolor. Y el problema se multiplica porque eso limita su movilidad y como se quedan quietos, engordan más.