Colon irritable: lo que hay tras un diagnóstico que muchos reciben mal
El estrés no lo genera, pero puede dispararlo y quien lo sufre pierde mucho en calidad de vida. Una gastroenteróloga explica cómo tratarlo.
Montevideo Portal
Por Patricia Vicente
"Lo tuyo es psicológico". Muchas personas que conviven con colon irritable escucharon esa frase apenas terminaron de describir sus síntomas, y se fueron a casa con ese diagnóstico hecho a ojo y con la sensación de que ahí se cerraba la puerta. Si el problema era la cabeza, poco quedaba por hacer con la panza. Pero no es tan así. Si bien no tiene cura, hay muchas opciones para mejorar la calidad de vida de quien enfrenta esta molesta enfermedad, que tiene mucho que ver con el tan mencionado eje intestino-cerebro.
El colon irritable es el mismo cuadro que en la consulta llaman síndrome de intestino irritable, o SII. Son dos nombres para lo mismo: "colon irritable" es, simplemente, la forma más conocida en Uruguay y es uno de los motivos de consulta más frecuentes en gastroenterología. Sus síntomas:
- dolor abdominal
- hinchazón
- gases
- episodios de diarrea
- constipación
- o una mezcla de todo.
La gastroenteróloga argentina radicada en Uruguay Marianela Souilhe rema contra esa respuesta casi automática de "es estrés" que reciben muchos pacientes y sostiene que el SII existe y es real, pero no debería ser una etiqueta rápida para cerrar el tema y mandar a la persona a su casa. "No tenés por qué conformarte con 'esto es así'", plantea.
Cómo se diagnostica el colon irritable
"El diagnóstico del síndrome de intestino irritable es clínico. No hay un estudio específico que lo determine", explica Souilhe. Lo que sí hay son unos criterios estándar que rigen a nivel internacional para diagnosticar los trastornos de la interacción intestino-cerebro (conocidos anteriormente como trastornos funcionales digestivos), que se llaman Roma IV. Estos definen que para poner la firma a un diagnóstico de colon irritable tiene que haber dolor abdominal recurrente (en promedio una vez por semana en los últimos tres meses, con más de seis de evolución) y estar asociado a por lo menos dos señales: que el dolor mejore o empeore al ir de cuerpo, que haya cambiado la frecuencia con la que la persona va al baño o que haya cambiado la forma de la materia fecal.
O sea, sin dolor y sin cambios en el ritmo evacuatorio, no hay SII. Así lo marcan las guías y así se maneja lo que muchas veces se denomina "diagnóstico por descarte". Porque suele ocurrir que los gastroenterólogos le expliquen al paciente que tiene esos síntomas que van a buscar otras posibles patologías y, si no las encuentran, entonces "por descarte" es colon irritable.
En este síndrome hay subtipos, según predomine la diarrea, la constipación, una mezcla de las dos o algo inclasificable. Pero antes de “firmar el diagnóstico” hay un paso que la especialista considera clave y que, dice, a veces se saltea: descartar otras causas. Una diarrea que vuelve siempre puede deberse al ciclo menstrual, a una comida muy grasa, a celiaquía, parásitos, una intolerancia alimentaria, la tiroides o una enfermedad inflamatoria intestinal. “Si no atiendo a todo eso, me puedo estar comiendo un montón de patologías que no necesariamente son un SII”, advierte sobre el riesgo de simplificar.
Persona con dolor por síndrome de intestino irritable. Foto: Freepik
Además, Souilhe pone un ejemplo bien uruguayo: si cada vez que hay asado la cosa termina en diarrea, quizás no sea "ansiedad" sino una dificultad para absorber la grasa, algo que se puede estudiar.
En la entrevista con Montevideo Portal, la médica adelantó que se espera la publicación a corto plazo de los criterios Roma V y habrá un cambio que será importante, ya que las nuevas indicaciones “relajan el umbral de frecuencia del dolor” para considerar un posible cuadro de SII. O sea, lo mantienen como síntoma central, pero no lo establecen como una exigencia para el diagnóstico.
En un artículo publicado en el sitio Medscape, el Dr. Álvaro de la Serna, gastroenterólogo y magíster en enfermedad inflamatoria intestinal, apunta que esto generará “un síndrome de intestino irritable menos restrictivo”, ya que levanta “la excesiva rigidez de algunos criterios, la coexistencia frecuente entre distintos trastornos y la necesidad de reducir una terminología que, para muchos pacientes, sigue transmitiendo la idea de que sus síntomas son inespecíficos, menores o ‘psicológicos’”.
El estrés no es la causa, pero sí la mecha
En el factor estrés está el corazón del malentendido con este síndrome. "El estrés nunca es el generador de un SII", explica la gastroenteróloga y acota: "Pero puede ser el gatillo, puede ser el potenciador de la sintomatología".
La explicación es fisiológica. Cuando el cuerpo percibe una amenaza —real o no, porque el cerebro no hace esa distinción— se enciende el sistema nervioso simpático, el de la alerta. Su contrapeso, el parasimpático, queda funcionando a media máquina, y ahí aparecen las corridas al baño, el dolor o los retorcijones y los gases. Souilhe aporta un dato elocuente, que ilustra cómo impacta el estrés: cuando hay una ola de robos o una crisis económica, las consultas por colon irritable aumentan.
En esa historia pueden pesar traumas de la infancia, casos de abuso, preocupaciones actuales y hasta miedos irracionales. La especialista lo menciona sin repartir culpas: no se trata de que la persona "esté loca", sino de entender cómo el cuerpo aprendió a responder a los estímulos.
Hipersensibilidad visceral: un intestino que siente de más
Souilhe explicó que, si hay un mecanismo que define al SII, es este: "El intestino de estas personas no es que esté inflamado, o tenga un problema anatómico, sino que percibe de manera más intensa los estímulos normales". Se calcula que hasta el 60% de los pacientes tiene esa hipersensibilidad. Un ejemplo: después de comer, el estómago se vacía y le avisa al colon que se mueva. Es un reflejo que tenemos todos, pero un intestino hipersensible puede leerlo como dolor o como urgencia por ir al baño. Con los gases pasa algo parecido: el organismo “los acomoda mal” y se viven con molestia.
A la hipersensibilidad se suman las alteraciones en la motilidad —el colon puede contraerse demasiado rápido, demasiado lento o de manera descoordinada— y una comunicación alterada en el eje intestino-cerebro, ese ida y vuelta permanente entre el sistema nervioso y el intestino. Por eso el SII dejó de encasillarse entre los viejos "trastornos funcionales" y hoy se lo entiende como una alteración del eje intestino-cerebro-microbiota.
El costo que no se ve: la calidad de vida
Hay una dimensión del síndrome de intestino irritable que suele quedar en segundo plano, pero que puede ser tan o más molesta que la enfermedad en sí: lo que hace en el día a día de quien lo padece. Desde dejar de ir a cumpleaños o reuniones con amigos hasta personas que no se permitían tener intimidad con su pareja hasta no haber ido al baño o que organizan el día entero según dónde quede el próximo baño, cuenta Souilhe.
Es un círculo que cuesta cortar. Un cuadro que arranca por lo físico —una microbiota alterada, por ejemplo— puede, si nadie lo atiende a tiempo, terminar mezclándose con lo emocional y golpear el ánimo.
"La gente se puede deprimir mucho", dice la médica. No es que el problema fuera psicológico desde el vamos, pero convivir con dolor, urgencias y la necesidad de tener un baño cerca todo el tiempo termina pasando factura.
No tiene cura, pero se puede vivir mejor
Este punto es considerado clave por la gastroenteróloga y es, justamente, el que no siempre la gente quiere escuchar. Hasta hoy el SII no tiene cura: no existe la pastilla que lo borra de una vez. Pero se puede mejorar, y bastante. “Cuando se habla con el paciente, hay que dar esperanza, pero no esperanza porque sí, sino porque si hacés determinadas cosas podés mejorar", aclara.
Entre las intervenciones con más respaldo aparece la dieta baja en FODMAP, que reduce ciertos hidratos que fermentan en el intestino y mejora los síntomas en muchos pacientes. Además, dijo que cuando predomina la diarrea y hay sobrecrecimiento bacteriano, a veces se recurre a la rifaximina, un antibiótico que casi no se absorbe y trabaja sobre la microbiota.
Por otro lado, y como su preferido, está el ejercicio físico. “Para la hipersensibilidad visceral, el ejercicio físico es una de las herramientas —desde mi punto de vista— más infravaloradas, porque tiene algo que se llama modulación central del dolor (central hace referencia al cerebro)”. “O sea, el ejercicio modula el centro de dolor a nivel cerebral y también disminuye la inflamación sistémica. Es importantísimo que la persona entrene, se mueva, que haga lo que pueda, zumba, caminata, lo que pueda, porque es como que te adormila el centro del dolor”, explica.
Dormir bien juega en el mismo equipo, porque la falta de sueño hace que cualquier dolor se sienta peor. Y en el plano psicológico, que Souilhe reconoce como una de las patas más flojas del tratamiento actualmente, lo que más evidencia tiene son enfoques puntuales: la terapia cognitivo-conductual, la hipnosis dirigida al intestino y el mindfulness.
En tanto, si hace falta medicación, ella se inclina por los “neuromoduladores en dosis bajas, como la amitriptilina, un fármaco viejo que acá no se usa como antidepresivo, sino para bajar la transmisión de las señales de dolor”. Ella reconoce que no es la opción más utilizada por sus colegas, que suelen recetar combinaciones que traen benzodiazepinas y ella prefiere no prescribir porque “te aplastan, te planchan".
Si se conectan todos los puntos, se llega siempre al mismo lugar: "A los mismos cuatro puntos: sueño, ejercicio, gestión del estrés y relaciones sociales" para una vida saludable.
Y queda para el final una palabra que seguro muchos escucharon el día del diagnóstico: “esto es psicosomático”. Souilhe prefiere darla vuelta y en vez de decir que la mente enferma al cuerpo, lo plantea de otro modo: "Hay veces que a tu cuerpo no le enseñaron el lenguaje correcto para expresarse ante estas cosas que a todos nos pasan en la vida".
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