Un artículo reciente del New York Times lo plantea sin rodeos: la mayoría de las familias espera una emergencia médica para hablar de lo que debería haberse hablado antes. Una caída, un viaje en ambulancia, una internación. Recién ahí aparecen las preguntas urgentes y mal respondidas sobre medicación, decisiones clínicas o dónde va a vivir mamá (papá, la abuela, la tía) de ahora en adelante.
“Da la sensación de que los estás haciendo pasar por algo difícil, pero estás evitando algo que es mucho, mucho peor”, dijo Louise Aronson, geriatra de la Universidad de California en San Francisco, en el texto publicado en febrero de este año. La solución, según los especialistas consultados por ese medio, es anticiparse: tener conversaciones que incomodan, pero que, a la larga, protegen a todos.
Pero son temas que no se agotan en lo médico y pasan por muchas aristas de la vida de los mayores, incluso algunas que llevan a los hijos a cierta incomodidad al plantearlas. Hablar con los padres que envejecen implica entrar en territorios que muchas familias evitan por pudor, por miedo o por la ilusión de que todavía no es el momento.
Consultada por Montevideo Portal, Rosario Lemus, psicóloga especializada en gerontología, habló sobre algunos de los temas más postergados para esas charlas imprescindibles.
Sexualidad en la vejez: el tabú que la familia tampoco quiere ver
Que los adultos mayores tienen deseos, vínculos afectivos y vida sexual activa es algo que la evidencia respalda y que la cultura sigue resistiendo. Lemus lo sitúa en un contexto que va más allá de la incomodidad familiar. “Este es un tema que tiene el peso de nuestra identidad, heredada de culturas migrantes, vinculada a paradigmas que hoy estamos revisando”, dijo.
“En nuestra sociedad, de acuerdo a paradigmas pasados, se permite a los varones viejos la continuación de la vida sexual, pero se reprime e invisibiliza la posibilidad de esta en las mujeres, como si la viudez o el pasaje a la vejez fuera una cortina que cae ante la vida afectiva y el curso del deseo vital”, agregó.
En ese sentido, la especialista mencionó a la investigadora española Ana Freixas como una de las voces que está abriendo camino para repensar estas construcciones. El punto no es menor: cuando un padre o madre mayor inicia una nueva relación, los hijos suelen reaccionar con incomodidad o, directamente, con oposición. Y acá la clave está en saber distinguir una preocupación legítima de un prejuicio disfrazado de protección.
Solos aunque acompañados
El artículo del New York Times dedica un apartado al entorno físico de los padres mayores y Lemus sumó una soledad que, a veces, no tiene que ver con vivir solo. Ella habló de la soledad de quien está rodeado de gente y aun así se siente invisible. “Muchos adultos mayores están 'bien cuidados' físicamente, pero sufren de soledad emocional”, señaló.
Para combatir el aislamiento —incluso en personas que conviven con otros—, Lemus propone un enfoque que excede a la familia: “Estamos en la Década del Envejecimiento Saludable 2020-2030 sugerida por la OMS. El beneficio de esto es que los estados y las comunidades pueden ir poniendo estos temas sobre la mesa y usar los conocimientos científicos y culturales para la creación de espacios vitales, intergeneracionales, en los cuales las personas puedan sentirse libres de armar su curso de vida”, señaló.
A nivel individual, las estrategias incluyen participar en grupos, aprender cosas nuevas o renovar proyectos. Pero la psicóloga es cuidadosa: todo eso debe responder a “un plan vital”, no a una imposición externa de lo que se supone que debería hacer una persona mayor. Ella misma dicta los talleres Mente Activa que convocan a adultos mayores a hacer actividades pensadas para ralentizar el deterioro cognitivo.
Además, cuando los adultos mayores viven solos, conviene tener algunas referencias por seguridad. El artículo del New York Times apunta: “En lugar de preguntar si se ha caído o tiene problemas de memoria, intenta preguntar si hay situaciones que evita (como las escaleras, los paseos largos o conducir de noche) o si hay algo que antes le resultaba fácil y ahora le cuesta más esfuerzo (como gestionar las facturas o llevar un registro de las citas)”. Esta información será por demás útil para saber en qué es necesario colaborar y en qué no.
Cuando dejar de manejar ya no es opcional
El New York Times señala que uno de los factores que más empuja a los adultos mayores hacia hospitales o residencias es la falta de adecuación entre sus capacidades y su entorno cotidiano. El auto —y la libreta de conducir— forma parte de ese entorno de maneras que van mucho más allá del transporte.
“La pérdida de la libreta suele ser el golpe más duro a la identidad y autonomía del adulto mayor”, dice Lemus. En Uruguay, agrega, el tema tiene un peso cultural particular. “Para muchas familias de generaciones de edad avanzada, el varón es el que maneja siempre y en base a eso se organizan, ya sea para sus cosas o para ayudar, para ir a buscar nietos a la escuela, hacer compras. Esta posibilidad hace que las personas se sientan útiles en la familia”, apuntó.
Para Lemus, al enfrentar esta transición, “la familia debe considerar un duelo la circunstancia del retiro de la libreta”, porque “para muchos varones de generaciones anteriores, conducir es parte de su valor como persona”.
La digitalización que excluye
Sacar hora para un médico por internet, gestionar una receta digital, usar una aplicación del banco: tareas que para muchos son rutinarias, se convierten en barreras concretas para una parte importante de los adultos mayores. Los hijos suelen asumir ese rol de intermediarios, pero Lemus advierte sobre cómo hacerlo.
“La alfabetización digital es un conocimiento nuevo que debe ser encarado como tal: se necesita aprender algo que no conozco, y para aprender algo nuevo se necesita dedicarle tiempo, dedicarle algunas horas semanales”, afirmó. Y agregó un punto que ocurre mucho y que pocos consideran: “Los hijos no necesariamente son buenos maestros”.
La advertencia apunta a un riesgo real: la solución fácil de “yo te lo hago” puede derivar en una dependencia que erosiona la autonomía del adulto mayor en lugar de sostenerla.
El hijo que también se quiebra
El New York Times centra su artículo en lo que los hijos adultos deberían saber y hacer. Pero hay una pregunta que ese enfoque deja en el margen: ¿qué pasa con quien cuida?
Lemus introdujo una distinción que considera fundamental antes de responder: “Es muy importante distinguir entre personas que mantienen su autonomía y personas que necesitan ser cuidadas debido a una enfermedad que pone en riesgo su autonomía”. No es lo mismo acompañar a un padre que sigue siendo independiente que asumir el cuidado de alguien que ya no puede serlo.
En el primer caso, dijo, la clave es el respeto: “Como hija puedo estar preocupada por algo, pero si mi padre o madre mantiene la autonomía, debo respetar sus procesos y tratar de hablar para entenderles y que me entiendan”. En el segundo, el riesgo de desgaste es real y exige otro tipo de atención.
“En general, las personas de mediana edad están en un momento de la vida con posibilidades de bienestar y sentido de vida, pero también aparecen riesgos y a veces equilibrios frágiles —el trabajo, los hijos, las decisiones—, por lo que 'preocuparse' por los padres tiene que conllevar un sentido de realidad, de respeto al otro y capacidad de entender y dialogar”, concluye Lemus.
Qué toma y quién se encarga
Otro punto clave es tener en claro qué medicamentos toma y en qué dosis. En caso de urgencia, tener ese listado a mano puede salvarle literalmente la vida. Además, seguro será solicitado por el médico que lo trate en ese momento.
Y como en momentos de urgencia se suelen tomar decisiones a las apuradas, el medio estadounidense recomienda tener un encargado. “Cuando un padre o madre está demasiado enfermo para hablar por sí mismo, sus seres queridos pueden tener que intervenir. Pero si el grupo no está alineado o no sabe quién está al mando, los cuidados pueden retrasarse, los mensajes pueden confundirse y los deseos del padre o madre pueden perderse”, dijo Louise Aronson, geriatra de la Universidad de California en San Francisco y autora de Elderhood.
Sin embargo, para llegar a ese momento con las decisiones tomadas, hay que hablar antes de la crisis. Y esto, que puede pesar y que podemos patear para delante, en definitiva, es una decisión logística y una forma de cuidado para toda la familia.
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