Por Melissa Castañares.
¿Te pasó alguna vez que hacés todo bien, comés prolijo, entrenás, tratás de dormir y aun así el peso no baja? En consulta veo a muchas pacientes con este problema. Y muchas veces, lo que lo causa no está en el plato, ni en las porciones que están consumiendo, sino en una hormona que puede frenar su progreso.
El cortisol es la hormona del estrés. Cuando atraviesa un momento difícil, el cuerpo la libera para darnos energía y mantenernos alerta. Hasta ahí, todo bien, es algo natural y necesario.
El problema aparece cuando el estrés no se va nunca. El trabajo, el mal dormir, las dietas muy restrictivas, entrenar de más... Todo eso mantiene el cortisol arriba todo el tiempo. Y ahí empieza a jugarnos en contra, sin que nos demos cuenta.
Foto: Magnific
Cuando el cortisol está alto de forma sostenida, el cuerpo tiende a guardar más grasa, sobre todo en la zona abdominal, aunque estemos comiendo bien y haciendo ejercicio. También aumentan las ganas de comer dulce o harinas cuando estamos estresadas, y se complica que la insulina funcione como debería, lo que hace todavía más difícil bajar de peso.
En nosotras, las mujeres, esto tiene una vuelta más. El cortisol alto también afecta nuestras hormonas: en algunos casos puede desordenar el ciclo, empeorar el SOP o intensificar los síntomas antes de la menstruación.
Y hay algo que pasa muy a menudo, y que hacemos sin saber: hacer una dieta muy restrictiva es, en sí mismo, un estrés para el cuerpo. Entonces, muchas veces, sin darnos cuenta, seguimos alimentando el mismo problema que queremos resolver. Por esto la importancia de ver a un profesional en nutrición cuando buscamos un objetivo específico.
¿Cómo saber si te está pasando a vos?
- Grasa abdominal que no baja aunque comas muy bien y hagas ejercicio.
- Ganas de comer dulce cuando estás nerviosa o cansada.
- Cansancio que no se va ni durmiendo.
- Ciclo irregular o síntomas premenstruales fuertes.
- Sueño liviano o despertares varias veces por noche.
Si te identificás con dos o tres de estas señales, probablemente el cortisol esté jugando un papel más grande de lo que pensás.
Foto: Magnific
La buena noticia es que hay algo para hacer y no pasa solo por “relajarse”. Aquí van varias claves para mejorar esta situación:
- Comer con regularidad, sin ayunos largos como costumbre, ayuda a no sumar más presión al cuerpo. Incluir proteína y buenos hidratos en cada comida estabiliza la energía.
- Elegir movimiento moderado en lugar de entrenar al máximo todos los días. Esto le da al cuerpo espacio para recuperarse.
- Cuidar el sueño: hay que empezar a verlo como parte del tratamiento, no como un lujo aparte.
En definitiva, si venís haciendo todo bien y el cuerpo no responde, quizás la pregunta no es qué estás comiendo, sino cómo está tu cuerpo por dentro. Bajar el cortisol no es un capricho de bienestar, es muchas veces, la pieza que faltaba para lograr cambios y mejorar tu salud.